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¿Bajas en la que sigue?

Pino Suárez tu estación del metro es mi prisión

Heavy Metro – Botellita de Jerez

Mi reincorporación paulatina a la vida cotidana ha sido lenta, comezar a hacer lo que se hacía cada día ahora disminuído, con algunas restricciones, al comienzo con bastón en mano y dolor en la pierna. Uno de los más significativos momentos es el retomar la movilidad. Porque mucha de mi vida cotidiana pasa por mis traslados, el trajinar es parte de mi vida.

Viajar en transporte público implica llegar a un destino diferente de tus compañeros de viaje, algunas veces ellos se interponen en el camino de salida, otras veces tú en el suyo, cuando los peseros eran automóbiles genéricos, sedanes de cuatro puertas, con un cordel de tendedero en el asiento trasero, al llegar al destino tenían que pedir al que se encontraba al lado de la puerta permiso y todos a su derecha bajaban para dejarlo salir, muy civilizado aunque tardado, pero eso tiene mucho tiempo que terminó, primero en las combis —ichi ban o cualquiera que sea el nombre de moda— es evidente que el diseño automotriz no consideró mis dimensiones, el trayecto del metro Observatorio a la fuente de petróleos es demasiado tortuosa, entre encoger las piernas, agarrarme para evitar arrastrar o aplastar a los que se sientan a mi lado quedo exhausto, este ya lo evitaba antes. El microbús tiene un buen asiento, que el el que queda al final del pasillo, los demás apenas sirven para acomodar una de mis piernas en diagonal, hacer doble fila en el pasillo central resulta mucho menos fácil de lo que los ayudantes del chofer claman.

Algunos choferes de la extinta ruta 100 aún manejan los pocos camiones que aún circulan, son más amplios pero eso permite que el amontonamiento de gente sea aún mayor, recuerdo una vez que fui al centro con Paco —pa’ mi primo, lo que sea mejor— y llegamos a la terminal de Taxqueña —así con X como debe de ser— entonces la puerta que daba al paradero estaba abierta, ahora hay que subir en las escaleras y pasar por un puente y descender en el pasillo donde están formados los peseros, cada pasillo tiene una letra, pero en ese entonces era un desmadre y tomamos un camión y quedamos atrapados justo en el centro, yo todo el trayecto venía pensando ¿cómo le vamos a hacer para bajar? en aquellos años ese camión recorría varios recovecos, al final solamente nos pasamos una parada y nos bajamos en la Carmen (Serdán).

Mi transporte favorito es el trolebús, no invaden carriles, la velocidad es más o menos constante y la neurosis del conductor es mucho menor, antes se enojaban cuando subíamos 5 personas y pagábamos juntos, como el pasaje costaba 60 centavos y nunca había cambio —no se depositaban sino tenía una cajita de madera con orificios del tamaño de las monedas— generalmente recibían el pago de 1 peso. Pero siendo 5 el total eran 3, esa pérdida de dos les sacaba una mueca, as eso le sumamos que un día de lluvia torrencial, donde ni los peseros, ni los taxis, ni los camiones me hacían la parada para que no empapara su transporte, un trolebús sí me permitió subir, ganándose mi cariño por los siglos de los siglos. Mi aventajada edad me permitió viajar en tranvía, que podría ser mucho más parecido al tren ligero que no lo he ocupado mucho, siempre lleno y sospecho que la ilusión que viajaba en tranvía ya no se anima a viajar en tren ligero.

La afluencia de personas que transita en el metro es descomunal, he corrido con la fortuna de vivir cerca algunas veces de la línea 3 y la 2, lo que me permitió usar de enlace la línea 9, por mucho la más eficiente, como transbordo en Chabacano puedo irme a la puerta contraria del vagón y salir al llegar al transbordo, así evitar quedar atrapado. Ahí la llevo

¿Qué le pasa a Lupita?

La Guadalupana bajo al Tepeyac

La Basílica de Guadalupe está edificada sobre el cerro donde se apareció por primera vez el 9 de diciembre de 1531 —se celebra el 12 porque ese día fueron milagros— el pueblo de México es guadalupano, no en balde es un día festivo religioso que es oficial en un estado laico —eso se notó cuando la estación del metro cambió de nombre de Basílica a 18 de Marzo—. La basílica recibe más de veinte millones  visitantes al año, un poco menos de la mitad son alrededor del 12 de diciembre —alrededor de 7 millones van ese día— las limosnas registradas son aproximadamente de 24 millones al año lo que nos deja un promedio de 1.2 pesos de limosna, es un reflejo de la economía de sus fieles son, en su mayoría, de escasos recursos que hacen un gran esfuerzo por ir ese día y el comercio alrededor no les hace la vida más fácil.

