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Caballero de fina estampa

Un caballero se avergüenza de que sus palabras sean mejores que sus actos.

Confucio

Hace pocos días me preguntaron si yo era caballeroso, mi respuesta fue que depende de la definición de caballerosidad, porque aunque hay una idea general al respecto de lo que esta significa no queda completamente definido, siempre escucho balbucear cuando se intenta explicarlo.

Claro que desde niño me decían que tenía que hacer muchas cosas, como abrirle las puertas a la mujer, ayudarle a cargar objetos pesado —también los ligeros—, ceder el asiento, cuidar el lenguaje frente a ellas. Pero cuando preguntaba ¿por qué? jamás obtenía respuesta satisfactoria y es que jamás me gustó repetir las cosas si no las entendía, me la pasaba cuestionando aunque muchos de esos actos no me importaban en lo absoluto, por ejemplo siempre he ayudado a cargar cosas, normalmente eran las más pesadas, pero no solamente ayudaba a las mujeres a cualquiera que lo necesitara.

Tengo un tío al que siempre se referían con halagos por su caballerosidad, todos lo consideraban un perfecto caballero, claro que nadie hacía comentarios respecto a la forma en que trataba a sus hijos, candil de la calle. Yo creo que es mejor ser igual en los dos ámbitos, prefiero tratar mejor a los más allegados, parece que esta preferencia puede ser señalada como nepotismo, pero como no es para ningún cargo público me vale madre.

Tuve una novia que era feminista al extremo, y en ese caso me tocó hacer justo lo contrario, cuando viajábamos en pesero y solamente había un asiento era yo el que me sentaba, yo caminaba del lado de los edificios en la acera, ella me abría las puertas. A mí eso no me importaba y eso la hacía feliz. Igualmente algún observador podría haber pensado que yo no era un caballero y hubiera tenido razón yo son un arrabalero.

En más de una ocasión he atravesado por situaciones de escasez económica y en esas circunstancias no podía seguir la regla que dicta que la mujer no debe pagar nada a menos que no saliera con nadie, pero no iba a negarles el placer de salir conmigo por ese detalle. Pero casi siempre me tocó salir con mujeres que no les importaba cooperar o incluso pagar toda la cuenta. Recuerdo una vez que fui a comer la casa de una de ellas y solamente tenía la comida que le había dejado su mamá no tuvo empacho en dividirlo, justo la mitad para cada quien. Y hace poco salí con una amiga que se sorprendió cuando le dije que si quería salir conmigo ella tendría que invitar,  en esta ocasión no era por falta de dinero, durante la cena platicamos y cuando llegó la hora de la cuenta y le pasé la cuenta alegó que pensaba que lo que le había dicho era una broma, pero le dije que ella tenía que hacer méritos para ganarse mi compañía ella me calificó de arrogante, esa no fue la última vez que nos vimos. Confieso que estoy más propenso a hacerlo con las mujeres que piensan que el hombre siempre tiene que pagar, suelo invitar yo a las que son más flexibles al respecto. Porque también sufrí lo contrario, alguna vez salí con una muchacha famosa por …

Pero ¿de dónde vienen estas ideas?

Se les llamaba caballeros a los soldados que poseían un caballo, que claramente indicaba su poder económico, ellos hacían un pacto con el rey, el señor feudal o la iglesia, para proteger a la comunidad a cambio de ciertos privilegios. Como eran guerreros se guiaban por un código, esta figura ha existido a lo largo de la historia: los guerreros más fuertes tenían una obligación con su comunidad como ejemplo tenemos los samuráis, los guerreros águila, los legionarios o los skraeling entre otros.

Pero existen otras características que se combinaron para formar esta figura del caballero, la primera es la iglesia, que además de otorgarles la aceptación le conferían otros deberes con la iglesia tales como la protección de la misma, de sus reglas y su lealtad. Entonces un caballero era generalmente un noble que le proporcionaba un servicio a su comunidad y a la iglesia a cambio de ciertos privilegios y estatus. Pero el otro componente era su relación con el cortejo y la galantería.

En la vida de los guerreros cuando se encuentran en guerra los contactos más frecuentes con el género femenino son violando a las mujeres de los pueblos conquistados o contratando prostitutas en las tierras ajenas. Las costumbres obtenidas de esos contactos chocaban notablemente con las damas nobles que serían el objeto de su afecto.

Aquí es donde entran todas esas costumbres que buscaban mostrar al hombre como un ser elevado para que fuese merecedor de los afectos de una dama, de tener un espíritu tan elevado para recibir la virtud de la misma. En la edad media las mujeres vivían bajo una extrema vigilancia y servía muchas veces como medio para crear alianzas y juntar fortunas, debían saber entretener al hombre y ser virtuosas. De la misma época es el cinturón de castidad.

