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imágenes retro

Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; antes al contrario, la hacen más profunda.

Gustave Flaubert

Las casas de mis abuelos —maternos y paternos— estaban muy cerca el camino comenzaba caminando por sur 117 —ahora Héctor Espinoza— hasta la esquina que estaba custodiada por una mueblería y una vidriería, atravesábamos Ermita apenas a unos pasos de los baños Escorial, caminábamos hasta la cervecería Moctezuma —donde solía pedir los calendarios del torneo del fútbol mexicano— recorríamos la calle de Cereales hasta llegar a calle de Leñadores, donde siempre reinaba un silencio sepulcral, para después cruzar por campesinos entonces no había ejes viales, no estaba la Coca —le decíamos la barda y algunos iban a cazar tuzas ahí—, aún estaba el toboggan y en los camellones había canchas de fútbol llanero.

El primer recreo que pasé mi primer día de escuela, caminé largamente hasta la orilla del segundo patio —había dos patios, según para la seguridad de los niños menores— tenía una plataforma de concreto con algunas escaleras apenas a unos metros de una pared de ladrillos rojos con dibujos de círculos blancos, para botar la pelota contra la pared en una especie de ejercicio. Yo me quedé parado junto a una puerta de metal —como para autos que daba hasta la salida de la escuela— ahí pasé mi primer recreo.

Mi maestra de segundo año se apellidaba Luna, entonces no se usaba el código postal sino la Zona Postal (vivía en la 13) que era la delegación de Ixtapalapa —con X como México, mejor escribirlo de esa manera o recibirán un saludo de la porra— había 4 salones por grado A, B, C y Ch, los dos primeros eran de niños y los 2 siguientes de niñas. Todo eso cambió al siguiente año.

Los primeros videojuegos que pusieron en las farmacias costaban 2 pesos y tenían un duración determinada, no dependía de tu habilidad ni del tiempo. Nadie en la calle te quería cambiar por monedas de pesos, los dueños de los establecimientos odiaban a los niños que iban a gastar su dinero en las máquinas. Apenas llegaron para sellar mi niñez.

Después de eso he necesitado palabras muchas veces, pero son bits son lo único que recibo. Ya casi nadie da algo que necesite.

 

a pincel

Si ya tu chava no te pela ponle a tus zapatos suela.

La primera calle de la Soledad – Jaime López

Ya los antiguos egipcios utilizaban un tipo de calzado para proteger los pies en contra de las inclemencias del tiempo, aunque a mi nunca me ha gustado usarlo, reconozco que tiene sus ventajas —los golpes contra los muebles duelen mucho más estando descalzo— además mi salud de niño era frágil, cualquier incursión en un suelo frío terminaba por dejarme una viaje al doctor para que revisara mis anginas y me mandara antibióticos. Durante toda mi primaria tenía que usar calzado con  suela de piel natural de lo contrario las plantas de los pies terminaban rojas comenzaban a cuartearse. La única excepción era cuando me tocaba deportes —los viernes generalmente— ese día podía usar tenis —Panam que era los que se conseguían en Aurrera— a cambio de los blasito que usaba inclusive para jugar fútbol en la calle, casi siempre de estilo bostoniano.

Con la entrada en la secundaria y la alcoholescencia esto cambió y pasé a usar los tenis casi todos los días, sin sufrir esa irritación pero apareció otro problema, el mal olor que acarreaba la vergüenza de recibir el clásico: “te apestan las patas” que, debido al tamaño, combinaba perfectamente con el calzas del patorce y medio. Algunas veces el usar tenis de astronauta hacía que el volumen pareciera mayor, otras veces en tiempos difíciles los tenis a los que se le cambiaba el triangulito —kaepa— fueron usados hasta que al pisar un chicle podía adivinar el sabor del chicle.

Hice una par de peregrinaciones de Salamanca a San Juan de los Lagos, aproximadamente 180 kilómetros, en la primera ocasión intenté usar tenis infructuosamente y terminé con unas botas de estilo militar y en otra ocasión unos zapatos de suela de goma que resultaron ser muy efectivos. La primera tuve algunas ampollas pero la segunda vez me torcí el tobillo un poco antes de llegar a León y tuve que ir renqueando todo el camino.