El lugar está lleno de historia, desde las capillas de los Indios y del Cerrito, el cementerio donde se encuentran los restos de Xavier Villaurrutia, Gabriel Mancera, Ernesto Elorduy y José María Velasco, pero también está ligada a la farándula porque la construcción de la nueva basílica recibió fondos del dinero recaudado de una telenovela —me parece que Ana del aire—, se han celebrado algunas bodas famos ahí —la última que recuerdo de Jaime Camil—. también bautizos —la hija de Angélica Vale— y desconozco dónde se encuentran las cenizas de Rocio Dúrcal o los restos de Tintán pero están dentro del complejo del Tepeyac.

A mis abuelos les gustaba ir a la Basílica a dar las gracias, cuando los acompañab me gustaba dar la vuelta, ver tanta gente y pasar a los caldos Zenón, porque a la Lupita se le celebra con comida mexicana. Mi abuela siempre sonreía, le encantaba estar entre la multitud, en las fiestas, a pesar de sus múltiples operaciones ‒entre el corazón, las arterias y los ojos, además de tratamientos experimentales y algunos otros remedios naturistas‒ y de que es más devota de la Virgen de San Juan de Los Lagos —decían que Lupita hacía los milagros de fiado pero a la de San Juan tenías que pagarle puntualmente— creo que se le daba muy bien los santuarios.

Yo fui a algunas peregrinaciones, unas de parte del trabajo de mi padre —saliendo de la glorieta de Peralvillo— y otra a la que se unió mi primo José Carlos saliendo de la Colonia del Valle, en cada ocasión recorriendo la calzada de los Misterios. Recuerdo que a medio camino había un edificio de aspecto tétrico con un letrero 666 en lo alto —el anuncio de una pomada diabólica— era un trayecto corto, lleno de personas.

Casi la mitad de sus fieles afirma haber recibido algún favor, pero parece que es más le cumple más a las mujeres, siempre me resulta interesante leer las peticiones y oraciones, algunas personas van a agradecer por lo recibido, otras a pedir por salud, otras tienen una petición especial, en algunas de nota la desesperación y la confusión, mi padre iba a jurar por un año, era su única manera de abstenerse del alcohol, bueno hasta Rosa Salvaje le pedía cada mañana.

Solía salir de vacaciones un día o dos antes de esta fecha generalmente hacia algún destino cercano todo el camino encontraba los peregrinos en dirección opuesta, hay numerosass peregrinaciones organizadas hacia la basílica de ciclistas, taxis pirata, sillas de ruedas. Es de los pocos compromisos a los que no se falta y que los mexicanos se agolpan en torno a una celebración e imagen. Que parece que los derechos de esta imagen fueron cedidos hace como 10 años a María Teresa Herrera Fedyk para su comercialización.

De alguna manera me parece que lo que pasa en la plaza mariana estos días es un reflejo del pueblo mexicano.

 

paisajes urbanos cambiantes

México es la ciudad en donde lo insólito sería que un acto, el que fuera, fracasase por inasistencia. Público es lo que abunda, y en la capital, a falta de cielos límpidos, se tienen, y a raudales, habitantes, espectadores, automovilistas, peatones.

Carlos Monsiváis

Las ciudades son animales que van cambiando de piel y de entrañas cada día, pero que generalmente se perciben solamente luego de un tiempo —de la misma manera que los padres no se dan cuenta de lo crecidos que están los hijos hasta que pasa algo o los dejan de ver por un período largo— algunas veces los cambios son de gran escala, casi una cirugía plástica, otras veces es un crecimiento desproporcionado —algo sé de eso— o el cambio de color de cabellos, algunas más sutiles como la aparición de arrugas.

