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primeros años

Ciertos recuerdos son como amigos comunes, saben hacer reconciliaciones.

Marcel Proust

La noche previa a mi nacimiento, mi madre jugaba dominó con mi padre, mi abuelo y mis tíos. Su embarazo plagado de antojos de mango manila y hamburguesas llegaba a su fin. Los tres gustos mencionados los heredé.

Los primeros años viví en la casa de mis abuelos en un cuarto al fondo, dormía al lado izquierdo de la cama de mis padres y enfrente había un ropero de colores verde pistache y beige (o hueso), cuando se apagaban las luces me imaginaba vívidamente que había dos caballeros (uno blanco y uno negro) custodiando el ropero. Me daba miedo pero nunca dije nada al respecto.

El primer sueño que recuerdo fue en caminar descalzo en el patio y estar rodeado de protozooarios que flotaban en el aire todo bajo una luz clara de madrugada. Nunca volví a soñar lo mismo.

De mi primer cumpleaños hay una grabación en película de 8mm donde es evidente que hablaba demasiado, me la pasé atosigando a los niños que estaban a mi lado antes de apagar las velitas y cortar el pastel en forma de cancha de fútbol con todo y jugadores que mi mamá había encargado especialmente suponiendo que heredaría ese gusto de todos mís tíos y mi papá (no sucedió).

Me gustaba la aventura, a los dos años me dejaban ir a la cremería por queso, estaba en la misma cuadra y vigilaban mi trayecto pero yo me sentía libre y daba la vuelta corriendo. También iba a la tienda al lado de la papelería del Chere y gritaba “Doña Vitorita, mi chaparrita”. La de mandarina era mi favorita.

Acompañaba a mi mamá a la panadería, no estaba tan surtida como la Esperanza. Comprabamos un bolillos y pan dulce. Cuando había feria de regreso pasábamos y nos subíamos a las tasas. Siempre pude aguantar las vueltas, me gustaba el vértigo.

Me compraban cuentos de Walt Disney, En particular los de Rico McPato y los chicos malos. No sabía leer así que le preguntaba a mi mamá lo que decían. Así aprendí a leer, como de bulto. No por sílabas como acostumbraban.

La semana santa del 75 fue cuando viví las guerras de agua, todo con mi papá y sus hermanos, no me importó que me fuera a enfermar y recibir inyecciones, quedé empapado en el patio, feliz.

Solía acompañar a mi mamá en sus viajes, cotidianamente íbamos a Cuernavaca, saliendo de la terminal del sur, comíamos una torta y un boing de lata. O íbamos a Tacuba, nos íbamos en metro, como recién había sido el accidente en la estación viaducto, los asientos todavía estaban acolchonados y algunas personas aún fumaban en los vagones.

 

 

 

muchachos a correr

El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.

Pablo Neruda

Uno de los juegos de la infancia era el Burro 16, que solía jugarse entre hombres, contiene elementos de burla, sádicos y hasta algunos tintes homosexuales.

El objetivo primordial del juego era que una persona (el burro) se ponía con las manos sobre la nuca, agachado y con las rodillas flexionadas, para que los demás lo brincaran y humillaran, la mecánica usada para elegir a la persona que iba a tomar la posición del burro era la definición misma del juego.

El burro inicial se solía escoger con un disparejo, un pin pon papas o un zapatito blanco zapatito azul. Entonces se formaba una fila y el primero era el encargado de comenzar. Ser el que iniciabal llevaba muchas ventajas pero había muchos elementos protocolarios: una serie de preguntas que si no eran formuladas el primero ocupaba el lugar del burro.

Comienzo.

El primero de la fila comenzaba preguntando ¿con cero o sin cero? esta primera pregunta era para sorprender distraído al primero de la fila.

Cero por chapucero: de alguna forma el hecho que los mayas lo hayan descubierto hace que esté presente en nuestra mexicanidad y se filtre a los juegos.

Uno por mulo: en cierta forma es la declaración de que el burro está ahí por su incapacidad intelectual y que será castigado.

Dos, patada y coz: antes de comenzar el primero le pregunta: ¿en el aire o en la tierra? La respuesta define la manera de proceder, en el caso de que sea en la tierra el que va a brincar se acerca, le da una patada en las nalgas, salta al burro y luego camina de regreso y le da un empujón con el trasero en las costillas del burro. En el caso que haya respondido en el aire entonces tanto la patada como la coz tendrían que ser durante el salto. Había un acuerdo tácito, cuando alguien decía en la tierra los golpes/humillaciones eran mucho más leves, porque el burro estaba renunciando a que alguien se pusiera en su lugar.

Tres litro y litro: el número de jugadores se multiplicaba por tres, ese total era el final de la cuenta del burro, al saltar el primer jugador el burro contaba en voz alta hasta y se levantaba luego de decir el número final, el jugador en turno se ponía de burro.