Desde los 6 años hasta los 13 jugué semiregularmente fútbol y tenía que usar el calzado apropiado, comprado a las afueras del deportivo Santa Cruz Meyehualco, si de por sí era difícil para mí atar las agujetas, en esta ocasión se tenía que dar toda la vuelta por la suela incluso. En el caso de la alberca, a pesar de las recomendaciones de usar cualquier tipo de chanclas yo prefería andar descalzo, incluso cuando corríamos alrededor de la alberca veinte vueltas a manera de calentamiento. Una animadversión particular de las que tienen un plástico que se tiene que sostener entre los dedos de los pies. Y ahora están de súper moda por estos lares —y supuestamente por el mundo— las havaianas.

Llegó el momento que en lugar de buscar un modelo en particular de zapato lo que hacía, en lugar de preguntar si tenían determinado modelo en mi número preguntaba ¿cuáles zapatos tienen en mi número? y escogía entre las opciones existentes, eso se vio compensado posteriormente cuando mi abuelo consiguió unas hormas de mi número mi mundo cambió, porque no solamente me tenía un gran cariño, también era un hábil zapatero, entonces tuve a mi disposición zapatos completamente personalizados.

Tuve por ejemplo unos zapatos verdes de exactamente el mismo tono que mi chamarra, también unos zapatos bicolor, y otros tonos no tan comunes, justo a mi medida, de los que me sentía orgulloso, tuve unos en particular muy queridos unos zapatos de ante azul como la canción de Elvis, los zapatos más cómodos que he tenido, los usé muchísimas veces, algunas de ellas en combinación con una camisa azul con verde —esa camisa terminó deshaciéndose del uso— cometí el grave error de jugar fútbol con ellos un día en la cancha conocida por el Hueso Skate, terminé no solamente medio lastimado del tobillo sino perjudicando mis amados zapatos. Por cierto los últimos zapatos que hizo mi abuelo —también eran azules— fueron para mí.

Tuve unas botas con casquillo de metal, a mi compadre le tocó una cariñosa patada en la espinilla mientras tomábamos un jugo en Uruguay —Uruguay y Bolívar en el centro—, él me acompañó algunas veces a comprar tenis al tianguis de las torres —periférico y el eje — ahí alguna vez conseguí unos tenis que me quedaban ligeramente más grande pero eran muy  cómodos, los robó el “Quick” —un vecino que alguna vez bebió perfume a falta de otra bebida alcohólica— mientras los dejé secando.

Creo que mis pies han caminado mucho, los debo tratar mejor.

 

 

 

 

 

 

batallas matinales

Vieja ciudad de hierro de cemento y de gente sin descanso si algún día tu historia tiene algún remanso dejarías de ser ciudad.

Rockdrigo

La semana pasada tuve que llegar mucho más temprano de lo acostumbrado al trabajo, algo a lo que ya no estaba acostumbrado, recordé todas las vicisitudes que acompañan esta práctica y los resultados de este enfrentamiento cotidiano con enemigos apenas amenazadores pero peligrosamente constantes.

La primer batalla que tengo que ganar cada mañana es la de despertarme a tiempo, no importa en realidad la hora que sea, generalmente tengo que hacer un esfuerzo por despertarme, pero siempre he necesitado ayuda porque mi sueño no se interrumpe fácilmente, puede haber una fiesta al lado y yo no despertar, antes lo único que conseguía despertarme era el sonido del teléfono, por esto tuve que recurrir al servicio de despertador de telmex, después usaba 6 despertadores cuyas alarmas tenían diferencia de algunos minutos, eso me funcionó hasta que me casé, Valeria no podía dormir con el click de todos los despertadores y no le hacia ninguna gracia la cantidad de pilas de tan mala cantidad que usaba —similar de las rocket— así que los reemplazó por un despertador rojo de gran potencia en su sonido, yo me tenía que levantar antes que ella así que dormía del lado de donde estaba el despertador y siempre me levantaba con el pie izquierdo —a la fecha lo sigo haciendo—, ahora solamente necesito 3 alarmas del celular y 2 despertadores, uno de ellos genera el ruido suficiente para despertarme, aunque ahora casi siempre logro despertarme un poco antes de que suene.

