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Duelos que duelen (última parte)

Y es la frase que dejas caer, interrumpida. Y la pregunta mía que no oyes, que no comprendes o que no respondes.
Xavier Villaurrutia.

Escribo esto todavía postrado en la cama, después de estar diez días en el hospital y haber visitado un par de veces el quirófano, aún imposibilitado de caminar sin bastón, y aún con esa ayuda apenas alcanzo a trasladarme unos metros. Estas circunstancias únicamente retrasaron un poco esta entrega pero me dieron la oportunidad de reflexionar un poco más al respecto.

Algunas veces tenemos que pasar el duelo por personas que aún viven pero que salieron de nuestra vida. A veces ellas mismas tomaron esa decisión lo que le da un carácter voluntario a esa ausencia, que se siente como abandono.

Uno se pregunta ¿Qué hay de malo conmigo? ¿Por qué prefiere estar en otro lado? ¿Acaso su vida es mejor sin mí? Y una serie interminable de preguntas sin respuesta. Y como fantasma rondando queda la duda si algo pude haber hecho de diferente manera. Y un aire de insuficiencia se asoma. Si después de brindarme por completo el resultado es que se van algo debo tener muy defectuoso.

Pero la búsqueda de otros horizontes no tiene que ver conmigo. Los caminos se separan, los senderos se bifurcan, la entropía es implacable.

Suelen irse sin darse cuenta por completo de la situación. En diversas ocasiones confiesan que extrañan algo, generalmente algo que daban por sentado, pensando que esos detalles estarán presentes en otro lado. No suele ser así.

Ahora que mi estado me puso en una situación en la que no podía solo, que necesitas ayuda, eso me permitió experimentar el amor y apoyo de los demás, me hizo aceptar con humildad mi fragilidad y me abrió los ojos a las formas de demostrar cariño. Sí también compraré los tratos de todas las que se fueron.

Los duelos rondan alrededor de la muerte, pero el seguir librándolos es un indicio que seguimos vivos y que cada paso por ellos es una transformación.

Duelos que duelen (primera parte)

Los duelos sólo son a muerte cuando lo que hay en juego es una de estas dos cosas: poder o dinero.

Ellen Kushner

Hace algún tiempo, mientras platicaba con mi madre ella me señaló que no había vivido por completo mis duelos.

La primera idea  ques se me vino a la cabeza fue el desafiar a alguien con un golpe en la mejilla con un guante blanco, recordé la muerte de Galois, una mente brillante que termina por retar a un duelo de espadas al campeón de esgrima del ejército francés, o el presidente Jackson que mucho antes de ser presidente mató a un oponente que lo había acusado de bigamia, en otro tiempo y latitudes el pintor Manet, cuyo padrino de duelo era Zolá, le asestó una herida con su espada a Duranty por sus malas críticas, también el escritor Pushkin fue herido de bala. El mismísimo Salvador Allende cuando era senador se batió en un duelo en el que ambos fallaron su tiro.

El término duelo viene del latín duellum (guerra) contrario a lo que se piensa que es de duo. Incluso hubo alguna ley que regulaba estos enfrentamientos, la primera fue el code duello del renacimiento y en la época porfirista había un código mexicano del duelo.

Quizá los enfrentamientos que he tenido no han calificado estrictamente como duelos, acaso los que han tenido de por medio un juego o una botella, pero no las peleas insignes entre amigos que terminan estrechando la amistad. Tampoco las madrizas que le propiné a Jorge, esas sí fueron con odio. Tampoco la visita relámpago a mi enemigo en León, Guanajuato. Y eso no quiere decir que no haya sufrido ofensas contra mi honor como el  mortal que se atrevió llamarme pendejo frente a demasiadas personas y cortejar a mi alguna vez novia, lo único que  lo ha salvado es la distancia y su domicilio anónimo (pero la deuda será saldada cuando lo encuentre). Quizá el único enemigo digno para un duelo se encuentra en mi mente.

Pero creo que mi mamá no se refería a este tipo de duelos.