Cuatro jamón te saco y te lo embarro en el sobaco: al igual que el dos se preguntaba si en el cielo o en la tierra, ahora las acciones eran pasar la mano entre las nalgas del burro (jamón te saco) y luego darle una palmada en la axila (te lo embarro en el sobaco).

Cinco, desde aquí te brinco: La clásica pregunta del aire o la tierra determinaba ahora la mecánica del salto, en el caso de ser en el aire el burro se ponía en posición y era sostenida su cabeza, él intentaba escupir lo más lejos posible, el escupitajo era la marca, al saltar se intentaba sobrepasar esa marca. En caso de que fuera en la tierra el escupitajo era sin sostener la cabeza y el burro se ponía de rodillas y la cabeza tocano el piso. En ese caso era más riesgoso porque se convertía en salto de distancia.

Seis al revés: en este caso no se preguntaba, se tomaban las opciones del número anterior, el salto ahora tienen que ser antes de la marca, aquí es donde el riesgo de un impacto doloroso es mayor.

Siete te pongo mi chulo bonete: primero la pregunta de rigor ¿en el aire o en el tierra? ahora cada jugador se quitaba una prenda y la dejaba sobre el lomo del burro, antes de saltar si era en la tierra o durante el salto si era en el aire. Si alguna de las prendas tocaba el piso, el que sal´to se ponía de burro.

Ocho te lo remocho: Ahora el orden de la fila se invertía, la opción de aire o tierra era la misma que la anterior, al saltar cada uno iba quitando la prenda que había puesto, igual si no se podía quitar o alguna otra prenda tocaba el piso, burro.

Haciendo un paréntesis, cuando alguno se ponía del burro, entonces el primero de la fila debía preguntar siguen, pasan o comienzan, para repetir el número, pasar al siguiente o comenzar todo de nuevo, como esta última opción habría la puerta a un ciclo infinito, quedó fuera del menu.

Nueve tres copitas de nieve: en este caso no hay preguntas, todo se basaba en un voto de confianza, al saltar cada jugador hablaba en secreto con el burro para decirle 3 sabores de nieve, si alguno coincidía con un sabor que hubiera dicho uno de los jugadores anteriores sustituía al burro, como no se escribía ni nada se tenía que confiar.

Diez elevado lo es: de nuevo en la pregunta de rigor ahora en la tierra significa que el burro pone las rodillas y la cabeza al suelo, al igual que en el 5, y los participantes saltan alegremente, en el caso del aire, ahora el salto era con el burro completamente de pie, ligeramente inclinado y con las manos en la nuca. Cuando yo estaba de burro en ese número jamás lograron saltarme.

Once caballito de bronce: ese era el número que representaba el mayor castigo, porque el caballo, siendo de bronce, era inmutable, podía aceptar lo que sea sin quejarse, la verdad es que luego de desfortunados incidentes quedó prohibido.

Doce la vieja tose: este únicamente era un inofensivo despliegue de estilos de toser, cada jugador lo único que tenía era toser de forma difernte tres veces, no recuerdo a nadie fallando este número.

Trece el rabo te crece en la boca de ese: el jugador en turno, luego de saltar se volteaba hacia los demás jugadores señalando a alguno, si uno de ellos tenía la boca abiera perdía y tenía que ponerse de burro. Aquí las risas solían traicionar a algunos.

Catorce la vieja cose: otro de esos números llenos de humillación y castigo, el jugador elegía alguna cosa relacionada con la maquina de coser para lastimar al burro, por ejemplo pisarlo diciendo que era pisando el pedal, le picabal lguna parte de la espalda diciendo que era con un dedal, un golpe en la las costillas diciendo que se cerraba el cajón, o daban rienda suelta a los instintos arrimando la pelvis por detrás para medirle el aceite y ni hablar de ensartar la aguja.

Quince el diablo te trinche: en este número además de de la pregunta consuetudinaria se preguntaba si con plancha o con trinche, entonces al saltar (en el aire) o antes de saltar (en la tierra) se le daba un golpe con la palma de la mano (planca) o con los dedos en forma de garra (trinche).

Dieciséis muchachos a correr: era el final y todos corrían hasta una base determinada huyendo del burro que hacía su último esfuerzo por salvarse del castigo final, Que consistía en una especie de fusilamiento con pelotas de esponja.

 

Infancia revisitada

Sólo los niños saben los que buscan

El Principito – Saint Exupery

No recordaba la extraordinaria experiencia que es convivir con un niño, la última vez que vi a mi ahijado Santiago fue hace casi un año y medio, justo el día de su bautizo. Ahora comienza a expresarse, pidiéndolo que que quiere e identificando a las personas que lo rodean.