Pero el despertarse es apenas la primera parte, yo jamás me he levantado inmediatamente después de despertarme, durante ese tiempo me cuesta trabajo comenzar a carburar, algunas veces me quedo reflexionando, algunas otras recordando e intentando explicar los sueños que tuve. Otras veces simplemente acumulando fuerzas para levantarme.

El baño no lo considero una batalla, al contrario es una preparación o ritual para seguir con el día, ahí consigo despertar completamente, es el momento en el que me encuentro en mayor calma, cuando la respiración se equilibra y a cada respiración las energías se acumulan.

Desayunar resulta complicado, es muy difícil que me quede tiempo para algo más que algo que se pueda tomar de un trago como un yogur para beber, Durante mucho tiempo desayuné un vaso de papaya y un jugo de zanahoria que mi marchante ya me tenía preparado. Otro gran favorito era el licuado de mamey —la fruta que nació para ser licuada— las guajolotas o el atole en ocasiones contadísimas.

Pero el principal villano es el tráfico. Siempre hay un obstáculo que es el más difícil, por ejemplo mis primeros tres años de primaria, vivía a solamente unas cuadras pero a mi papá le gustaba llevarme, algunas veces era complicado atravesar la calzada Ermita Iztapalapa —aún ahora con todo y puente es difícil— esa fue la época en la que viví más cerca de la escuela. Siempre que hablo al respecto me acuerdo de mi amiga Martha, que vivía en Santa Úrsula, caminaba a su primaria y secundaria, y para la Prepa 5 y para CU tomaba el mismo pesero —solamente cambiaba la dirección— una combi de la ruta 29. Recuerdo mucho mis viajes a CU, cuando iba en la facultad de Ciencias Políticas y Sociales, me esforzaba en llegar a clase de 7, muchas veces tomando el primer camión (ruta 79) que salía frente a la UAM Xochimilco y que me dejaba en el metro CU, o cazando al San Lorenzo Tezonco – Cerro del Judío (ruta 64) que solamente lo podía tomar hasta las 6:30 porque después pasa llenísimo, su gracia decayó cuando cerraron el cruce de Tlalpan a la altura de Xotepingo. La alternativa era una combi que también iba de la UAM Xochimilco hacia CU (ruta 95) que, cuando todos íbamos a CU iba directo ahorrándonos mucho tiempo. Cuando llegaba a ir en coche, la parte difícil era División del Norte con Miguel Ángel de Quevedo, había un carril para dar vuelta, pero si lo elegías podías quedar bloqueado si alguien iba a dar vuelta en U. Me divertía tomar esa decisión y lo hacía a manera de apuesta, creo que terminé a mano.

Ya en el trabajo el principal reto era llegar al metro Taxqueña, que me podía llevara hasta 40 minutos, la otra alternativa era tomar todo el eje 3 hasta Mixhuca cuyo tiempo era muy variable. Ya dentro del metro la siguiente decisión la tenía que tomar en Tacubaya: o me seguía hasta Auditorio o me bajaba y arriesgaba a tomar un camión o intentar conseguir un taxi —esa labor era difícil porque la competencia era dura y los taxistas primero elegían a las mujeres— esa decisión a veces me llevaba más tiempo pero siempre me ha gustado esa incertidumbre. el tomar rutas diferentes. Cuando me cambié cerca del metro Portales, se redujo una de las variables, y se alargaron mis horas de sueño. Y cuando me mudé a un par de cuadras del eje central las opciones se ampliaron, pero más para el regreso que para la ida. así que generalmente tomaba un pesero a Cuauhtémoc y de ahí tomaba la línea 3.

Ahora que estoy viviendo en São Paulo las cosas no son muy diferentes, ahora mi transporte matinal es el 576M-10 (Vila Clara – Terminal Pinheiros) solamente que la frecuencia es menor y ahora debido a las obras de la nueva línea del metro hay 2 avenidas que es difícil atravesar, la Ibirapuera y Santo Amaro, aunque vivo mucho más cerca sigo con las mismas batallas todos los días, y sigo ganando.

