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Niño perdido

Ay San Juan de Letrán, San Juan de Letrán ora por nosotros

– Santa Sabina

El eje central fue inaugurado en el mismo año que nació mi mamá. Llegó a ocupar el lugar de cinco calles: Panamá, Niño Perdido, San Juan de Letrán, Calle de Santa María la Redonda y 100 metros —sin albur— un cambio de esta naturaleza no es fácil de asimilar. Solía platicar largo tiempo con mi abuelo acerca de cómo lucía antes de semejantes cambios. El tiempo avanza inexorablemente y las calles evolucionan.

Durante mi niñez realicé muchos viajes al centro acompañando a mi mamá siempre por el eje Central, que tomábamos vía Ermita, La Viga, Río Churubusco y Municipio Libre, a pesar de que es la calle con los semáforos mejor sincronizados de la Ciudad de México siempre encontrábamos tráfico, la marcha era lenta y se veía a lo lejos la torre de comunicaciones que se cayó en el temblor, en ese trayecto escuchábamos en el radio la novela el derecho de nacer, o algunas veces se escuchaba la inmortal frase “caballero con los hombres, galante con las mujeres, tierno con los niños, implacable con los malvados” que marcaba el inicio de Kalimán, cuando ya se escuchaba a Porfirio Cadena era porque se nos había hecho tarde.

Los fines de semana llegaba a acompañar a mi papá a la calle de el Salvador, donde algunas veces dejábamos el coche en un estacionamiento donde vendían jugo de caña. Recorríamos las calles en busca de aparatos de sonido, partes para que hiciera sus bocinas, todo antes de que existiera la plaza de la computación y solíamos comer tacos en Bolívar, siempre disfrutaba esos paseos, eran de los vínculos que tenía con mi padre.

El transporte que más me gusta es el trolebús, y ahora que es el transporte oficial me da mucho gusto, aunque algunos se quejen que ya no se puede tomar taxi. Recuerdo muy bien cuando el costo del pasaje era de 60 centavos, siempre recibían un peso, por eso cuando íbamos 6 les daba mucho coraje a los conductores porque su ganancia se reducía drásticamente, ahora está en cuatro pesos aunque ahí van metidos tres ceros en la moneda devaluada. En mi época automotriz solía dejar el auto en un estacionamiento en Chimalpopoca y tomar la línea 8 de metro —cuyo diseño industrial de las estaciones Obrera, Doctores, Salto del Agua y San Juan de Letrán me gusta mucho— hice numerosos viajes a la plaza de la computación, a la camisería en la esquina con Victoria, justo enfrente de la entrada al metro. Pasé infinidad de veces al lado de la esquina del control remoto, otras tantas caminando desde la casa del Chil en Delicias —a.k.a. Beauty— y, antes de mudarme a Brasil, vivía a un par de cuadras —al lado de la Maraca— por lo que mis viajes al centro eran por esa vía.

El eje fue testigo de muchas cosas, como cuando aplasté la placa de México que tenía en Napoleón —mi Maverick 75— al saltar el viaducto, también manejé en sentido contrario, en el mes de septiembre iba con Chil a llevar a Liz y Dioné manejando un vocho prestado la llanta se desinfló a la altura de la Doctores, nos tocó empujar el auto de ida y regresar en penosas condiciones, o romper un récord, ahora con Chucho, al ir a de dejar a Rocío en la esquina con Cumbres de Maltrata apenas unos minutos antes de que el hoy no circula comenzara; o en aquella noche de serenatas donde los amigos de Roberto atropellaron un gato negro lanzándonos una maldición que se manifestó cuando la camioneta se apagó en el cruce del eje 5 y el eje central. También tuve que ir al rescate en la cantina que queda frente a la estatua de Lázaro Cárdenas. Como dato curioso en alguna ocasión una avioneta intentó aterrizar en el eje sin fortuna, terminó estrellándose a la altura del piso, digo de la calle Vizcaínas.

