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Luisita

Sin una familia, el hombre, solo en el mundo, tiembla de frío.

André Maurois

Mi abuela materna, Chuchita, nació de un matrimonio de viudos y fue su únca hija, pero hubo varios medios hermanos, su media hermana era Luisa, aunque siempre la llamé Luisita ella se quedó a cargo del cuidado de mi mamá por mucho tiempo, por eso la quería mucho y también por eso fui su consentido.

Recuerdo que su presencia llenaba de paz la casa, o sentía un amor incondicional de su parte, y siempre le dije la verdad, como cuando iba a lanzarme de avalancha al lado de la Johnson y Johnson -ahora el UNITEC- jamás me prohibió nada, solamente me agachaba para que me diera su bendición. Porque era muy pequeña, tanto que ahora me sorprende que en algún momento me haya cargado.

Cuando llegaba de mañana me preparaba chocolate de tablilla, que luego enfriaba pasándolo de una taza de barro a otra, eso con un bolillo recień comprado en la Esperanza, relleno de frijoles de la olla era una delicia no era necesario más, cuando había queso supremos ya era un lujo. Pero cuando llegaba a cocinar bisteces en chile pasilla no podía pedir más, a la fecha es el platillo que más me gusta y más recuerdos me trae. También he mencionado su manera de hacer los frijoles.

Cuando vestía con ropas que exhibían muchos orificios le raclamaba a mi madre que porque parecía pordiosero, aún recuerdo con mucha risa cuando un mendigo se acercó a pedirme y ser arrepintió pensando en que no iba a tener ni para darle -no sexualmente- Cuando iba a salir a enfrentarme a la noche en aventuras riesgosas sentía que su “que Dios te acompañe” en verdad me protegía.

Vivió con nosotros un tiempo, luego de que la atropellaron y su movilidad y su brazo quedaron comprometidos, durante ese tiempo mi hermana y mi madre le racionaban los cigarros pero yo le suministraba todo lo que me pedía, que era casi nada, café (negro) unas doraditas, a veces unos chetos y sus faros. Ella comenzó a fumar a los nueve años enrollando hojas de tabaco, pero desde que la conocí fumaba faros, fue un vicio que conservó toda la vida. Ella decidió nunca casarse, a pesar de tener muchos pretendientes, incluso a mí me tocó ver cómo le rogaban para que accediera casarse aún a sus sesenta años, él le ofrecía algunos ranchos de trigo y alfalfa creo. En su juventud un pretendiente perdió una mano al perseguirla cuando ella se iba en tren, parece que lo citó en otro lado mientras ella se escapaba. También fue ama de llaves del presidente municipal, y encontró en su patio unos centenarios enterrados, de los cuales no tomó ninguno y los entregó , en otra ocasión mientras cuidaba a un enfermo él de dijo que cuando muriera tomara el dinero de su colchón porque a su familia no le importaba, cuando murió pudo ver que el colchón estaba repleto, pero no tomó un centavo. Tal vez ese sea el precio de la tranquilidad.

El día de su muerte le comunicó a mi tía Hortencia que se iba a morir y que le llamaran a Carmen (mi madre) y en cuanto llegó mi tía murió. Su muerte fue el principio de muchas otras muerte que me impactaron, dos de ellas ocurrieron en el mes siguiente. Al ver su rostro plácido en el ataúd supe que estaba tranquila, que no tenía pendientes, además yo también me sentía tranquilo sin importar que supiera que la iba a extrañar muchísimo, a la fecha.

Creo que extraño el sentirme protegido y amado incondicionalmente, creo que perdí esa seguridad de poder contar lo que sea y saber que iba a ser escuchado y bendecido al final sin importar lo que dijera, si nada de lo que hiciera cambiara el amor que me tenía, tal vez desde entonces siempre he tenido reservas. Tiempo de cambiar.

 

 

 

 

 

Después de un taco, un buen tabaco

Ese valedor, saque los tabacos aunque sean de salva pa’ pasar el rato.

Barata y descontón – Trolebús

Yo coleccionaba ceniceros y los cigarrso que más he fumado han sido los camel

El primer día que fumé fue en una fiesta de mi entonces adolescente tío Ricardo que cumple años el 18 de Septiembre y que vivía en una casa situada sobre el ahora eje 3 oriente que en esa fiesta aún no se inauguraba.

Como había muchos niños y preadolescentes estuvimos jugando en la calle a las escondidas, hasta que se nos ocurrió ocultarnos en la casa en construcción que estaba en la esquina. No sabíamos que tenía un velador al que parece que despertamos. Su figura saliendo de un cuarto de oscuro con la cara blanqueada por el polvo nos asustó tanto que terminamos a mitad del camellón en un instante. Para bajarnos el susto decidimos sacar los cohetes que nos quedaban del festejo del 15, pero lo difícil era conseguir cerillos porque las tiendas ya estaban cerradas y los adultos no querían darnos una caja de cerillos y, aunque Bic llegó a México en el 65 y para el 74 ya fabricaba encendedores todavía no eran tan comunes.  Finalmente se cansaron de darnos cerillos de uno en uno y decidieron darnos un cigarro para encender los cohetes. Era un Kent, y cuando me dijeron “sóplale para que no se apague” lo que hice fue fumar por primera vez.

Mi tía Luisa también comenzó a fumar a esta edad y todo el tiempo que la conocía fumaba faros, pero yo solamente lo hacía durante los festejos de la independencia. Las marcas de los cigarros variaban de acuerdo a la persona que los proporcionara. Y no faltó el que fumaba Raleigh y hacía el chiste “¿a quién se parece?” si recuerdan la cajetilla tenía la misma imagen al frente y atrás.

