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primero es lo primero

Desayunar como rey, comer como príncipe y cenar como mendigo

Refrán

Mi comida preferida es el desayuno. Aún si generalmente no se tiene suficiente tiempo para disfrutarlo.

Durante la infancia nos daban chocolate, un pan de dulce y generalmente una torta. Mis padres tomaban café con leche, mi papá una cucharada copeteada de café y 2 de azúcar; mi mamá pedía las cucharadas ralitas. Los fines de semana había algunas veces huevo, generalmente con jamón o con salchicha, (extraordinariamente con frijoles), algunas veces hot cakes. Ahí vi a mi padre haciendo malabares para hacer el desayuno completo con 1 huevo y una cucharada de frijoles. También fueron mis primeras incursiones en la cocina. Me aventuré a incluir el queso amarillo en el huevo, para hacerle el desayuno a mi hermana y decirle que eran unos huevos a la benedict (yo entonces ni idea tenía de lo que eran).

Algunas veces, especialmente durante el verano iba a desayunar con mi tía Luisita y ella me preparaba un chocolate de tablilla y después lo enfriaba amorosamente vacíandolo entre dos jarros para que lo pudiera tomar (nunca he podido tomar líquidos a altas temperaturas, a diferencia de mi padre que le gustaba que el recipiente estuviera a punto de derretirse), y lo acompañaba de un bolillo recién comprado en la panadería la Esperanza relleno de frijoles de la olla, era un desayuno de sabor celestial.

Durante mi infancia algunas veces mi mamá nos llevaba muy temprano a Chapultepec, y como consideraba que las tortas que solamente tenían la mitad con relleno que vendían ahí como un desayuno adecuado, esperábamos hasta regresar y pasábamos al Burguer Boy que estaba cerca de Taxqueña y Miramontes. A pesar de tener a mi disposición la unefante, la brontodoble y la dinotriple siempre pedía los hot cakes, jamás he pedido hamburguesas para el desayuno.

Cuando viajábamos a San Juan de los Lagos, donde teníamos dos opciones para desayunar, un restaurante donde el servicio era más lento que la burocracia, mi abuela Chuchita solía decir que pidiéramos de una vez para el día siguiente, en ese lugar me abstenía de pedir hot cakes porque demoraban una eternidad, simpre pedía huevos revueltos. La otra opción era ir al mercado donde todos pedían leche caliente (algunos para hacer café) pero yo me escabullía para beber leche bronca, generalmente acompañada de algún pan de dulce.

Durante la alcoholescencia aparecieron diferentes necesidades nutricionales, además de antioxidantes necesitábamos alimentos con elementos anticruda. El primer lugar fue el mercado de la 201 donde íbamos por barbacoa y pancita. Algunas veces íbamos a las gorditas que estaban justo afuera, aunque generalmente pedía un huarache con huevo. Ya en el retorno comprábamos quesadillas de sesos en las carnitas de la esquina (era lo más barato) y cuando había abundancia íbamos por unos tlacoyos de masa azul y unos esquimos.

En la oficina, antes de que la palabra godín fuera asignada y sobreutilizada, los viernes solían ser los días en los que pedíamos el desayuno, yo solía elegir el “cotorro” que eran tacos de huevo cubiertos de salsa de frijol, algo así como las enfrijoladas veracruzanas de algunos restaurantes. Otro platillo obligado eran los chilaquiles, regularmente después de un jueves social. Mucho tiempo mi desayuno fue un vaso de papaya picada (sin albur) y un jugo de zanahoria, ya incluso tenía mi marchante. En un viaje de trabajo probé en el desayuno un huevo con fresas salteadas, fue una grata sorpresa que no he repetido hasta entonces.

Cuando vivía cerca del metro Portales, algunas veces iba al mercado a desayunar barbacoa, sentado justo enfrente de una pintura de ovejas con un letrero que dice que el señor es nuestro pastor, o la comer una torta de pierna horneada acompañada de un jugo mitad zanahoria mitad naranja del puesto de frutas de enfrente.

Cuando comencé mi mudanza a Brasil viví casi seis meses en hoteles donde había desayuno buffete de desayuno, y cuando me establecí comencé a buscar lugares que tenían esta modalidad. O incluso una combinación de desayuno y lunch (brunch por la contracción de breakfas lunch), de los viajes a Londres me quedé con una afición por el té English Breakfast, la ventaja de que el té también combina con la tarde.

Ojalá hubiera más tiempo para desayunar.

 

 

 

 

 

 

cuestan un ojo de la cara, y la yema del otro

Huevos, el mundo es tan atroz. / Huevos, en la cocina hacen falta huevos. Yo sé que a pesar de todo la lucha es desigual.