Cuando mi abuelo regresó al Distrito Federal, al quedarse huérfano tuvo que ir a vivir con su tía en Morelia, lo primero que hizo fue darle una vuelta a la ciudad, cuyos límites estaban muy a la mano, como San Lázaro, Santa María la Redonda, Fray Servando y Chapultepec. El cambio fue explosivo durante los años cuarentas pero gran parte de ese cambio es documentado, así como la entubación del Río Piedad para convertirse en el viaducto —concebido para unir la carretera a Toluca con la de Puebla— también la creación del periférico —posteriormente su segundo piso—o los ejes viales. Pero los pequeños cambios son los que corren riesgo de ir al olvido.

Así como están escaseando los carritos de camote ya no hay vendedores que pasen gritando chichicuilotitos —están casi extintos, más escasos que el teporingo— también vendían patos herencia del lago de Texcoco.  O como los jicameros que siempre cargaban su cuchillo enorme, claro aún hay muchas personas que venden frutas en la calle pero no jícamas exclusivamente, o los muebles de las tepacherías, de madera y pintados de un color verde que seguro era el más barato. Tampoco es tan fácil encontrar los puestos callejeros de tacos de hígado encebollado, los hot cakes de feria —también están desapareciendo— al igual que los circos y las carpas.

El paisaje se modifica radicalmente como cuando dejó de existir el Toreo de Cuatro Caminos, y fue cambiando de color cuando los transportes se fueron pintando de verde, las bombas de las gasolineras dejaron de tener esos colores azul y gris con sendas leyendas NOVA y EXTRA —gasolina con extra  plomo— y las calcomanías de las placas que cambiaban de color.

Así como los dinosaurios fueron la especie dominante durante muchos años, los vochos pulularon por la ciudad adueñándose de ella. El temblor de 85 cambió de lugar la estación Chabacano del metro y el estado laico cambió los nombres de las estaciones del metro de Purísima y Basílica a UAM-I y Deportivo 18 de marzo; esto por el mismo tiempo que el súper 7 pasó a ser Seven Eleven, y antes de que Soriana dejara atrás a Gigante. O las desaparaciones de Burguer Boy y Tom Boy y los cascos de Danesa 33. El paso de corcholatas a fichas y luego a taparoscas.

Cerca de la casa de mis abuelos había un tobogán enorme, y un terreno cerrado al que conocíamos como la barda, esa barda la librábamos subiendo por un montón de tierra y basura para jugar en el terreno que estaba lleno de hoyos hechos por tuzas. Esos terrenos fueron divididos por el eje 3 OTE, ahí también jugué fútbol con el Ultra y luego con el Necaxa, muchas veces bajo el arbitraje del ampayita —llamado así por su tamaño— el terreno pertenecía a la Cervecería Moctezuma y de niño iba con mi primo Carlos a pedir calendarios de campeonato mexicano de fútbol, del lado sur de la barda está la calle de leñadores que cuenta la leyenda urbana que estaba embrujada, cuando queríamos que alguien demostrara su valor lo hacíamos atravesar esa calle durante la madrugada.

Es inevitable que las cosas cambien pero quisiera que no todo se fuera al olvido.

 

 

 

 

Escuadrón 201

¡Qué bonito es recordar el barrio en que vivimos!

Mi Barrio – Sonora Santanera

Aunque haya nacido en Anillo de Circunvalación y los primeros años haya  vivido la Minerva y en la CTM gran parte de mi tiempo la pasé en la colonia Escuadrón 201. Esta colonia limita al norte con Río Churubusco (o Circuito Interior) al sur con la legendaria y milenaria Ermita Iztapalapa (eje 8 sur), al oriente con la Avenida 5 (Eje 3 Oriente) y al oeste con la calle Antonio Cárdenas Rodríguez (antes sur 113-B).

Durante toda la primaria al salir pasaba a casa de mi abuela materna (Chuchita) donde me quedaba toda la tarde. Durante el camino de regreso pasaba al lado de un billar que ya desapareció donde solía encontrarse mi padrino en la primera mesa.

Hay tantos recuerdos ligados a esa colonia como siempre estaba aquí durante el período escolar recuerdo que casi todas las compras escolares cuadernos, plumas, cartulinas, las realizaba en la calle de al lado en la petrolería que atendía “Don Panchito” quien no parecía envejecer creo que usando la misma fórmula que la madrina de mi mamá que vivía en la acera de enfrente de la casa de mi abuela: el cónyuge. En caso de requerir algo más especializado había dos papelerías pasando el mercado, que siempre estaban llenas el fin de semana fue en los primeros lugares que vi el sistema de pedir la mercancía y pagar en la caja.