Los niños no mienten, siempre sabes si algo les divierte, molesta, gusta o es indiferente, el cariño que profesan es genuino, despojado de intereses, directo y sin dobleces. Es tan satisfactorio reir junto a un niño, observar sus gestos e intentar saciar su mirada curiosa. Algunas personas piensan que requiere demasiada atención pero me parece que nosotros podríamos tener la misma energía, vivacidad y hambre de entrar al mundo pero hemos perdido el impulso. Yo creo que podríamos dar la misma atención pero hay muchas partes de nosotros que se fugan en convenciones sociales, neurosis o detalles supérfluos.

Yo no espero nada de mi ahijado, y no lo digo en el sentido negativo, me gustaría que él pudiera ir eligiendo con libertad las cosas que le gusta hacer, me gustaría librarlo de escuchar juicios relativos a la preferencia de una u otra actividad. Es tan difícil alejar la tentación de inculcarle gustos particulares, como podrían ser la música o el fútbol -como nota mi ahijado ya corea un poco el goya universitario- claro que uno transmite los actos cotidianos, los detalles del día a día.

Me dio mucho gusto que no me fuera huraño, en realidad no lo es con nadie. Me da mucho gusto que me pida que lo ayude a alcanzar los tendederos para colgarse, o que me diga salud con su vaso entrenador, o que me identifique con voz estridentes, que no llore cuando grito.

Creo que quería compartir un poco de la alegría que me tocó en mi visita.

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sana, sana, colita de rana

Un amor que es vergonzoso y abusivo es un concepto enfermo y ridículo. Tan enfermo y ridículo como el concepto de asesinato y guerra en el nombre de dios.

Robert Burney

Los acontecimientos confluyen para que las cosas ocurran, durante los últimos días he tenido muchas ideas rondándome la cabeza que se han alimentado de pláticas donde saltan los problemas de pareja, de la pregunta acerca de la existencia de Miranda, del libro que me tocó leer en mi club de lectura: El Mal de Portnoy —que es un incesante monólogo frente a un psiquiatra—, la indescifrable naturaleza de un ir y venir afectivo que ha despertado viejos fantasmas de mi psique y la continua vibración de mi mente.

Al nacer nos enfrentamos un mundo que está dominado por personas mayores que nosotros, de las que dependemos completamente en el inicio de nuestro desarrollo, personas que llevan heridas emocionales sin sanar que les impiden educarnos sin dañarnos, aún cuando sus intenciones sean amorosas. El primer acto amoroso de mi padre —ponerme junto al calentador para que no me diera frío— me causó una deshidratación tal que no podía orinar.

Porque vivimos en una sociedad donde el amor se condiciona al comportamiento, donde a los hijos se les intenta manipularlos y avergonzarlos para que se comporten adecuadamente, mi madre fue variando de razones: porque vivíamos en casa de mis abuelos, porque era la manera de pagarle lo que hacía por mí, porque dios decía o simplemente porque era mi madre pero lo que ocurría con mayor frecuencia era que buscara chantajearme y hacerme sentir culpable de su malestar.

El alcoholismo de mi padre tampoco fue de mucha ayuda, tenía que lidiar constantemente con discusiones irracionales —yo era el encargado de convencerlo ya teníamos que irnos— las palabras cariñosas y necias que profería en ese estado contrastaban notablemente con la rigidez y severidad de cuando estaba sobrio. En muchas ocasiones me reprendió y castigó por actos que nunca cometí, y se negó a escuchar explicación alguna, pero lo que más me lastimaba era cuando —sobrio— se burlaba sarcásticamente de sentimientos que exponía.

Al asumir este rol lo único que logré fue dejar de escuchar mis verdaderos sentimientos, a esconderlos en lo más profundo para que jamás salieran, y crecí con este sentimiento de que rechazo, no creía ser merecedor de amor, con el convencimiento de que había alto tan errado en mí que, si era descubierto, sería rechazado. Lo que más odiaba era que me mandaran a regresar algo a alguna tienda, sentía que ese sería mi destino, entonces sentía un terror que no alcanzaba a comprender, que era una transferencia del miedo a que fuera yo el estaba defectuoso y necesitaba ser devuelto.

Entonces me convertí en un actor, en ese impostor que cumplía mis deberes, que me suplantaba caminando por los límites acotados por los demás, pero había cosas que no sabía fingir, mis palabras resultaban extrañas y mis preguntas incómodas; en cada fiesta me ordenaban saludar a todo mundo, algo que a la fecha me sigue pareciendo extraño, pero a la fiesta siguiente se enfadaban porque tenían que ordernármelo de nuevo ¿cómo era posible que fuera tan inteligente en tantas cosa y no fuera capaz de cumplir algo tan sencillo? no solamente los veía —todavía lo veo así— como circunstancias diferentes también estaban involucrados mis sentimientos, alegar miedo o incomodidad solamente iba a provocar su enojo en mi contra. Estaba tan alejado de mis propios sentimientos que no conseguía identificar lo que sentían los demás. Y así el único papel que logré interpretar fue el del niño bien portado pero raro, un héroe defectuoso, un hijo del que se siente orgullo y vergüenza al mismo tiempo.

