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mentores

No puedo pensar en ninguna necesidad en la infancia tan fuerte como la necesidad de la protección de un padre.

Freud

Todas mis figuras paternas han muerto.

El amor de mi padre era evidente, siempre quiso tener un hijo y mi nacimiento me convirtió en premio. No le importaba el esfuerzo hecho por sus por sus hijos, siempre estaba dispuesto a ayudar y daba sin reservas cuando se trataba de la salud o la escuela. Era severo, siempre buscaba mi bienestar a su manera. La disciplina era dura y nunca aceptaba réplicas o explicaciones —siempre que uno asume que nunca se equivoca, se equivoca— ne dolían mucho los castigos injustos, pero mucho más que eso me lastimaba su alcoholismo. Cuando llegaba haciendo escándalo y pidiendo hablar con sus hijos, era cariñoso y contaba anécdotas, cuando venía solo me tocaba hablar con él mientras mi madre preparaba café y luego ayudar a que subiera, cuando venía acompañado me tocaba ser el anfitrión mientras mi madre preparaba comida en la cocina. Lo más difícil era que todo lo ocurrido escapaba de su memoria. Durante un tiempo que juró, su carácter era áspero pero las conversaciones auténticas. Al final su hígado sucumbió y fue un largo descenso hasta el fin.

Creo que me percibía débil por eso se esforzó en hacerme rudo: por ejemplo cuando comencé a jugar fútbol en el Ultra (que era algo así como las fuerzas infatiles del equipo de mi papá y mis tíos: el Santos) en los campos que estaban atrás del cine Fausto Vega —cariñosamente les decían la lija— él me entrenaba pateando balonazos con mucha fuerza en mi dirección, yo tenía que detenerlos con el pie, pecho o cabeza, no siempre lo conseguía y en más de una ocasión recibí un golpe en los testículos que me hacía doblarme aunque nunca me tiraba al piso porque “tirarse únicamete se permite para barrerse al defender”. Incluso de sus últimos deseos antes de morir fue que no lo viera morir.

Su padre, mi abuelo, Tobol, como le decía, siempre estuvo para mí, podía ir a su taller, algunas veces únicamente para platicar con él mientras seguía haciendo zapatos, lo veía quitar el cemento de sus dedos e ir acumulándolo en una especie de pelota que luego me daba para jugar, o golpeando la piel con un cuadrito de madera, parece que de caoba. Durante las visitas cotidianas, mientras estábamos en la sala, solía llamarme desde la cocina para darme algún manjar que únicamente había preparado para mí —a cada nieto le preparaba cosas diferentes— o cuando había algún rosario él se quedaba conmigo afuera, porque ninguno de los dos los rezaba. Él me hizo numerosos pares de zapatos, entre ellos los más cómodos, queridos y chingones —es el adjetivo adecuado— unos auténticos zapatos de ante azul, que terminé arruinando usándolos para jugar fútbol en la calle. Le debo mucho la confianza que depositó en mi capacidad para los juegos de mesa, desde muy temprana edad; él le aseguró a su cuñado Vicente, que yo sabía jugar cartas, no defraudé a mi abuelo y derroté en la brisca a mi tío Vis. durante una Noche Buena, mi abuelo estaba muy enfermo, no bajó a cenar pero me llamó a su cuarto donde me entregó el último para de zapatos y me dijo que no tenía más pendientes. Murió antes del año nuevo.

Mi abuelo Luis era un sibarita, le gustaba la buena vida y ser bien atendido, en sus constantes viajes a Acapulco comía religiosamente en el restaurante “La Flor de Acapulco” en cada viaje una mesera se desvivía por atenderlo, le ofrecía el mejor platillo y buscaba que le sirvieran lo mejor en el caldo de pescado. Un día de esas visitas a la playa íbamos al centro de convenciones, él iba adelante con una vestimenta blanca impecable, nos dimos cuenta que era un evento privado cuando no nos dejaron pasar. A él no le negaban lel paso gracias a su porte y actitud. Alguna vez me llevó a comer a un restaurante en Salamanca, comimos opíparamente —pasta abundante y un filete de generosas proporciones— yo no alcancé a terminar el plato. Él siempre mostró la forma de ser bien atendido.

El hijo de mi tío Luis que compartía su nombre era el tercero de 6 hermanos, siempre fue carismático, ingenioso y le gustaba disfrutar el momento. Solía darme muchos consejos para triunfar con las chicas no tan chicas: desde cómo sacarlas a bailar o la forma de abordarlas, también tenía muchos planes para hacernos ricos, muchos de los cuales me incluían en una pelea por el campeonato mundial, se de box, lucha libre o alguna otra de forma de combate. En general buscaba compartirme su visión optimista de la vida, sus técnicas de combate y sus tácticas de conquista, como el paquete básico de supervivencia.