En la cocina huevos – Miguel Mateos

Desde la temprana infancia tengo la idea que es el huevo es el alimento del desayuno por antonomasia. Mi madre solía servirlo en el desayuno, la mayoría de las veces sin menor acompañamiento que el pan y el chocolate. La aparición ocasional de jamón o salchicha era una sorpresa y festín. Recuerdo mucho la vez que mi padre hizo el desayuno pero en la cocina solamente había un huevo se las arregló para hacerlo rendir, me parece agregándole algo de leche y batiéndolo durante mucho tiempo. Tres de mis dientes de leche se cayeron mientras desayunaba huevo mientras estábamos de vacaciones: 1 vez en Acapulco y las demás en Salamanca. También por eso de niño solía comer mucho el huevo tibio, que no representaba ninguna amenaza para los dientes.

Yo me postulé como voluntario para hacer el desayuno desde los siete años de edad, como quería hacer algo especial para mi hermana se me ocurrió agregar queso amarillo —entonces no era muy común, y cuando se pedía rebanado en las tiendas los pedacitos de queso terminaban pegados— y le dije que eran unos huevos a la benedict, eso porque lo había leído en una de las tiras cómicas de Charly Brown.

Durante mi primera docena de años era común que cada final de enero viajara a San Juan de los Lagos, mi familia hacía la peregrinación desde Salamanca —yo la hice en un par de ocasiones— nos hospedábamos en el hotel Rivera a un costado de la catedral pero solíamos desayudar en un restaurante de otro hotel frente a la plaza que tenía un servicio en extremo demorado, mi abuela bromeaba con que mejor pedíamos el desayuno del día siguiente para que llegara a tiempo, por eso invariablemente solicitábamos huevos, porque los hotcakes se tardaban al menos una hora más.

Mis amigos se burlaban de que yo pedía torta de huevo con queso blanco —un gusto heredado de mi padre y mi tío mundo— creo más por el queso que por el huevo, cuando comíamos tacos de guisado fuera frente al edificio Rafael en la Narvarte, en Félix Cuevas cerca de Insurgentes y al lado del Banamex o en el paseo de las facultades en CU nunca pedíamos arroz con huevo cocido, pero cuando mi madre los preparaba para alguna fiesta familiar ese era el platillo que invariablemente se acababa.

En el año 1991 sobre la avenida Ermita Iztapalapa a la altura de lo que ahora es un Sipirily se encontraba un deshuesadero donde compré todo un calabazo —es el nombre chusco de una gran invención de la ingenieria automotriz— como lo que necesitaba en realidad era el piñón y un buje. Mientras desmontaban la pieza decidí desayunar en un local que se encontraba al lado, apenas un jacal apuntalado con basura y techado con tejas de asbesto. Pero a partir de ese día comencé a pedir huevos a la mexicana en el desayuno.

Los años subsecuentes iba alternado el pedir huevos motuleños, divorciados, algún omelette, o las enfrijoladas rellenas de huevos a la mexicana, sin que ninguno de ellos tuviera una ventaja preferente sobre el otro, hasta que en mi primer viaje de trabajo a Puerto Vallarta—para instalar un sistema de servicio a clientes en una cadena de hoteles— me trajo un descubrimiento, los huevos salteados con fresa, esa combinación de dulce y salado que no a todos gusta pero que me gusta experimentar.

Dentro del ambiente laboral los viernes solían aparacer los chilaquiles con huevo estrellado, este suele no satisfacer tan fácilmente a los comensales debido a la consistencia de la yema, como siempre en gustos se rompen géneros, y cuando se rompen los huevos algunas veces se rompen las yemas. Nada como reventar la yema de un huevo estrellado con un pedacito de pan o un totopo.

Durante mis estancias en el extranjero fui sorprendido por algunas cosas, en los dinners —merenderos para los fanáticos de la televisión—de los vecinos del norte, el sabor de los huevos que sirven en el desayuno es decepcionante, se pasan de tueste con las hormonas que les inyectan. En los lanchonetes de São Paulo, Brasil hay un letrero con la advertencia de que está prohibido servir huevos con la yema aún cruda, de hecho si se revisa a detalle  la ley se establece que en los omelettes deben alcanzar la una temperatura de al menos 74° C el centro geométrico. En Londres, además de su porridge es costumbre servir en el desayuno huevo con salchicas y acompañarlos de frijoles dulces.

Y jamás llegué al grado teporocho de desayunar una polla (jerez con un par de yemas de huevo) pero sí lo hice tanto con licuados como con jugos, como dato curioso comer huevo crudo antes de beber sirve para aumentar la resistencia a la ingesta de alcohol.

No voy a considerar otros significados en frases como “me los chupas y los dejas nuevos”, “a huevo”, “te pasas de huevos”. Pero nunca está de más hacer caso al consejo:  échenle huevos, por lo menos al licuado.