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cocinas tecnológicas

Una cocina de sueño. Habrá muchas, muchas. En mi corazón. O en la realidad. O en el destino de un viaje. O sola, o con muchos otros, o dos a solas, en todos los lugares de mi vida habrá seguramente muchas cocinas.

Banana Yoshimoto

Hace poco me señalaron que a mi cocina le falta un horno de microondas, eso fue el detonante para recordar la evolución de muchos artilugios y aparatos. Quizá desde los más básicos, mi tía Luisita hacía la mejor salsa preperada en molcajete con su tejolote, mi mamá siempre hizo la salsa en licuadora, y desde entonces las Oster han sido las elegidas por su durabilidad y desempeño. Es uno de los electrodomésticos que más veces he comprado en las diferentes mudanzas.

Las estufas solían ser de petróleo, todavía en los 80s así tenía su estufa mi tía Lolita allá en Salamanca, su cocina era tan pequeña que comía a través de la ventana sentado afuera, los accidentes eran comunes y cuando se derramaba el petróleo la estufa se incendiaba, pero en casa de Chuchita (en la colonia escuadrón 201) ya habían cambiado a la estufa de gas y se regresaron a la de petróleo luego de una explosión de un tanque de gas en una colonia vecina (La Sector Popular). No en balde el negocio más próspero fue el de Don Panchito, una petrolería que además vendía artículos de papelería y tlapalería, que estaba en la calle de Fausto Vega (antes sur 113) y que visitaba con frecuencia para comprar plumas, pilas y cartulinas.

Una de las primeras evoluciones que noté fue la batidora, que comenzó siendo un tenedor, después había un artilugio específico de metal como con tiras formando un óval al final, incluso uno que tenía un par y usaba una manivela para moverlas, en la casa compraron un philips de color crema que tenía que sostenerse con la mano, algunas veces lo movía descuidadamente y lo presionaba contra el recipiente y las aspas se detenían. Siempre me costó trabajo lavar las aspas removibles, mi mamá la usaba mucho porque le gusta hacer pasteles, yo creo que la usé un par de veces para hacer hotcakes. No he usado una en más de un cuarto de siglo.

Los primeros abrelatas que conocí eran una pieza plana de metal que tenía un destapador de un lado y una cuña trianguilar para hacer un orificio triangular en las latas, este lo usábamos para abrir las latas de leche clavel, que entonces era la única leche que se podía conservar fuera del refrigerador (antes del tetra pak). Cuando era un infante de menos de un año la leche clavel que vendían en las tiendas CONASUPO estaba racionada, solamente le venían una cierta cantidad por persona, así que mi mamá le pedía ayuda a su familia para que fueran a comprar más. Pero el abrelatas clásico era el que tenía una especie de tijera donde un estremo era una pieza casi rectangular que estaba doblada y tenía en un extremo un destapador y otra pieza era un cilindro delgado, ambas se unían y había una manivela para abrir las latas, era una tarea que casi siempre me tocaba a mí en casa, ya tenía much práctica para abrirlas rápidamente aún cuando el abrelatas estuviera oxidado. Solía ir a tomar café a casa de Claudia, siempre tenía café de Coatepec, y una vez también me invitó a comer, claro que para ella eso significaba abrir unas latas, yo me ofrecí a abrir las latas pero ella tenía un abrelatas eléctrico, creo que una parte de mí se sientió cuando los obreros eran reemplazados por máquinas. No me esperaba que tiempo después al estar viviendo en Sao Paulo regresaría a la tecnología más básica para abrir las latas.

Fue mucho tiempo sin siquiera tener un horno de microondas, aún con el auge de las palomitas de maíz. después al mudarme comencé a usarlo más, básicamente palomitas, calentar agua para té y recalentar comida o tortillas, también para hacer sincronizadas o cualquier platillo que necesitara queso derretido, cuando me mudé a Brasil el horno estaba incluído pero ahora que regresé a Mëxico ya tengo casi un año y no he comprado ninguno aún.

También recuero cuando en casa compraron una freídora, así las croquetas de atún fueron más frecuentes, o la pica lica que fue una moda de un tiempo, el extractor de jugos Turmix que era de uso rudo, a pesar de que se tenía que limpiar constantemente era de uso rudo, fue una de las pocas cosas que decidí llevarme a Brasil. Para ilustrar basta contar que durante mucho tiempo desayuné papaya picada y jugo de zanahoria, mi marchante ya los tenía preparados y tenía un extractor enorme que terminó descompuesto y que reemplazó por el mencionado, y hasta la fecha lo usa. Pero hay muchas cosas que fueron o que aún me son desconocidas que van siendo como descubrimientos, como los sartenes de teflón, o los trastes para dejar descansadas las cucharas que se usan para cocinar.

Me parece que la cocina siempre estará presente de alguna forma en nuestras vidas.

 

 

Escuadrón 201

¡Qué bonito es recordar el barrio en que vivimos!

Mi Barrio – Sonora Santanera

Aunque haya nacido en Anillo de Circunvalación y los primeros años haya  vivido la Minerva y en la CTM gran parte de mi tiempo la pasé en la colonia Escuadrón 201. Esta colonia limita al norte con Río Churubusco (o Circuito Interior) al sur con la legendaria y milenaria Ermita Iztapalapa (eje 8 sur), al oriente con la Avenida 5 (Eje 3 Oriente) y al oeste con la calle Antonio Cárdenas Rodríguez (antes sur 113-B).