Por eso cuando estoy de vacaciones aprovecho para levantarme temprano y salir, ahora sin prisa para caminar por los mismos lugares a un ritmo diferente y contemplar bajo otra óptica la prisa cotidiana a la que nos sometemos, gracias a ello entiendo que las batallas son, en realidad, conmigo mismo. Que el enemigo no es el tráfico, el despertador o el tiempo; esas son las circunstancias que tenemos y que nosotros elegimos nuestra manera de abordarlas.

Al maestro con cariño

El que en un arte ha llegado a maestro puede prescindir de las reglas.

Arturo Graf

Durante los últimos años de su vida mi papá solía felicitarme cada 15 de mayo sin importarle que llevara mucho tiempo de no dar clase, está entrada se la quiero dedicar al aprendizaje. He tenido diversos maestros y de todos he aprendido algo, porque creo que la labor docente no consiste en mostrar los conocimientos sino el ayudar a encontrar el camino.

La maestra Lulú fue mi primer encuentro con una docente, tuvo el acierto de mantenerme ocupado, de ponerme más y más trabajo conforme lo iba terminando, sin importarle que fuera demasiado adelantado al grupo, yo creo que entendió que dejarme ocioso no era una buena idea, la única vez que me quedé sin nada que hacer terminé enfrascado en una pelea donde perdí un diente. Otra maestra —de apellido Luna— cuando compartió información de su familia me mostró cuando revelas alguna parte oculta das la oportunidad de crear un vínculo con los alumnos. A mi maestra “Amanda Miguel” la conocí fuera del salón —le dábamos un aventón— y era muy raro observar el cambio. La maestra Maricarmen —un nombre repetidísimo entre las maestras de primaria— lloró en alguna ocasión por mi culpa haciendo lo que le importábamos.

Mi maestro “Pepe Celaya” nos enseñó a doblar un saco para guardarlo en una maleta y nos encomiaba al ahorro del agua. O el “Chachalaco” —referencia etílica— que nos mostró la amenaza como medio de motivación o el maestro “Demetrio” —de metro y medio— en cuya clase la falta de estudio podía terminar en una humillación pública. Y el “abedul” observó tres años seguidos mi nulos esfuerzos en las artes plásticas —y jamás me dio alguna indicación—

¡Cómo olvidar mis clases de Física! Donde M. jr —hijo del inamovible maestro de Química— nos enseñó a respetar a los demás compañeros, así que cuando teníamos que corregirlos teníamos que comenzar con la frase: “compañero, me parece que usted la está cagando”, en ese mismo curso, en la clase de Historia, recibíamos un trato personalizado —cada uno recibía un apodo— de parte del mismísimo profesor “cuchi-cuchi”. Cuando el “Cachirulo” se cayó durante la clase de matemáticas todos corrimos a ayudarlo y lo llevamos a la enfermería preocupados —cualquier otro maestro habría recibido al menos uno 50% de burlas— su dedicación era una enseñanza de que se puede ganar el respeto y cariño de los alumnos.

Mi paso por la FCPyS de la UNAM fue marcado por la épica María de Lourdes Quintanilla Obregón que me enseñó lo fiero que es el conocimiento, que para conocer la historia uno hurga en todas las fuentes posibles y después interpreta y decide; y esta es una labor personal.  Eliseo Diego me enseñó un pedazo de poesía cuando interrumpí dramáticamente su clase. En ambas facultades —Ciencias y Ciencias Política— me conmovieron los intentos de algunos maestros para que me quedara. Y tengo que agradecer a Arturo Nieva, que fue mi asesor de tesis y de maestría, tuvimos innumerables pláticas conde se mezclaba lo abstracto con lo mundano.

Feliz de regresar a tomar clases luego de un largo tiempo encontré a la maestra Rosa Nissán cuya clase me iluminó el alma y me animó a comenzar con este blog, pero lo más importante es que debemos encontrar nuestra propia voz, fui testigo de la metamorfosis un compañero en una sola clase. También mi reciente incursión en la fotografía de la mano de  Melissa Szymanski quien no se guardaba ningún comentario y nos compartía fielmente sus experiencias, sin filtrar nada, como un torrente que no cesaba.