Cuando llegaba a no ir a la escuela o regresando de alguna actividad veraniega mi tía me consentía con un chocolate de tablilla —que luego enfriaba— y un bolillo rellenado con frijoles de la olla —flor de mayo generalmente— el pan siempre era recién comprado de la panificadora la Esperanza que aún está en Radamés Gaxiola, la siguiente calle que era conocida como “la cuadra ancha”.

Jugábamos fútbol en la calle con un par de ladrillos como porterías, no éramos muy buenos porque la pelota se volaba seguido provocando el malestar de los vecinos. También jugamos béisbol en la calle, pero luego de ser casi atropellado por un camión de mudanzas intentando impedir una carrera nos pasamos al camellón donde los árboles servían para señalar las bases, esto duró hasta que arreglaron el camellón y pusieron la imagen de la virgen que es celebrada cada 10 de mayo con sorteos y algunas veces hasta palo encebado. Otras veces jugábamos fútbol americano al principio tacleado sobre el pavimento mi lesión en la clavícula no cambió la modalidad del juego, fue hasta el golpe en la cabeza de Poncho que comenzamos a jugar tocado, creo que el espíritu aventurero se extendía porque algunas veces la zona de anotación era la esquina donde los coches pasaban con mayor frecuencia obligándonos a voltear no solamente al balón sino a la calle.Este espíritu se mantenía cuando usábamos una avalancha para deslizarnos al lado de la Johnson y Johnson —ahora UNITEC Campus Sur— y detenernos violentamente al llegar a Ermita para evitar ser arrollados.

También recuerdo las una farmacia en la calle de Zapata, un poco antes de la Iglesia de San Nicolás de Tolentino que tenía el videojuego de kaboom, durante el camino de ida íbamos consiguiendo pesos —el costo del juego era dos pesos de figura de Morelos—pidiendo a la gente que nos cambiara porque en la farmacia nunca lo hacían de hecho parecía molestarles que estuviéramos ahí. Había otra farmacia enfrente de la primaria que tenía un pinball, ese costaba cinco pesos, pero conseguimos hacernos de una llave que lo abría, nunca la usamos para robar, solamente para tener más juegos.

El mercado es punto de referencia obligado, durante un tiempo no entendía la razón para que mi madre regresara a comprar ahí aún viviendo ya lejos. Cuando iba a cumplir sus pedidos como comprar la carne con el “barbas de chivo” la primera vez que fui no iba a estar preguntando por alguien con ese apodo —ya había cometido ese error con anterioridad— afortunadamente es tan descriptivo que atiné. Mi bisabuela —la mamá de mi abuela paterna— vendía justo afuera del mercado servilletas para las tortillas así que la saludaba cada que pasaba por ahí, ahora mi primo Luis tiene un puesto ahí.

Era común ir a comer barbacoa, las carnitas se compraban en el mercado de la Sector Popular —colonia hermana— había otros puestos pero éste era con mucho el más popular. Justo afuera había un puesto de huaraches que era muy socorrido el fin de semana y sobre la misma cuadra había una juguería que vendía tacos de suadero y longaniza, en la acera de enfrente vendían birria y siempre había un chivo amarrado en el árbol de afuera atestiguando el origen de la carne, claro que el chivo que estaba afuera siempre era el mismo. A un par de locales estaba una pollería/tortería que se convertiría en un lugar de celebración: ¡tortas de pollo para celebrar!

Hay tantos lugares que recuerdo como los Baños La Escorial, donde me llevaban a cortar el cabello, probé el jugo de zanahoria por primera vez e iba a bañarme cuando fallaba el suministro de agua, justo al lado se encontraba el banco del Atlántico que era todo un océano de posibilidades, que luego fue Bital y terminó en HSBC. O el deportivo donde estaba el cine Fausto Vega donde vi la película de Bernardo y Bianca en una matiné con mi primo Carlos, ahí jugaba de niño en el Ultra en el campo conocido cariñosamente como la Lija. Había una refaccionaria en la calle del mercado, pero si no era suficiente teníamos que ir a Ermita, a unos pasos de la eterna vidriería que estaba enfrente de la tienda que fueran un K2 y posteriormente Hermanos Vázquez.