Durante toda la primaria al salir pasaba a casa de mi abuela materna (Chuchita) donde me quedaba toda la tarde. Durante el camino de regreso pasaba al lado de un billar que ya desapareció donde solía encontrarse mi padrino en la primera mesa.

Hay tantos recuerdos ligados a esa colonia como siempre estaba aquí durante el período escolar recuerdo que casi todas las compras escolares cuadernos, plumas, cartulinas, las realizaba en la calle de al lado en la petrolería que atendía “Don Panchito” quien no parecía envejecer creo que usando la misma fórmula que la madrina de mi mamá que vivía en la acera de enfrente de la casa de mi abuela: el cónyuge. En caso de requerir algo más especializado había dos papelerías pasando el mercado, que siempre estaban llenas el fin de semana fue en los primeros lugares que vi el sistema de pedir la mercancía y pagar en la caja.

Cuando llegaba a no ir a la escuela o regresando de alguna actividad veraniega mi tía me consentía con un chocolate de tablilla —que luego enfriaba— y un bolillo rellenado con frijoles de la olla —flor de mayo generalmente— el pan siempre era recién comprado de la panificadora la Esperanza que aún está en Radamés Gaxiola, la siguiente calle que era conocida como “la cuadra ancha”.

Jugábamos fútbol en la calle con un par de ladrillos como porterías, no éramos muy buenos porque la pelota se volaba seguido provocando el malestar de los vecinos. También jugamos béisbol en la calle, pero luego de ser casi atropellado por un camión de mudanzas intentando impedir una carrera nos pasamos al camellón donde los árboles servían para señalar las bases, esto duró hasta que arreglaron el camellón y pusieron la imagen de la virgen que es celebrada cada 10 de mayo con sorteos y algunas veces hasta palo encebado. Otras veces jugábamos fútbol americano al principio tacleado sobre el pavimento mi lesión en la clavícula no cambió la modalidad del juego, fue hasta el golpe en la cabeza de Poncho que comenzamos a jugar tocado, creo que el espíritu aventurero se extendía porque algunas veces la zona de anotación era la esquina donde los coches pasaban con mayor frecuencia obligándonos a voltear no solamente al balón sino a la calle.Este espíritu se mantenía cuando usábamos una avalancha para deslizarnos al lado de la Johnson y Johnson —ahora UNITEC Campus Sur— y detenernos violentamente al llegar a Ermita para evitar ser arrollados.

También recuerdo las una farmacia en la calle de Zapata, un poco antes de la Iglesia de San Nicolás de Tolentino que tenía el videojuego de kaboom, durante el camino de ida íbamos consiguiendo pesos —el costo del juego era dos pesos de figura de Morelos—pidiendo a la gente que nos cambiara porque en la farmacia nunca lo hacían de hecho parecía molestarles que estuviéramos ahí. Había otra farmacia enfrente de la primaria que tenía un pinball, ese costaba cinco pesos, pero conseguimos hacernos de una llave que lo abría, nunca la usamos para robar, solamente para tener más juegos.

El mercado es punto de referencia obligado, durante un tiempo no entendía la razón para que mi madre regresara a comprar ahí aún viviendo ya lejos. Cuando iba a cumplir sus pedidos como comprar la carne con el “barbas de chivo” la primera vez que fui no iba a estar preguntando por alguien con ese apodo —ya había cometido ese error con anterioridad— afortunadamente es tan descriptivo que atiné. Mi bisabuela —la mamá de mi abuela paterna— vendía justo afuera del mercado servilletas para las tortillas así que la saludaba cada que pasaba por ahí, ahora mi primo Luis tiene un puesto ahí.

Era común ir a comer barbacoa, las carnitas se compraban en el mercado de la Sector Popular —colonia hermana— había otros puestos pero éste era con mucho el más popular. Justo afuera había un puesto de huaraches que era muy socorrido el fin de semana y sobre la misma cuadra había una juguería que vendía tacos de suadero y longaniza, en la acera de enfrente vendían birria y siempre había un chivo amarrado en el árbol de afuera atestiguando el origen de la carne, claro que el chivo que estaba afuera siempre era el mismo. A un par de locales estaba una pollería/tortería que se convertiría en un lugar de celebración: ¡tortas de pollo para celebrar!

Hay tantos lugares que recuerdo como los Baños La Escorial, donde me llevaban a cortar el cabello, probé el jugo de zanahoria por primera vez e iba a bañarme cuando fallaba el suministro de agua, justo al lado se encontraba el banco del Atlántico que era todo un océano de posibilidades, que luego fue Bital y terminó en HSBC. O el deportivo donde estaba el cine Fausto Vega donde vi la película de Bernardo y Bianca en una matiné con mi primo Carlos, ahí jugaba de niño en el Ultra en el campo conocido cariñosamente como la Lija. Había una refaccionaria en la calle del mercado, pero si no era suficiente teníamos que ir a Ermita, a unos pasos de la eterna vidriería que estaba enfrente de la tienda que fueran un K2 y posteriormente Hermanos Vázquez.

El paisaje ha cambiado desde entonces, primero con la línea 8 del metro y después con los puentes de Ermita y el eje 3 Oriente y finalmente con la línea 12, todo evoluciona y nada permanece; la mayoría de lo que he mencionado son lugares, pero en cada uno existen historias, algunas ya han aparecido, otras aparecerán pero de esa época este es un escenario principal.

 

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