¿Cuál debe ser el comportamiento moderno de una dama? No tengo idea, pero recuerdo que el dueño de la tienda más cercana, que además era papá de un amigo y que todo mundo llamaba “Don Chucho” nos dijo una vez que llegó una pareja joven que, cuando él le pregunto si ella quería algo ella eligió un pay de nuez marinela. Don Chucho observó que ella había escogido lo más caro —al menos de ese estante— y que lo estaba probando, pero que si en algún momento ella encontraba un partido mejor lo iba a cambiar señalo además que el novio de ese momento era un pefecto caballero. Su predicción resultó cierta.

Hay muchas cosas que resultan imprácticas, como ceder el paso en el elevador, sobretodo si va lleno o tender la capa sobre el lodo para que pisen sin ensuciarse —¿quién usa capa?— pero sobre todo, si bien muchas mujeres dicen que les gustan esos detalles, un gran porcentaje de ellas guarda su virtud para los patanes. A la novia que traté con más caballerosidad —sí la primera— fue la única que vi ponerme el cuerno, tal vez esto influya en mi opinión.

Pero hay algo dentro de esta filosofía que es muy rescatable, y es lanzarse en pos de un ideal inalcanzable para que en el camino nos convirtamos en mejores personas y aunque yo podría matar un dragón por una dama ya no existen dragones, pero creo que sí he tratado de ser mejor cada día y que estoy lejos de alcanzar la meta que me he trazado.

Y para finalizar siempre digo: caballero es un título que se gana y dama uno que se pierde.

La dama y el vagabundo

Si te encuentro en una fiesta a la cual hemos sido invitados con fineza, ¿cómo podría yo ofenderte en el obsequio del salón, quebrantando la consideración debida a los anfitriones y el honor de la casa ajena?]

Jaime Jaramillo Escobar

Esta entrada fue a petición de mi amigo más rápido y aliterado a quien, luego de una plática acerca de la película Roman Holiday, prometí contar un par de experiencias de mi pasado, un tema surgido en la toluqueña casa de una querida amiga que aún piensa que le robaba las novias a su hermano, en mi defensa alego que en una ocasión pedí su permiso, pero en las otras dos yo no tenía idea, y con una de ellas las cosas comenzaron con una gran confusión.

Yo estaba interesado en su prima, parece que eso no le hizo mucha gracia al principio, pero cuando se dió cuenta de que la prima en cuestión  no era de sus dos primas medianamente famosas su actitud cambió completamente, entonces me empezó a dar largas alegando que ella se había ido a L.A. Para estas largas conversaciones yo tenía que ir aun teléfono público que estaba atrás de la secundaria 280 en la noche —no tenía teléfono— y tenía que esperar a que estuviera solo para hablar libremente, me costaba trabajo hablar mientras alguien más escuchaba y peor aún inventar algún pretexto para colgar cuando transcurrían los 3 minutos de espera que eran acostumbrados.

En ese tiempo no tenía idea de lo que estaba pasando, ahora a la distancia me parece que era una rivalidad familiar la que me colocó al frente de la fila de pretendientes de la susodicha, justo después de dejarla en su casa después de la primera vez  que salimos —y única que subió en mi auto— regresé meditando lo que había ocurrido manejando por el periférico muy por encima del límite permitido  —fue en este tiempo donde alcancé mi récord de 170 kmh— me rondaban las caras de desaprobación todas las expresiones populares que dije, nunca antes había reparado en los efectos de frases como “órale pues“, “pa’que” o “cámara” odio admitir que sentí vergüenza y me recriminé por haberlas dicho, y haber cuidado mucho mi lenguaje al hablar con ella. Era como si tuviera que esmerarme para estar a la altura —chale—.

Cuando llegaba a su casa don Antonio —era su jardinero— siempre lavaba mi coche, eso me daba mucha risa porque su coche era más nuevo que el mío, siempre intercambiábamos comentarios acerca de los detalles del motor y algunas anécdotas de su mantenimiento, pero esa era la parte fácil. Si me recibía su padre tenía que enfrascarme en una plática política donde sus vínculos revolucionarios —y evidentemente origen de su fortuna— salían a flote, no me enorgullece decir que tenía que cuidar mis palabras para que no salieran a la luz mis opiniones de oposición mejor me concentraba en el whisky que me invariablemente me ofrecía. El verdadero problema era enfrentarme a su madre, que disfrutaba evidenciar su desprecio con comentarios incómodos y preguntas completamente fuera de tono ¿qué diablos iba yo a saber cuánto era el salario promedio de un físico? No había necesidad de hacer evidente que no era el mejor partido para su hija —en sus términos por supuesto— eso se podía ver desde kilómetros de distancia, ambos lo sabíamos pero supongo que era como una gota desgastando la piedra. Pero su abuela era un amor, siempre hacía pastel de elote y me dejaba un pedazo para que me lo llevara y fue la única que se acordó de mi cumpleaños.