El paisaje ha cambiado desde entonces, primero con la línea 8 del metro y después con los puentes de Ermita y el eje 3 Oriente y finalmente con la línea 12, todo evoluciona y nada permanece; la mayoría de lo que he mencionado son lugares, pero en cada uno existen historias, algunas ya han aparecido, otras aparecerán pero de esa época este es un escenario principal.

 

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batallas matinales

Vieja ciudad de hierro de cemento y de gente sin descanso si algún día tu historia tiene algún remanso dejarías de ser ciudad.

Rockdrigo

La semana pasada tuve que llegar mucho más temprano de lo acostumbrado al trabajo, algo a lo que ya no estaba acostumbrado, recordé todas las vicisitudes que acompañan esta práctica y los resultados de este enfrentamiento cotidiano con enemigos apenas amenazadores pero peligrosamente constantes.

La primer batalla que tengo que ganar cada mañana es la de despertarme a tiempo, no importa en realidad la hora que sea, generalmente tengo que hacer un esfuerzo por despertarme, pero siempre he necesitado ayuda porque mi sueño no se interrumpe fácilmente, puede haber una fiesta al lado y yo no despertar, antes lo único que conseguía despertarme era el sonido del teléfono, por esto tuve que recurrir al servicio de despertador de telmex, después usaba 6 despertadores cuyas alarmas tenían diferencia de algunos minutos, eso me funcionó hasta que me casé, Valeria no podía dormir con el click de todos los despertadores y no le hacia ninguna gracia la cantidad de pilas de tan mala cantidad que usaba —similar de las rocket— así que los reemplazó por un despertador rojo de gran potencia en su sonido, yo me tenía que levantar antes que ella así que dormía del lado de donde estaba el despertador y siempre me levantaba con el pie izquierdo —a la fecha lo sigo haciendo—, ahora solamente necesito 3 alarmas del celular y 2 despertadores, uno de ellos genera el ruido suficiente para despertarme, aunque ahora casi siempre logro despertarme un poco antes de que suene.

Pero el despertarse es apenas la primera parte, yo jamás me he levantado inmediatamente después de despertarme, durante ese tiempo me cuesta trabajo comenzar a carburar, algunas veces me quedo reflexionando, algunas otras recordando e intentando explicar los sueños que tuve. Otras veces simplemente acumulando fuerzas para levantarme.

El baño no lo considero una batalla, al contrario es una preparación o ritual para seguir con el día, ahí consigo despertar completamente, es el momento en el que me encuentro en mayor calma, cuando la respiración se equilibra y a cada respiración las energías se acumulan.

Desayunar resulta complicado, es muy difícil que me quede tiempo para algo más que algo que se pueda tomar de un trago como un yogur para beber, Durante mucho tiempo desayuné un vaso de papaya y un jugo de zanahoria que mi marchante ya me tenía preparado. Otro gran favorito era el licuado de mamey —la fruta que nació para ser licuada— las guajolotas o el atole en ocasiones contadísimas.

Pero el principal villano es el tráfico. Siempre hay un obstáculo que es el más difícil, por ejemplo mis primeros tres años de primaria, vivía a solamente unas cuadras pero a mi papá le gustaba llevarme, algunas veces era complicado atravesar la calzada Ermita Iztapalapa —aún ahora con todo y puente es difícil— esa fue la época en la que viví más cerca de la escuela. Siempre que hablo al respecto me acuerdo de mi amiga Martha, que vivía en Santa Úrsula, caminaba a su primaria y secundaria, y para la Prepa 5 y para CU tomaba el mismo pesero —solamente cambiaba la dirección— una combi de la ruta 29. Recuerdo mucho mis viajes a CU, cuando iba en la facultad de Ciencias Políticas y Sociales, me esforzaba en llegar a clase de 7, muchas veces tomando el primer camión (ruta 79) que salía frente a la UAM Xochimilco y que me dejaba en el metro CU, o cazando al San Lorenzo Tezonco – Cerro del Judío (ruta 64) que solamente lo podía tomar hasta las 6:30 porque después pasa llenísimo, su gracia decayó cuando cerraron el cruce de Tlalpan a la altura de Xotepingo. La alternativa era una combi que también iba de la UAM Xochimilco hacia CU (ruta 95) que, cuando todos íbamos a CU iba directo ahorrándonos mucho tiempo. Cuando llegaba a ir en coche, la parte difícil era División del Norte con Miguel Ángel de Quevedo, había un carril para dar vuelta, pero si lo elegías podías quedar bloqueado si alguien iba a dar vuelta en U. Me divertía tomar esa decisión y lo hacía a manera de apuesta, creo que terminé a mano.