El entorno no era muy diferente, las reacciones que obtenía iban variando, y fui calibrando poco a poco lo que dejaba salir o no, los destellos de mi verdadero yo que permitía que se asomaran. Este encierro fue minando el camino hacia mi corazón, porque no pasaban las agresiones ni la violencia, pero tampoco las demostraciones afectivas. Y sentía envidia de los demás, que no parecían esforzarse mucho para recibir amor y atención. Tenía que rescatar a mi padre que ganaba toda la atención bebiendo, haciendo bromas grotescas o perdiéndose un tiempo para aparecer inconsciente en un taxi —que no era del DF— frente a la puerta de la casa, y era necesario conseguir el dinero, bajarlo del taxi y llevarlo a su cama mientras mi mamá le preparaba algo y lo apapachaba, y yo sabía que él no recordaría lo que pasó y que mi mamá le perdonaba cualquier cosa pero a mí no, y pensaba que algo tendría que estar muy mal conmigo porque algunas veces mientras recibía estos regaños llegaba alguien más y la cara de mi mamá cambiaba, su tono de voz se volvía meloso y dibujaba una sonrisa de oreja a oreja; invariablemente le ofrecía eso a los demás. Todavía cuando habla con ese tono de voz vienen esos recuerdos, pero ya entendí que ambos me amaron y que la educación que me dieron fue lo que tenían para ofrecerme.

Todo lo que estaba encerrado estalló un día al enamorarme perdidamente, en realidad al enamorarme por primera vez y específicamente al amar por primera vez —refiriéndome a este amor de pareja— fue una explosión tan violenta que lo que ocasionó fue una danza macabra de sentimientos, experimenté un rango no conocido de sensaciones y emociones que salieron de control.  Fui feliz de saberme amado, y sufrí lo indecible cuando recibía un desaire, ambos teníamos tantas carencias emocionales que intentamos cubrirnos por completo, asumíamos distintos roles —mezclas entre padres e hijos— que recreaban macabra y eróticamente nuestra historia, nos hicimos tan dependientes que no conseguíamos separarnos demasiado, conocí los celos que eran exacerbados por mi miedo al abandono, pasé mucho tiempo sintiendo un miendo incontrolable que apenas si soportaba. Y la violencia apareció, con muchos disfraces como los chantajes, la mentira, los insultos. Entramos en una sucesión de peleas y reonciliaciones que abrían heridas profundas y peligrosas. Quedamos tan entrelazados que la separación fue lenta y desgarradora.

Parece que toda mi historia —incluídas las llamadas constalaciones familiares— se presentaba en esta relación, cuando alguna vez me dijo que me había engañado yo sentía cómo la rabia de mi abuelo —apuñaló a mi abuela— estaba presente, como esos sentimientos quedaban fuera de control, no podía entender como ella quería hacerme pasar por este sufrimiento, lo vivía como una amenaza de muerte y los gritos, las súplicas o las amenazas salían como patadas de ahogado, un recurso desesperado ante esa amenaza. No sabía entonces que todo eso estaba forjado en mi interior, no sabía que eran mis miedo al abandono lo que estaba dando forma a esa amenaza, no sabía que lo que estaba viendo eran las creencias que me transmitieron otros, que había aceptado y las vivía como propias. Llevaba tanto tiempo sin tocar mis sentimientos que me espanté, la única certeza que tenía era que había llegado a estados críticos, cuando rompí por tercera vez mi CD Kiss me Kiss me Kiss me —aún tengo una copia de repuesto— sabía que estaba en el fondo.

Al poco tiempo ella terminó conmigo, bueno oficialmente, pero me buscaba periódicamente —cuando yo comenzaba a salir por alguien más— y si bien ella fue la que sugirió que termináramos yo fui el que lo hice, me costó abandonar casi todo y decir las palabras más crueles que le he dicho a alguien pero lo hice —mucho tiempo después le pedí perdón— me alejé, dinamité todo y quedaron sepultadas muchas cosas. Parece que nunca sería el mismo de nuevo.

Todas las relaciones posteriores se vieron marcadas por una necesidad de protección, una compulsión por sanar a mi pareja, encontraba seres dañados que requerían paciencia y amor, con heridas profundas —tan profundas como las mías— y me dedicaba a nutrirlas, mimarlas y quererlas. Vivía con ese anhelo de que feuran felices, les deseaba lo mejor. Pero todo eso que deseaba para ellas, era lo que yo necesitaba, solamente era un proyección de mis necesidades entonces las personas que encontraba no solamente tenían esas heridas, eran lejanas en su demostración de afecto algunas veces en general en otras eran de las que se llevaba bien con todos. Invariblemente mejoraban, pero al encontrarse en una situación distinta, con mejor salud, estima y entorno, entonces las cosas ya no funcionaban porque el gancho desaparecía y terminábamos.