No fui un alumno promedio, no solamente alcanzaba a entender lo que los maestros querían enseñar, también las palabras que decían, lo que mis compañeros entendían y el lugar donde se rompía ese lazo. Creo que esto me permitió dedicarme mostrar el camino a algunos más. Entonces también aprendí muchas cosas de los alumnos:

La primera lección —y la más importante— es que no hay ningún concepto que no pueda ser entendido, todo depende de la forma de explicarlo, lo que hace la labor docente más interesante, con más responsabilidad; esto no exime de responsabilidad a los alumnos. Confieso que hubo un alumno con el que no logré del todo enseñarle ese camino, fue al primo de un amigo aficionado al tequila almendrado en garrafa de plástico, enseñarle los quebrados fue una labor titánica.

Muchas de las veces que di clases fueron particulares, alguien que quería pasar un examen de admisión o que necesitaba alguna calificación específica para su promedio, incluso unos que necesitaban sacar buenas calificaciones para obtener un premio.  Esa es otra lección, es importante saber para qué quieren el conocimiento, es más fácil enseñar para solamente pasar lo que quieren, porque si no hay interés es mucho más difícil.  Ahora algunas veces lo difícil es la atención, por ejemplo mi primo José Carlos no tenía problema alguno en entender las cosas, pero sí en concentrar su atención. Otra cosa que aprendí es que el miedo se puede quitar con un acercamiento paulatino, porque casi siempre proviene de una asociación que cuando es confrontada con calma suele desaparecer.

Cuando tienes la oportunidad de interactuar con muchas personas distintas tienes la oportunidad de asomarte a diferentes mundos y al reflejo que ellos tienen en ti, cuando hay alguna característica que te haga saltar, enojar, o alguna reacción irracional, sabes que tienes un problema interno que es reflejado con esa característica.

Recuerdo el tiempo que estuve en el taller de matemáticas fue el tiempo que más disfrute, cuando llegaban las personas a preguntar libremente y de cualquier cosa, fue cuano más problemas resolví, algunas veces recibía la misma pregunta en múltiples ocasiones, pero la manera de explicarla era diferente cada vez, incluso algunos de mis alumnos terminaron como amigos que aún conservo.

En algún tiempo pensé que esa sería mi vocación, me imaginaba una mezcla de las películas de Simitrio y Al maestro con cariño con el cuento de Luvina y en algún momento lo abandoné, no estoy seguro de lo que dejé atrás o de lo perdí, si todavía puedo hacer alguna diferencia, por eso quiero mandar una felicitación a todos mis conocidos que siguen en esa labor harto ingrata.

Trabajo en equipo, la escuela revisitada

El que quiera hacer todo solo, jamás será un gran líder; tampoco el que quiera quedarse con todo el crédito por hacerlo.

Andrew Carnegie

Hay muchos tipos de trabajo en equipo, en la escuela nos obligan por primera  vez a trabajar de esa manera, en esa modalidad podemos encontrarnos con compañeros distintos la mayoría son como nosotros pero otros son irresponsables y buscan colgarse del trabajo de los demás, o quieren controlar todo y prefieren trabajar más con tal de asegurar una buena calificación; parece que estos últimos grupos se complementan, pero es raro que trabajen juntos.

El primer trabajo serio que me tocó hacer en equipo fue en sexto de primaria, era un trabajo acerca de la segunda guerra mundial, estaba en el equipo estelar, cada quien eligió un líder para exponerlo ante la clase, yo elegí a Hitler y me lo tomé en serio, como me sentaba cerca de un muro aproveché para pegar una swástica con cera de campeche, y los todos los ejemplos de oraciones que daba en clase contenían expresiones referentes a los nazi, judíos, guerra, cámara de gases y dominación global. Fue un ejercicio divertido que me otorgó la admiración y animadversión general, eso es parte de lo divertido.