Ya en el trabajo el principal reto era llegar al metro Taxqueña, que me podía llevara hasta 40 minutos, la otra alternativa era tomar todo el eje 3 hasta Mixhuca cuyo tiempo era muy variable. Ya dentro del metro la siguiente decisión la tenía que tomar en Tacubaya: o me seguía hasta Auditorio o me bajaba y arriesgaba a tomar un camión o intentar conseguir un taxi —esa labor era difícil porque la competencia era dura y los taxistas primero elegían a las mujeres— esa decisión a veces me llevaba más tiempo pero siempre me ha gustado esa incertidumbre. el tomar rutas diferentes. Cuando me cambié cerca del metro Portales, se redujo una de las variables, y se alargaron mis horas de sueño. Y cuando me mudé a un par de cuadras del eje central las opciones se ampliaron, pero más para el regreso que para la ida. así que generalmente tomaba un pesero a Cuauhtémoc y de ahí tomaba la línea 3.

Ahora que estoy viviendo en São Paulo las cosas no son muy diferentes, ahora mi transporte matinal es el 576M-10 (Vila Clara – Terminal Pinheiros) solamente que la frecuencia es menor y ahora debido a las obras de la nueva línea del metro hay 2 avenidas que es difícil atravesar, la Ibirapuera y Santo Amaro, aunque vivo mucho más cerca sigo con las mismas batallas todos los días, y sigo ganando.

Por eso cuando estoy de vacaciones aprovecho para levantarme temprano y salir, ahora sin prisa para caminar por los mismos lugares a un ritmo diferente y contemplar bajo otra óptica la prisa cotidiana a la que nos sometemos, gracias a ello entiendo que las batallas son, en realidad, conmigo mismo. Que el enemigo no es el tráfico, el despertador o el tiempo; esas son las circunstancias que tenemos y que nosotros elegimos nuestra manera de abordarlas.

tránsito lunar

Un loco enamorado sería capaz de hacer fuegos artificiales con el sol, la luna y las estrellas, para recuperar a su amada.

Goethe

Regresé a mi amada ciudad luego de más de un año sin ser cobijado por su inmensidad, encontré algunos espacios que aún no tienen historias impregnadas en mi memoria como la línea 12 del metro en la que estos días será mi transporte hacia el trabajo desde el cual veo una cantidad caminos nuevos rodeando a la torre de petróleos.

Fui recibido con mucho amor —con un par de excepciones— me he sentido un poco abrumado y con falta de tiempo para hacer todas las demostraciones afectivas que quisiera. Incluso la ínfima convivencia que he tenido con mi ahijado porque casi todo el tiempo de sus escasos meses de edad he estado a muchos kilómetros no ocasionó que me rehuyera. También recibí con gran alegría y sorpresa el cariño de Tania —hija de mi nucleomante amigo— así como con las demostraciones de mis primos y tíos.

Este cambio momentáneo de hemisferio ha desatado una proceso de Las constelaciones son un diferencia sutil, en el hemisferio sur veo a sirius, que representa al estado de Minas Gerais en la bandera de Brasil —aún tengo que averiguar la razón de esta correspondencia— de este lado está el cinturón de orión  aunque la luna sea la misma.

Tengo que aceptar que no tendré tiempo para hacer todo lo que quisiera o probar los platillos añorados, hablar con los amigos, visitar a la familia. La frugalidad del tiempo es harto conocida. Si bien ya comí escamoles, nopales, flor de calabaza, tuétano y tacos pero seguro hay cosas que no probaré.  El tiempo nunca es suficiente para satisfacer todos mis deseos o saciar todas mis curiosidades. Afortunadamente me acordé de mi tiempo en la academia —no hablo de programas dominicales sino de sistemas dinámicos— y aquello que aprendí me tranquiliza:

Todos los estados son transitorios.

FuenteDePetróleos

Esquina bajan

Este camino ya nadie lo recorre salvo el crepúsculo.