Tantas acciones alimentaban la idea inconsciente de que necesitaba pagar un tributo para ser amado, que tenía que dar constantemente, de que era lo único que podía ofrecer, era como un mecanismo para que me necesitaran y no me abandonaran. Una manera vergonzosa de mendigar amor. Despertar a todas estas certeza fue difícil, fue sentir el orgullo caer al piso, y aceptar que estoy en el primer escalón. Porque esto tiene otras ramificaciones.

Esto ha afectado todas mis relaciones, y hablo de relaciones con otras personas porque con los animales es mucho más fácil, jamás te vas a sentir amenazado que tu mascota te abandone y no solamente porque le proporcionas el alimento, sabes que el cariño que te profesa es auténtico que te lo demuestra cotidianamente sin importar tus actos o apariencia, no te sientes juzgado.

Ahora que estoy en este camino me pregunto si no he sido igual de deshonesto con mis amigos, si el cariño que les tengo y las cosas que hago por ellos no son con el interés de que me quieren de vuelta, o ¿me conocen? o ¿qué pasaría si me conocen en realidad? ¿Será que pueden ayudarme en el tránsito de este camino si forman parte de esto que desconozco —onda principio de Heisenberg—?  ¿Será que soy  un gran fraude?

Y todos estamos en un camino individual, al que veo como desde abajo y me sobrepasa un poco todo el trabajo que hay que hacer, quizá me siento un poco aislado y me asusta descubrirme cometiendo los mismos errores: volcándome en  atenciones a cambio de un par de guiños ambiguos.

No sé cuánto tiempo tardaré en  sanar pero tengo la determinación de lograrlo.

Mientras escribo esto uno de mis amigos está pasando por una crisis familiar, una amiga está en un hospital donde será sometida a una cirugía y otro amigo no quiere hablar conmigo —ya me lo dijo explícitamente— creo que escribo esto principalmente para compartirlo con ellos.

la infancia que muerde

He rezado por mi niñez, y ha vuelto a mí, y siento que sigue siendo tan pesada como antes, y que no ha servido de nada hacerme mayor.
Rainer María Rilke

Yo era un niño perfecto —todos los niños lo son— pero muchas cosas se perdieron en el camino. Algunos momentos donde se perdieron algunas de esas cosas los tengo perfectamente identificados, otros apenas reflexiono al respecto.

Odiaba furiosamente que me hablaran balbuceando con tonos que se supone de niños, me molestaban los tonos agudos como la voz de la chilindrina casi hasta romper en llanto. Y cuando me querían cargar a fuerza daba patadas en la espinilla. Cada que mi mamá me llevaba al mercado tenía miedo de que alguien más me llevara porque no le hacía el feo a ninguna persona.

Cuando tenía alrededor de un año no me gustaba dormir en la recámara de mis padres, pensaba que había un par de caballeros guardianes —uno negro y uno blanco— que observaban mientras dormía, esas imágenes desaparecieron después de un sueño que tuve, donde salía al patio y miles de protozoarios —en ese entonces no sabía lo que eran— flotaban bajo la luz de la madrugada, caminar sientiendo  el cemento frío en mis pies me tranquilizaba por alguna razón, todavía me gusta caminar descalzo.

Me dí cuenta a temprana edad de las peleas por el dinero, y me preocupaba, durante el diciembre de mi segunda navidad mi mamá le insistía a mi padre que le diera dinero para poner el nacimiento, la única manera que se me ocurrió para ayudar fue ir al parque y juntar todo el pasto posible,  el resultado fue que la sala de mi abuela quedó muy sucia y yo me llevé un regaño por mi travesura, sin importar las razones que tuviera, es como si nunca hubieran importado las explicaciones, todavía tengo esa sensación de que nadie las escucha.

A los dos años iba alegremente a la tienda y llegaba gritando “doña Victorita: mi chaparrita” —supongo que debo aclarar que estaba pidiendo un refresco— y pensaba que era toda una aventura ir a comprar crema aunque solamente estaba a 2 cuadras de distancia, era feliz aventurándome, descubriendo, arriesgándome, y quiero seguir así por eso necesito derribar las cosas que lo impiden —porque las barreras que lo impiden están por dentro—.

