Archivo del sitio

cambio de planes

El pájaro tiene su nido, la araña su tela, el hombre la amistad.

William Blake

Un 14 de febrero de la época precelular, mia amigos organizaron una excursión a ¡bailar!, algo sin precedente. Una docena de personas: 6 damas y 6 caballeros, bueno menos caballeros porque al menos yo era un patán (algunas personas dicen que lo sigo siendo). Todos emperifollados, yo llevaba zapatos de vestir y no eran XV años. Algunas vestido y tacones, otros camisa de manga larga.

Chucho llevaba a las mujeres en su fairmont, y en Napoleón íbamos los demás. En cada semáforo hacíamos la broma de echarnos bronca mutuamente; hasta que en un semáforo intervino una patrulla y prendió su sirena para perseguir a los sospechos, obviamente nosotros.

Gracias a mi habilidad en el volante, la potencia de Napoleón y mi conocimiento de Iztapalapa conseguimos burlar la persecusión. Pero nos encontramos en un barrio lejando y sin comunicación con el otro coche. Después de deambular usamos la lógica y nos dirigimos a un lugar pùblico, concurrido, al que se nos se nos pudiera ocurrir ir a ambos. La vinaterìa la cueva, por donde terminaba la viga entre campesinos y caporales, una de las tantas paradas obligadas. Cuando llegamos ya habían comenzado la carrera.

Quizá ya era demasiado tarde o los astros habían dictado otra cosa: cambiaron los planes.

Nos dirigimos hacia el Cerro de la Estrella, nos estacionamos fuera del cementerio y saltamos la reja, el contingente se fue extendiendo, cada grupo caminaba a su paso. Después de un grito estridente vimos regresar a la vanguardia corriendo, huyendo dc un fantasma que resultó ser una veladora que permanecía encendida. Así que continuamos el camino, ya algunos del brazo, seguramente por el miedo. Llegamos hasta la entrada de la zona arqueológica y escalamos, con algo de esfuerzo, afortunadamente teníamos suficiente vodka para hidratarnos.

Ya embriagados del ambiente prehispánico y de los suministros comprados en la cuevita, cada quien tomó de su vaso y tomó camino, yo me quedé contemplando el horizonte con Atilio (Juan Manuel) mientras cantábamos “Amor de Cabaret” de la Sonora Santanera y discutíamos de nada, así trasncurrió parte de la noche. El descenso fue accidentado, hubo varios resbalones y mis zapatos causaron baja. Durante el regreso vimos un cartel que anunciaba la zona arqueológica, respetuosamente lo dejamos en su lugar porque ninguno de nosotros hubiera sido capaz de cometer una ofensa federal.

Al final resultó mejor cambiar el plan.