Matsuo Bashō

Nunca me ha gustado recorrer el mismo camino, en especial en el transporte público. Ahora hay una parada de autobús a media cuadra de mi lugar de trabajo y está igual de cercana la del departamento donde vivo, hay básicamente dos rutas distintas -directas- y la situación no es tan de mi agrado.

Cuando asistía a Ciudad Universitaria la travesía era toda una aventura, el camino más rápido -útil para llegar a tiempo a clase de 7- era tomar el Cerro del Judío – San Lorenzo Tezonco, lo tomaba después de la parada del ESIME Culhuacán, pero tenía que ser antes de las 6:35 o de lo contrario era imposible subirse,  el regreso también era la ruta más directa, y ha sido en el único transporte que me dormí de pie, fue solamente un instante pero casi azoto, solamente sentí como mis rodillas se doblaron, finalmente resistí, también ha sido del único que me he tenido que bajar para vomitar, fue una ocasión que vomité más de 80 veces por un alimento sospechoso o algún veneno que quiso salir violentamente. Generalmente regresaba por esa ruta después de pasar por la Biblioteca Central donde me surtía para las lecturas de la semana, porque me iba leyendo con el libro apoyado en el techo del camión, era incómodo pero era la única manera, ahora que lo intento me cuesta mucho más trabajo enfocar.

También podía tomar un camión hacia la UAM Xochimilco y de ahí uno para el metro CU, daba mucha vuelta en esta ruta me tocó varias veces tomar el primer camión del día, creo que fui el que más utilizaba —o alguna combinación— ya conocía a los conductores y había uno que a la hora de la comida desviaba su ruta una cuadra para pasar por su esposa, que le llevaba la comida en unos recipientes de peltre color azul claro, esto cuando era todavía la ruta 100. Algunas veces tomaba el trolebús —mi medio favorito de transporte— fue en este la única vez que se me cayó mi cartera, afortunadamente solían esperar un tiempo para salir de nuevo así que logré recuperarla, claro que lo único que tenía era mi abono de transporte pero en ese tiempo era mi mayor tesoro. En otra ocasión cuando regresaba a casa -ahora no de CU sino de casa de Natalia-  cayó una tormenta que me dejó tan empapado que los peseros no quería subirme, solamente el trolebús me dejó subir, yo era el único pasajero, me senté en el último asiento e iba tan mojado que el agua escurrió hasta la puerta de entrada.

Cuando había dinero pues podía tomar pesero, existía la ruta de Taxqueña y luego la ruta 1 a CU que incluso entraba por Copilco y me bajaba frente a medicina y caminaba a la facultad, también había la ruta 32 que recorría los recovecos de Santa Úrsula, la ruta de regreso me dejaba en calzada de las Bombas, casi llegando a Miramontes, y después regresaba a pie, atravesando el parque de los coyotes, también existía la ruta 95 que partía de la UAM Xochimilco y llegaba al metro CU, tanto la 95 como la 32 usaban combis y cuando todos los pasajeros iban hasta CU era mucho más rápido, cuando alguien decía “yo bajo en tlalpan” todos se le quedaban mirando con furia.

Ocasionalmente regresaba en metro dando una vuelta exagerada, iba a Centro Médico, Chabacano y luego Taxqueña, lo que hace uno por ponerle variedad a la ruta. Hice hasta el recorrido en carro, pero de regreso generalmente le daba un aventón a un par de personas, hasta lugares como Ermita y Av. 5.

Hoy que me enfrento a pocas alternativas, sin metro cerca y los peseros inexistente, algunos regresos a pie no alcanzan a cubrir ese deseo de variedad,  pero estoy seguro que encontraré alguna forma. Este es mi punto de partida habitual:

Atrás lleva lugares

México siempre ha sido igual de revoltoso

Gabriel Vargas

Poco tiempo después de que inauguraron el metro de la Ciudad de México surgieron los peseros, llamados así por —¡oh sorpresa!— costaban un peso, en contraste con los camiones que costaban 20 o 30 centavos y que tenían rutas limitas como la famos Azcapotzalco-Jamaica o Zócalo C.U.  Y surgieron como un negocio oportunista —como los que venden lápices del 2 afuera de los exámenes—para dar servicio a las rutas no cubiertas por el transporte existente.