Fuera de la familia, Arturo, un amigo que vivía cerca de la preparatoria donde estudiaba. Tenía numerosos negocios, sus prácticas eran lucrativas pero no tan legales. Hasta su prima de 12 años le ayudaba en el negocio. Siempre que lo veía me regalaba al menos una caja de cigarros, de los que no se conseguían aquí, sean los Parliament con doble filtro —la última cajetilla en poner alguna advertencia con respecto a la salud—, Philip Morris dorados, rojos o verdes, los verdes tenían la advertencia de que contenían monóxido de carbono y cuando los fumábamos dentro del auto terminábamos con los ojos llorosos.  Siempre se preocupó porque regresara a salvo a su casa y mandaba a su novia a llevarme. Al final ambos murieron, fue su prima quien me avisó, ella murió durante un legrado y él cuando yo estudiaba mi último semestre de la carrera.

Al final lo único que me quedó de ellos fueron sus enseñanzas, vivencias, consejos y recuerdos. A veces quisiera volver a hablar con alguno de ellos pero ya no están.

 

libros, caminos y días

Por el grosor del polvo en los libros de una biblioteca pública puede medirse la cultura de un pueblo.

John Steinbeck

#Dicen que el califa Omar mandó quemar la biblioteca de Alejandría bajo el argumento: si contiene los mismo que el Corán es redundante y si no contiene lo mismo es impía.

La única biblioteca que usé hasta antes de entrar a la preparatoria fue la de casa, que contenía el tesoro del saber. un diccionario de historia Porrúa y la Quillet, y uno que otro libro que mi padre me compró en la feria del libro, confieso que le entré mucho antes a los cigarros que a los libros, pero en algún momento me dio una sed insaciable de enterarme muchas cosas —me pueden llamar chismoso—

Las bibliotecas resultan un paraíso gratuito al alcance de cualquier persona aunque yo tenía mi chamarra equipada con un compartimento secreto que usaba para obtener donaciones no tan voluntarias de las librerías siempre es mejor cuando un libro es leído muchas veces por diferentes presonas. Cuando inauguraron la alameda del sur, para tener acceso al préstamo teníamos que registrarnos y firmar cada visita hasta acumular cinco firmas, en el caso de la de Xochimilco se necesitaba un comprobante de domicilio, nunca hice el trámite para la de Balderas que es la única que siempre estaba llena. La última vez que fui a esa biblioteca estaba en la carrera aún con Pau-Pau y Chela, al final del día recibí una rosa de regalo. La biblioteca del Colegio de México era muy seria y fue en la única que me llamaron la atención.

Aunque me tocó la inauguración del Amoxcalli —la biblioteca de la Facultad de Ciencias— y solía usar mucho, en especial cuando tenía 2 credenciales que permitían el préstamo ¡y por más tiempo!. Pero mi corazón quedó encantado cuando tuve mi credencial de la Biblioteca Central, cada semana caminaba hasta la Biblioteca, devolvía los libros que había sacado, buscaba en el catálogo aún físico y recorría los pasillos que ya eran más que familiares, buscando, digamos, PQ2619.A65 caminaba a la parada frente al comedor y tomaba la ruta 64 —Cerro del Judío a San Lorenzo Tezonco— y regresaba leyendo de pie porque el camión siempre iba lleno en el trayecto que yo lo tomaba. Lo único que necesitaba para ser feliz era mi abono de transporte y mi credencial de la biblioteca central.

Un amigo que conocí en el CCH —no porque yo estudiara ahí— siempre me recriminaba que yo trataba a los libros como pañuelo de papel —kleenex para los cuates— que no les tenía la reverencia suficiente, que nada más les extraía la información y los desechaba, con él solía tener pláticas todos los días, nos regresábamos de CU y vivía a unas tres cuadras de casa, y como siempre solía dar un aventón pues el trayecto era más largo. Él clamaba que no necesitaba leer más, y estaba vendiendo todos sus libros, tenía algunas ediciones impresionantes, algunos libros en húngaro y bastantes en alemán. Siempre que hablábamos acerca de la situación del país me acusaba de que dejaba deprimido. Pero yo creo que eso se debía a la forma de percibir el mundo, él pensaba que no todos deberían tener acceso a los libros, que eran objetos que solamente los elegidos podían tener, una idea contraria a tener esperanza en las personas, en su capacidad de cambio.

Las bibliotecas, incluida la megabliblioteca, no son recintos frecuentados, no entiendo por qué los que no alcanzan el lugar buscado en los recintos educativos no abarrotan las bibliotecas en busca de una educación por su cuenta, creo que no están convencidos del poder de transformación que tiene el conocimiento, también creo que la educación es, en su mayor parte, responsabilidad de los interesados que yo esperaría que fuéramos nosotros mismos los que lucháramos por obtenerla por cualquier medio.