Aún se pueden ver muchas imágenes fascinantes al transitar por ella, como personas llenando botellas con bebidas adulteradas porque dudo que el carril del trolebús sea la sede de la embotelladora oficial, o puedes recibir ofertas de software que solamente ahí consigues, ir a jugar billar arriba de un club de caballeros, entrar al cine Teresa que ha pasado por muchas transformaciones y luego entrar al sexshop de al lado.

Esa es una de las calles son las que me formaron.

EjeCentral

Censura hasta en la SOPA

Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo

Goethe

Siempre he odiado las restricciones, las imposiciones o la censura; cuando alguien me dice que no debo hacer algo o que solamente hay una manera de hacer algo, inmediatamente brinca una señal de alarma dentro de mí diciéndome que siempre hay muchas opciones -muchas más de las que se ven a simple vista.

Contra lo primero que me revelé fue contra que me cargaran, no me gustaba así que cuando alguien se agachaba a cargarme le daba una patada en la espinilla, eso fue suficiente para desanimar a la mayoría. O dormirme temprano, no echarle plátano a la sopa de pasta, hacer la tarea antes de salir a jugar, tener cuidado al jugar en la calle, no calentar el agua de los peces -sí, vi a uno saltar porque no aguantó el calor- y el colmo: usar suéter -aquellos que me conoces saben lo ridículo de esta petición.

Incluso mi tía Luisa, que era muy permisiva, y a la que le decía “voy a tirarme de la avalancha y esquivar los coches” o”me voy a una fiesta a beber y no sé cuándo regrese” y lo único que me decía era un que dios te acompañe sin ningún reproche, en cambio me prohibía ayudar en la cocina bajo el argumento incontestable: “los hombres en la cocina huelen a caca de gallina”.

La adolescencia no hizo más que presentar numerosos retos que fueron sorteados con singular alegría, desde el sentido del eje central, la fortaleza de los árboles, demostrar la existencia del amor, violar la permanencia de los letreros con el nombre de la calle, pero sobretodo probar mi inmortalidad.

Durante mucho tiempo aceptaba todos los desafíos y libraba todos los retos; así fuera llenar la casa de la señora de los casos de la vida real con agua de riñón, robarle una prenda a alguien, torear taxis, romper un récord de velocidad en un auto sin frenos, y hasta otro de esos retos que se convierten en hitos: casarme.

#YoConfieso que disfruto ir contra la corriente, y muchas veces usé una indumentaria estrafalaria buscando provocar, en la prepa me negué a cortarme el cabello aún bajo amenaza de expulsión -tuve que usar gel, limón, jitomate y muchísimos pasadores para tomarme la foto para la cartilla-,  el negocio de costura me permitió fabricar unas camisas iguales que hacían parecer que no me cambiaba en mucho tiempo y asistía a las fiestas elegantes con los pantalones raídos, el cabello al estilo “The Cure”, pero iba al Chopo de traje -corbata incluída- no es tan sorprendente que recibiera un trato similar. En la Universidad fue diferente, bueno en la FCPyS no tanto -el turno matutino parecía un desfile de modas- pero en la facultad de Ciencias no me decían nada, aunque había miradas en mi chamarra con más hoyos que mezclilla, los pantalones con algunos huecos apenas abajo de las nalgas, mis converse uno lila y el otro turquesa -porque nunca conseguí rosa en mi número- y el cabello anudado con una donita de color pastel. Pero las prohibiciones aquí eran mínimas.

Pero mi alma incendiaria no se conforma con el caos, quisiera que los demás conozcan sus opciones, que averiguaran, que desapareciera su apatía. Extraño dar clases.

Yo creo que la mejor opción es educar y dejar que las personas actúen libremente, es decir, con conocimiento de lo que hacen, con la voluntad de hacerlo y con la responsabilidad frente a las consecuencias de los actos.