A mi cuñado le decía cufito porque se parecía a un tío que participó de alguna manera cuando unificaron el wattage, al principio hubo una mutua indiferencia que cambió hasta que, un noche que iba rumbo a su casa, lo encontré enfrascado en una discusion con unos policías, lo cual resultaba —supongo que aún es lo mismo— un desperdicio de tiempo sin sentido cuando tienes la cartera llena, entonces me acerqué simulando ser un observador y le expliqué cómo dar una mordida, sorprendido de que hubiera quien no lo supiera. A partir de ese entonces nos llevamos mejor y cotidianamente me invitaba a jugar billar en una casa e huéspedes que tenían al fondo mientas esperaba a que su hermana llegara, al menos en un ambiente menos hostil, además me ofreció su coche para alguna salida importante, creo prudente señalar que jamás utilizábamos el mío porque no era ni de cerca aceptable.

En esa parte de la casa fue donde pasaba la mayor parte del tiempo, tenían lámparas cuya base era el el centro de una rueda de carreta, parece que de laurel, eran muy pesadas pero la luz era muy tenue, y había una especie de despacho que tenía varias fotos de su abuelo con personajes históricos y la silla más cómoda en la que jamás me he sentado. La mesa de billar era de carambola lo que eso mostraba la seriedad con la que se tomaba ese juego en su familia.

Nuestras salidas se limitaban a dos tipos de fiestas, unas las relacionas con su familia donde tenía que cambiarme en su casa donde ella siempre se las arreglaba para yo tuviera una indumentaria apropiada, tenía que bañarme de nuevo y peinarme usando una cantidad industrial de fijador de cabello, ya desde entonces odiaba las corbatas, pero ella tenía una especie de fijación al respecto, el único nudo permitido era el windsor y no importaba lo bien lo hiciera siempre terminaba ella arreglándolo o haciéndolo de nuevo. Y debo admitir que ella se pintaba sola para lucir bien y yo caminaba ufano a su lado, durante un breve tiempo porque casi no estábamos juntos durante las fiestas, ni siquiera en aquellas que asistíamos por gusto.

Generalmente era en alguna casa de la Colonia del Valle —o alguna parecida— donde se pagaba una cuota fija por la barra libre y las mujeres con minifalda entraban gratis, y estoy seguro que nadie objetó su entrada a ninguna fiesta, como la única restricción era el largo de la falda tenía mayor libertad para estrenar y experimentar, yo usaba tenis de astronauta en una ocasión y en la siguiente topsiders sin calcetines. Recuerdo un día en particular donde se vistió completamente de morado, evidentemente se esmeró en conseguir las prendas y zapatos de un tono adecuado, pero las mechas de ese color en su cabello me conquistaron, su 1.77 de estatura sumado con aquellos tacones más el peinado alto hacían que destacara, recuerdo que al abrazarla tenía que alzar ligeramente la vista para observar su fleco. Esa fue la única noche no terminó al mismo tiempo que la fiesta.

Estaba acostumbrado a compartirla, o al menos su tiempo, pero honestamente tampoco sabía demasiado acerca de sus actividades, pasábamos muy poco tiempo juntos, casi no hablábamos, ella se la pasaba saludando a medio mundo; todos la buscaban, la sacaban a bailar o la arrastraban hasta sus grupos — sí, mi primera caterpillar girl— , mi consuelo era que venía conmigo, pero la verdad era yo el que iba con ella. Parecía que mi disfraz para encajar me convertía en un fantasma — una analogía acertada e irónica— en un extraño en la multitud.

Y parece que la mayoría de las cosas que recuerdo de ella son su piel delicada, los vellos claros de sus brazos, la sonrisa exacta, sus peinados, su ropa y sus zapatos. Su mirada concentrada que dejaba ver sus ojos claros cuando me arreglaba la corbata, o el olor de su cabello pero ya entrados en confianza me pasaba mirándole las piernas. También se quedó grabado su fragancia cotidiana —Shalimar— pero todavía todo mi cuerpo recuerda la que usó aquella noche especial.

Pero todo se esfumó cuando me enamoré … de alguien más.