El episodio más significativo fue cuando con mi hermana:  una noche, recién mudados de casa de mi abuelo a un departamento a un par de cuadras, me confiaron su cuidado y yo acepté con gusto y orgullo. Estaba sentado en la escalera vigilándola y hablándole mientras dibujaba (aunque usted no lo crea), dejé caer el lápiz y rodó a una distancia que me obligó a abandonar mi puesto de vigilancia, unos segundos bastaron para que ella subiera por la escalera y cayera. No fue la sangre lo que me impactó sino la carga en los hombros. Es el único período de mi historia en el que mi memoria no alcanza a penetrar, las siguientes horas se quedaron encerradas dentro de fortalezas inexpugnables en mi cabeza.

Durante varios años me enfermaba quincenalmente de las anginas, probé una infinidad de remedios, visité muchos doctores sin éxito. Todo terminó con su remoción.

Era feliz jugando, cartas, dominó, ajedrez y cualquier juego que me pusieran enfrente, era como estar en otro lado donde estaba permitida la exploración y la experimentación, donde las consecuencias no parecían tan graves, donde cuidarse era parte del juego. Jugar es otro estado de ánimo, es una característica que define al hombre, esto es algo que me define de alguna manera y que estoy seguro que nunca me abandonará.

En una fiesta en casa de mi abuela llegaron unos familiares -o algo así- con los que mi mamá quería quedar bien, aunque siempre ha querido quedar bien con todo el mundo, llevaban 3 hijos, no estoy seguro de cuál de ellos me empujó de las escaleras, estaba descuidado y aterricé con la cara. Me retiré de la fiesta a la recámara de mi abuela, y la única que subió a verme fue mi tía Luisa, que fue con la única persona que me sentí protegido, que sabía que tenía la fuerza y el amor para hacerlo, siempre dejé que me persignara y me llamara como quisiera, a la única que le rendí pleitesía. Nunca me lo dijo pero sabía que me amaba y que sus conjuros eran tan poderosos como para protegerme.

Jamás me tocó un turno a la piñata cuando era niño porque  siempre era el último de la fila así que siempre la rompían antes de que llegara mi turno, generalmente mis primos que eran de mayor edad pero menor estatura, incluso en una ocasión no solamente rompieron la piñata, también mi bat que tomaron prestado sin consentimiento. Nunca fue mi parte preferida de las posadas.

Justo antes de entrar a la primaria organicé un robo a la juguetería del Sears en Plaza Universidad, junto con mi primo y otros cuatro amigos de la calle de mi abuela, una operación simple que se aprovechaba de una barda metálica que se doblaba fácilmente justo enfrente de un elevador. Ese día salimos con varios juguetes —uno para cada quién— la operación era en equipos de tres y siempre rotando, los jueguetes los llevaban al estacionamiento donde habíamos conseguido unas bolsas para ocultarlos. Pero el disfrute de esos juguetes duró apenas un día.

Algunas veces en el camino de regreso mi papá manejaba de buenas y no había prisa en llegara a casa, entonces accedía a jugar conmigo, yo me cubría los ojos y él manejaba por lugares distintos y yo tenía que decirle la ruta por donde íbamos, a veces incluso iba hasta el periférico solamente para dar un par de vueltas en los tréboles y confundirme. No era muy frecuente pero me hacía muy feliz. Y es que sentía el amor de mi padre, era evidente que se sentía orgulloso y que me amaba, pero había dos cosas que me lastimaban: su alcoholismo y su rigidez.

Recibía regaños por cualquier falta, incluso por aquellas que no cometía, y cuando estaba enojado no escuchaba razones, no había forma de persuadirlo o explicarle la situación —esto cambió unos 15 años depués—. Siempre jugó fútbol y cuando iba a ir a una partido a Acapulco con el equipo de su compañía mi mamá me pidió que lo fuera a cuidar -¡yo tenía 8 años!- así que fui, el primer día, después del partido me dejó en la playa mientras el se iba a bañar y cambiar, luego pasó a decirme que iban a ir a comer y que regresaría al poco tiempo, supongo que la comida se unió con la bebida y la cena —cualquier cosa que hayan cenado— pero el caso es que me quedé ahí en traje de baño esperándolo porque además se habían llevado la llave del hotel y no quisieron abrirme en la recepción. Llegó pasadas las 4 de la mañana y apenas conseguí ayudarlo a subir y acostarse. Al día siguiente aún no recuperaba la sobriedad del todo -menos después de las cervezas para la cruda- insistía en ir a nadar y yo en convencerlo de que no lo hiciera, luego tuve que apurarlo porque el camión amenazaba con partir sin nosotros mientras el dormía plácidamente. Parecía tan vulnerable, desprovisto de conciencia, creo que ese viaje hizo que me preocupara más por sus ausencias.