Durante la secundaria había muchos que fumaban, no me gustaba fumar frente a ellos, porque me sentía como si estuviera la corriente, fumaban muy por pose. Los primeros cigarros que compré fueron unos Viceroy, solía fumar en las fiestas, los conciertos —Cecilia Toussaint, Jaime López y rupestres— o en los viajes continuos al Zócalo.  Después con la fórmula 1 llegaron los John Player Special con la cajetilla negra para apantallar, había muchos compañeros que los fumaban y también mi amigo Chucho cayó en la publicidad, cuando me invitaban les quitaba el filtro y los fumaba.
Recién comenzaba la prepa cuando conocí a Arturo, el sería mi dealer oficial, él me surtía de cigarros importados, aunque ya había fumado alguna vez los Moore que vendían en Tepito, y los Kool que sacaba Felipe de su casa. Pero él comenzó a regalarme Pall Mall, Philp Morris y Parliament. Cuando fumaba los Philip Morris mentolados en el carro con Felipe afuera del departamento de Beauty —así llamamos al departamento ubicado en la calle de Delicias— cuando teníamos las ventanas cerradas el humo invariablemente provocaba lágrimas, su leyenda decía que tenía emisiones de monóxido de carbono. Quiero aclarar que aunque eran mentolados no tenían ese sabor porque no fumaba mentolados —a menos que no hubiera otra opción— y siempre contestaba que los fumaba porque sabían a menta … a mentada de madre.

Asistíamos religiosamente a las fiestas, y era complicado surtirse de cigarros suficientes para toda la noche, solía llevar 3 cajetillas, una para la banda, otra para los gorrones y una personal para el ligue y los cuadernos de doble raya. Claro que todos de diferente marca. Las marcas que fumé regularmente fueron Camel, Raleigh, Príncipes, estos últimos eran de color café y era difícil conseguirlos —era la misma cigarrera que hacía los Impala y los Gol—, normalmente en las tiendas de la terminal de trenes o en una tienda de dulces al lado del Museo de las Culturas Populares en Coyoacán. También fumé Delicados sin filtro o incluso con filtro oscuros y dorados. Los benson se me hacían muy mamones y los marlboro con un sabor sin chiste. Los fiesta al menos los anunciaba Chico Ché, Rigo Tovar y el grupo Audaz. Los Mapleton lso fumaba un maestro de matemáticas de la prepa, los carmencitas eran famosos por el papel arroz. Los Alas, al igual que los Lucky Strike, servían para hacer chistes: “Yo fumo alas… a las costillas de los demás” o “yo fumo Lucky … lu qui traigas”. Hay algunas otras marcas como tigres, baronet, derby, winston, salem o los boots que eran de batalla.

Los cigarros Dalton fueron los primeros que sacaron cajetilla de 14 para la banda eriza, en una fiesta los pusieron dentro de una piñata, casi ganamos todos. Una vez en CU dieron la muestra de los cigarros Colt, eran tan malos que al final de la presentación, luego de que las edecanes se fueran podías encontrar cajetillas tiradas en el piso, también las acumulé, porque fueron tiempos difíciles, una vez tuvimos que recorrer la avenida División del Norte recogiendo las colillas que encontráramos para poder armar un cigarro con la sábana formada por la envoltura de la última cajetilla.

Antes de la mitad del año de 1990 dejé de fumar, las cosas habían cambiado, mi mejor amigo se fue del país un par de días antes de mi cumpleaños y yo comencé mi relación más larga que he tenido.  Las primeras semanas fueron difíciles, pero luego de un par de meses ya estaba completamente fuera de mi sistema, ni siquiera se me antojaba. Cuando Felipe regresó de LA fui por él al aeropuerto y lo primero que me preguntó fue: ¿traes cigarros? Como la ocasión lo ameritaba fuimos por unos, tiempo después comencé a ir a los puestos de CU a compara cigarros sueltos, primero uno, luego dos, cuando comencé a comprar de a cuatro decidí que era hora de aceptarlo y comprar cajetillas de nuevo. Mi novia comenzó a fumar y al poco tiempo se convirtió —en palabras de alguien más— un una fumadora sexy avanzada. Después hubo una sucesión de fumadoras y no fumadoras altérnate, sin que eso tuviera impacto alguno.

Ya casado volví a parar, esposa sufría de una alergia que mejoraría si ambos dejábamos de fumar así que abandonamos el vicio, hubo muchas personas que intentaron que regresara, ofreciendo cigarros, echándome el humo, preguntando si no lo extrañaba, insistiendo en que fumara pero eso es inútil yo conozco ese juego —he empujado a caer en tentación a muchos—; luego de unos años nos divorciamos pero yo seguía sin fumar hasta una fiesta de premiación de un torneo de boliche. Ahí para hacer un truco con las bebidas —el elevador con humo— pedí un cigarro para hacer el efecto, y quedé enganchado de nuevo.

Ahora que me mudé a São Paulo, solamente fumaba frente a la PC mientras estaba escribiendo, muchas de las entradas de este blog fueron escritas con un cigarro en la mano, era algo que tenía asociado a la escritura. Pero decidí dejar de nuevo el cigarro, luego de algunas entradas sin fumar esta me costó mucho trabajo, ni siquiera tenía claro de lo que podía hablar, y las circunstancias me invitaban a fumar.  Así que en lugar de recaer me dediqué a recordar.