Incluso ahora, mi frecuencia de lectura ha menguado tanto que debería estar leyendo en lugar de rezongar al respecto.

libro

ideas medievales

todos los que la habían deseado se portaban siempre como unos cretinos.

Rayuela – Julio Cortázar 

De niño me regalaron una caja de los Exin Castillos pero nunca conseguí armarlo completamente, invariablemente al final del día mi madre me hacía guardarlo sin escuchar muchas explicaciones, tal vez haya sido por eso, quizá mi gusto por las películas donde las batallas eran con armas blancas —a pesar de que jugábamos repetidamente a recrear la serie Combate— o alguna extraña filtración de esas ideas del amor cortés donde se elevaba la posición de la mujer hasta el grado de rendirle vasallaje e apuntándola como una fuente de inspiración para ser mejores personas.

El caso es que siempre había pensado —bueno en realidad era muy inconsciente— que parte de entrar en una relación implicaba un compromiso parecido, e invariablemente buscaba mejorar el entorno de mi pareja. La mayoría consiste en pequeños actos cotidianos que pueden tener mayor impacto si conoces más a la otra persona, dada mi naturaleza obsesiva solía almacenar diferentes detalles, desde los evidentes como las fechas, los colores, sabores y aromas favoritos, hasta los más sutiles como los orígenes de su enojo; pasando por sus ciclos menstruales, el sabor de sus lágrimas, las partes favoritas de sus canciones preferidas, sus miedos inconfesables pero lo más importante eran los detalles que la hacían feliz.

Muchos actos eran evidentes, como la ayuda con los trabajos escolares, en los que ponía mucho más empeño que en los míos, regalar las flores adecuadas en el momento adecuado, dar un masaje cuando regresaba de un día tenso de trabajo, regalos temáticos como CDs, algún letrero de una calle o cartas kilométricas, más recientemente mensajes de texto, e-mails, tuits o dibujitos por el whatsapp. A veces la acompañaba hasta que se durmiera y luego regresaba, o cuando me dejé la barba.

Otras cosas eran más sutiles o desconocidas por la dama en turno: yo sabía cuando una comida que ordenaba no le iba a gustar entonces pedía alguna otra alternativa que a ella le gustara y le ofrecía cambiárselo, solía dejar dinero en algunos bolsillos para que lo encontrara después, alguna vez hablé con una de mis suegras para que su relación mejorara, pasé incontables horas buscando una canción en la era pre-napster, o buscar las palabras que restablecieran su calma o su risa en los momentos difíciles, o levantarme justo antes del despertador para encender el bóiler y preparar el desayuno mientras ella seguía dormida, o estar al pendiente de los próximos conciertos de su música predilecta.

En general disfrutaba de todos estos actos pero algunas veces sí tenía que sacrificarme, como cuando la ayudé con su colección de tazos, tuve que zamparme muchos doritos gachos y pedir cada mesa con envolturas de sabritas vacías. También tuve que cachar un librero de madera maciza que me dejaron caer durante una mudanza, la mordida de su mascota que recibí en santa sea la parte —las nalgas para ser más específicos— o las lágrimas que me costaron el cambio de dentista a sugerencia de ella para ahorrar.

Después de terminada la relación tuve oportunidad de hablar con algunas de ellas posteriormente, en otras ocasiones de manera indirecta, la coincidencia era el extrañar ese bienestar general, me parece que tenían la idea de que era una situación gratuita que llegaba como por arte de magia pero, aunque algunas veces hubiera magia implicada era resultado de un trabajo, de diferentes actos cotidianos de la observación detenida y pequeñas acciones continuadas, muchas veces era sumergirme en un mundo nuevo, buscaba empaparme de lo que la rodeaba para poder comprenderla mejor y conseguir pavimentar la vida cotidiana; conseguía tal acercamiento que podía decir muchas de las cosas que había dicho, sentido o hecho, al grado de poder considerarse clarividencia, al final todo el universo está conectado.

Además de las razones expuestas con anterioridad, también se puede decir que estas acciones las hacía porque había visto el sufrir de mis amigas en sus relaciones, también podría ser por un miedo a perder ese afecto tan importante para mí, otra razón podría ser que estuviera dando todo eso para asegurar que en un futuro pudiera pedir algo a cambio, podría ser un mal entendido respecto al amor. Cuando mis amigos me dicen algo al respecto, en particular de que ese esfuerzo no es apreciado les contesto que siempre pienso en la analogía con la educación, yo creo que debe ser gratuita, sin importar que haya muchas personas que no la valores, no creo que cobrar sea la solución para valorarla.

Y como las cosas  lejos de terminar como Der Himmel Über Berlin o el final de Gilmore Girls —sí, la veía— se parecen más a Paris, Texas o Firefly quizá sea tiempo de pasar al renacimiento.