Y mi madre fue la que me mandó con esa misión, y es que desde el principio ella se sentía insegura -tenía 18 años cuando nací- me contaba sus penas, lloraba conmigo, y otras veces explotaba por razones que no alcanzaba a comprender. A todo mundo le brindaba una sonrisa, y hacía muchas promesas, compromisos y planes. Y cuando no podía cumplirlos se enfermaba, de algo desconocido que hacía que quedar postrada en la cama sin poder hacer nada, así que yo tenía que salir a enfrentar a los cobradores furiosos, los vecinos demandantes o los deudos en busca de objetos prometidos. Aunque siempre le preocupaba mi papá -me mandaba a hablar a locatel- yo la veía más contenta cuando tomaba que cuando estaba sobrio. Un par de veces estuvo embarazada de nuevo —ninguno pudo lograrse— uno de ellos fue cuando estaba en el último año de primaria, ella decidió irase a casa de mi abuela para cuidarse y me quedé con mi hermana, era mucho más sereno estar de esa forma. Pero aún así, cuando hizo su maleta y salió amenazando con abandonarnos, yo fui por ella para convencerla de que no se fuera.

Y hubo muchas cosas más que me han ido forjando, muchos momentos felices, otros tristes y algunos aburridos.  Parece que toda mi familia tenía sus escapes: mi mamá tenía sus enfermedades , mi padre el alcohol y mi hermana encerrarse en su cuarto, era como si no quedara nadie para resolver las cosas, muchas veces yo tomo ese papel, me asumo la tarea o el rol, y es como si tuviera siempre esa sensación de que volteas hacia atrás y no hay nadie, o que nadie lo va a hacer mejor que tú, o que eres el único que entiendo su importancia. La verdad es que a nadie le importa, muchas veces al tomar ese puesto y realizar las tareas dejo de lado mis deseos, mis tareas, mis necesidades.

Todo eso quedó en el pasado y fue parte de lo que me llevó a ser quien soy, ahora necesito trabajar para recuperar todo eso que no quiero perder, curar las heridas que aún están abiertas y deshacer los obstáculos que me impiden liberar todo el potencial que tengo.

Dejo un par de cosas para recordar:

Castillos en el viento

Cine con mi abuelo

La fotografía es verdad. Y el cine es una verdad 24 veces por segundo.

Jean Luc Goddard

Mi abuelo fue una importantísima influencia en mi vida, recibí mucho amor, enseñanzas y un gran regalo: el gusto por el cine.

Su afición comenzó apenas regresó a su ciudad natal (la Ciudad de México) en la mitad de los años 30’s, asistió a diversas funciones, le gustaban mucho las películas de monstruos: Drácula, Frankstein,  o la Momia;  pero la película que atrapó a mi abuelo, entonces adolescente, fue Las Manos de Orlac, la primera película norteamericana de Peter Lorre. Desde entonces quedó prendado del séptimo arte, afición que creció luego de asistir a clásicos como Lo que el Viento se llevó, El Mago de Oz o Cumbres Borrascosas.

Tan entusiasmado estaba que tomó un curso de radio, cine y televisión, que terminó al poco tiempo porque no había muchos temas que cubrir en aquel entonces. No estoy seguro de lo que aprendió ahí, pero al menos fue lo suficiente para hacerme una demostración de un radio a galena, algo extremadamente interesante para un niño, bueno no sé si para cualquier niño pero para mí sí, siempre fue muy interesante aprender de mi abuelo.

Pero a mi abuela no le gustaba el cine -le sigue sin gustar- así que las visitas de mi abuelo al cine se fueron reduciendo hasta extinguirse. Solamente los nietos le devolvieron la oportunidad de regresar a tan amado espectáculo. Aún lo recuerdo vívidamente conduciendo su Impala 75 a toda velocidad, rebasando hasta las ambulancias para llegara a tiempo al cine Ariel y, con una bolsa de cacahuates garapiñados conseguida de antemano, para que viera 5 locos en el supermercado. ¿A poco eso no es eso una gran muestra de amor?

Pero vimos otras películas y me contó innumerables  anécdotas como la primera vez que vio el cine en tercera dimensión, cuando estuvo en una función en el cine Florida con la sala llena (más de 7000 butacas), me encantaba escuchar de los cines antiguos, los nombres y los lugares donde estaban, de cómo iba a las funciones de 3 por 1 para ver las películas de Errol Flynn, las filas kilométricas para las películas de Pedro Infante, o cómo se levantaban cuando salía la bandera de México. Ha cambiado enormidades la experiencia de ir al cine.

Y otra de las razones para ir al cine eran las actrices, él tenía una fijación con la reportera del crimen, tendrían que verla en ese entonces para entender cómo lucía Angela Lansbury, también Lily Monster, mejor conocida como Yvonne De Carlo, pero creo que había una actriz en particular en la que ambos coincidíamos: Lauren Bacall, aunque creo que hay motivos ulteriores para esta coincidencia. Probablemente sea parte de su DNA que habita en mi corazón.