En la secundaria nos dirigíamos a los demás por el apellido, y los equipos se formaban por orden alfabético y mi equipo era el último. El maestro de química tenía el apodo del Chachalaco y nos amenazaba con su pluma de múltiples colores en una clara connotación sexual y el encargado de laboratorio perdió nuestro respeto el primer día al escribir “javón” (sic) en el pizarrón. Los integrantes del equipo éramos:  Tovar, Vera, Violante y Zavala. En una práctica donde teníamos que obtener azufre sin manchar nada más que un tubo de ensayo dejamos un matraz salpicado de color amarillo, para evitar una reprimenda optamos por calentarlo para después ponerlo bajo el chorro de agua fría donde quedó hecho pedazos, nos salvamos del regaño a cambio de pagar el material, algo que no le importó a los de mi equipo, alguna ventaja tenía tener compañeros a los que cuentan con recursos. Como era el último equipo teníamos una mesa completa para nosotros, eso lo usamos para hacerle una broma al maestro, fingimos que el mechero no encendía -habíamos cerrado la llave del gas para toda la mesa- y cuando el maestro se acercó para verificarlos la abrimos súbitamente, quemándole las cejas, no se dio cuenta que fue broma y nos dijo que era una lección para tener más cuidado.

El equipo de biología era el mismo y nos tocó abrir una paloma para examinar los órganos internos, al final de clase la tomamos por la cabeza dando girándola como si fueran boleadoras, los órganos del infortunado pájaro quedaron regados por las paredes del laboratorio. En una prueba de sangre, el eslabón más débil del equipo fue el elegido para donar el líquido rojo, hubo gritos, lágrimas y casi un desmayo, cuando no había posibilidad de burlarse de alguien más hasta los del equipo sufrían.

En la preparatoria cambiaron los equipos, ahora mis compañeros eran Villanueva, Volpi y Zamudio, uno de ellos sufría acoso de los profesores debido a que su hermano mayor fue una lumbrera que todos los maestros recordaban y le exigían que fuera como él, no lo era, pero tenía gran facilidad para el dibujo; otro de ellos compartía nombre -Reynolds- y apellido con 2 de sus primos, él era el menos animado. En la clase de biología el taller solamente contaba 30% y el laboratorista era muy antipático, teníamos que hacer una prepráctica, que no revisaba, y luego un revisar distintos organismos en el microscopio. Al darnos cuenta de que no revisaba el primer trabajo, lo llenábamos de insultos e historias grotescas que no se molestaba en leer, así teníamos su firma estampada sobre los escritos que después repartíamos a otros grupos. A la práctica nos presentábamos sin material, todo lo buscábamos en los botes de basura, usábamos portaobjetos y cubreobjetos rotos y sucios. Y en la práctica en lugar de dibujar el corcho, las algas o el polen visto bajo el microscopio, dibujábamos, bueno Alejandro dibujaba, al odiado supervisor en situaciones graciosas, con cuerpo de animal o dando clase. Recibíamos calificaciones bajas, ceros e incluso algunas negativas. Yo alcancé a pasar pero todos los demás se fueron a final, hubiera hecho lo mismo, todos sacaron mejor calificación al final.

En la universidad estuve en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y en la Facultad de Ciencias a pesar del nombre tan parecido los equipos en ambas eran diametralmente opuestos, en la primera mi equipo era bohemio cuyos mayores logros fueron:  ser expulsados de la clase de redacción y terminar Mario Bros 3 mientras bebíamos cerveza sin interrupción.  En la otra facultad a mis compañeros sí les importaba la calificación, mi equipo de álgebra estaba integrado por: un par de compañeras con un control exagerado, tomaban apuntes con varios colores, agregando fechas y comentarios al lado; un gran amigo que estaba atribulado y que saldría del clóset el siguiente semestre, otra amiga burlona la última hija entre millones de hermanos. El maestro pedía que hiciéramos la tarea en equipo, pero cada quien tenía que hacer una copia y escogía una al azar que sería la representante de todo el equipo; si bien la tarea no contenía errores, nadie quería que escogiera la mía porque era la menos legible -en sentido épico- así que las acomodábamos en diferentes lugares (primero, último, en medio) y les dábamos a escoger a los compañeros que pasaban -todos escogían la mía, ahora que escribo esto todavía me río.

Tengo que mencionar que también hay equipos en el trabajo , solamente que ahora el objetivo no es una calificación: es dinero, poder, aprobación o incluso la conservación del sustento familiar. No es tan divertido como en la escuela.