Durante mucho tiempo se negó a ir al cine y su único vínculo era con las películas que pasaban en la televisión, aunque tuviera que soportar innumerables comerciales, era muy reacio a recibir invitaciones. Por eso decidí regalarle una enciclopedia del cine, quedó fascinado con el regalo se adivinaba en el brillo que se asomaba en sus ojos. Hubo muchas pláticas posteriores gracias a esa enciclopedia, ha sido uno de los regalos que he hecho con más gusto.

Yo llevé a mi abuelo a su última función de cine, vimos Gladiador en un cine en avenida Tláhuac, se comió un helado que compré durante el intermedio, fue la última película con intermedio a la que asistí, no regresé a ese cine que creo que ahora es un Cinemark.

Esta entrada está llena de enlaces a IMDB, ¡cómo me gustaría tener aún un enlace que me llevara a mi abuelo!

PZM

Clásico de Octubre

El béisbol es el único lugar donde un sacrificio es verdaderamente apreciado.

Ayer me desvelé viendo el sexto juego de la serie mundial entre los Cardenales y los Rangers que terminó dramáticamente y dejó a todos emocionados. Durante el final del partido platicaba vía gtalk con mi querido amigo Mr. Now y prometí contarle el origen de mi gusto por el béisbol.

Ya le había contado a él que disfrutaba los juegos con mi padre, este vínculo surgió porque cuando era niño yo quería jugar béisbol, algo de lo que el me persuadió usando todos los medios posibles -no jugar fútbol era una afrenta familiar- y consiguió que cambiara de deporte. Tiempo después admitió arrepentido lo que hizo por disuadirme y se disculpó, esto nos unió mucho y cuando veíamos los juegos en televisión platicábamos de cosas personales, algo inédito hasta entonces.

El origen se remonta a mis 4 años, esta edad fue la última donde aún conservaba la inocencia e ingenuidad infantil, aún no decía groserías, creía en los reyes magos y no sabía nada del amor. Ahora me parece increíble haber estado en algún momento tan puro, por decirlo de alguna manera

En una de las visitas regulares a una tía que vivía en un edificio a una distancia conveniente de Río Churubusco, donde los padres se quedaban jugando dominó y hablando de cosas de adultos, mientras yo me quedaba al cuidado de sus 3 hijas -todas mayores que yo- que elegían dictatorialmente las actividades así que un día llamaron a su vecina Leslie: una pelirroja apenas unos meses más grande que yo. Y nos obligaron a jugar a los novios y darnos un beso, el primero.

En las siguientes visitas procuré que los juegos fueran en la calle -sí le saqué- ahí mis primas no salía pero Leslie brillaba, era con mucho la mejor jugadora, y no solamente porque estaba en mi equipo pero empezaba a crecer esa sonrisa interna una especie de calor ufano al ver que ella casi ganaba sola la partida, y por querer colaborar quise batear fuertemente, tanto que el bat salió volando y casi golpea al capitán del equipo contrario quien se encaminó inmediatamente a golpearme.

Y lo hubiera hecho si no hubiera recibido un certero golpe en la mandíbula, sí ella me estaba defendiendo y eso fue algo no volvería a ocurrir jamás, alguien peleando por defenderme, ¡y quién! A partir de ese momento decidí apoyar a su equipo favorito, no tenía que preguntárselo porque siempre traía una gorra puesta con la primera letra de mi nombre.

Su rudo comportamiento no se limitaba solamente al juego, no se conformaba con mandar a chingar a su madre a su progenitora, ella misma golpeaba a su abuela en algún ataque de furia. Los niños del barrio le tenían miedo, pero conmigo fue particularmente afectiva.

Mi tío enfermó y las circunstancias cambiaron y dejé de visitarla, no volví a verla hasta 10 años después en una posada en casa de mis abuelos.  Llegó acompañado a una de mis primas -la de enmedio- evidentemente transformada a los quince años. Con un suéter blanco que iluminaba la cara una mezcla entre Christina Hendricks y Emma Stone (les dejo los links para que no se gasten buscando) y un pantalón de lino que se ajustaba a la figura, una visión angelical.

No sé si fueron mis ojos que saltaron como en las caricaturas o la baba que estaba escurriendo pero mi prima tuvo que intervenir y sugerir “¿por qué no la invitas a bailar?” Y pues la invité pero en el peor momento: el momento tropical. Me dijo que no bailaba esa música – yo tampoco pero nomás por ella- entonces le digo que me diga la música que quiera, que yo hacía que el DJ la pusiera así tuviera que usar la fuerza,  me pidió algo de Police, la misión resultó un fracaso, nada del grupo -que no era bailable- maldición; regresé con la cola entre las patas.

Todo lo que pasó después con ella después pertenece a otra entrada.

Hoy veré el juego y lo disfrutaré sin importar el resultado, porque mis recuerdos asociados al juego siempre me hacen sonreír.