Al principio eran carros regulares habilitados con algo de pintura alrededor y un decorado característico, frasco de nivea para adornar el faro, un cubre volante semideshecho y un tapete sobre el tablero; nunca los pude ver de cerca porque desde el principio el asiento delantero está reservado para personas que sean agradables a la vista del conductor. Luego vinieron las combis, primero para 10 pasajeros, pero hábilmente acomodaron un asiento extra y luego con las Ichi Van el número aumentó hasta 13, y los de la fila que iba a espaldas del conductor eran los encargados de pagar el pasaje, mi amiga Martha siempre se sentaba en esa fila porque no le gustaba pedirle a nadie favores, yo escogía el banquito para no lidiar con el espacio. Un día que varios amigos nos dirigíamos a la unidad del hueso no encontrábamos transporte así que le pedimos a un pesero de la otra ruta que nos llevara, era mucho más barato que un taxi y era un pequeña ida y vuelta para el conductor. Siendo asiduos asistentes a fiestas sabíamos que una de las rutas que pasa más tarde es la de Tlalpan, el Izazaga, en una ocasión Paco tuvo que convencerlo de aceptar unas plumas porque todo el dineo lo habíamos invertido en bebida.

Aunque era todo un show bajar desde el lugar a la izquierda del asiento de atrás, la verdad es que era incómodo y un poco tardado pero como solamente había pocos pasajeros era muy rápido. No es tan cómodo viajar en pesero, no es el mejor medio pero muchas veces no existe otra opción. Cuando comenzaron los microbuses, casi al tiempo que la ruta 100 dejó de adoptó sus colores ecológicos, el pasaje costaba 350 pesos en viaje más barato, mientras la ruta 100 costaba —coincidentemente— 100 pero ya los ecológicos eran de 300 pesos —3 monedas doradas— entonces la diferencia era mínima. Pero los primeros microbuses seguramente eran ex camiones lecheros, además la gente no sabía si pagar al principio o al final —como en las combis— pero eso dependía si tenían puerta trasera o no. Luego de un varios accidentes y quejas intentaron estandarizar el parque vehicular y el modelo más común era modelo alfa. Unos con una barra de asientos que se extendía de la puerta de entrada a la de salida y otros con 2 filas de asientos dobles donde era muy difícil formar las dos filas solicitadas por el conductor.

La ruta que utilicé con más frecuencia fue la de Peni-San Lázaro, en cualquiera de sus modalidades —8 y 9, Prepa 5 o Periférico— algunos la tachaban de peligrosa por los asaltos —y no porque pasara por San Lázaro— pero durante el trayecto algunas veces los micros eran sacados de ruta y asaltaban a los pasajeros, mi abuelo presenció un asalto pero fue perdonado por ser de la tercera edad, entonces no solamente recibía descuento en el transporte oficial, también descuento en los asaltos de microbús —las ventajas del INSEN—.

El panorama no es tan variado y abundante como en el metro, siempre hay el que va dormido, estudiando, con audífonos, hablando por celular, algún niño llorando mientras su mamá lo maltrata. Alguna vez me tocó ver un ciego con perro guía —algo que he visto muchas más veces en el metro o el camión— pensé que el chofer iba a poner alguna objeción, resulta que era solamente un prejuicio mío. Porque sí conocí a algunos conductores, incluso unos gemelos de esos que compartían un vínculo especial, uno tomaba y al otro le hacía la cruda, como aquella película de Mauricio Garcés: Fray Don Juan. Recuerdo también los micros que iban al CCH Sur, alteraban la ruta ligeramente para pasar justo enfrente y algunos choferes ponían algo alternativo —no tan alternativo como el Panda show— pero un pesero lleno de estudiantes no es más civilizado.

Algo característico con las calcomanías que se pegan sobre las ventanas o arriba de las puertas. Un bebé rudo, un porky invitándote a no tirar basura, un imagen de Jesús, casi todas con un patrocinio de una radiodifusora o una refaccionaria, y también existen frases típicas como aquella de “Para la gente educada por atrás es la bajada” o “Si vas a comer pepitas cómete la cascarita”.

Cuando viajaba con Natalia, de General Anaya al estadio Azteca siempre decíamos que nos íbamos a bajar antes para que el costo fuera el menor, no me sentían tan cómodo con eso, pero la verdad es que el servicio recibido no era el mejor y tampoco teníamos mucho dinero es como si no nos alcanzara para el viaje completo —y no nos alcanzó para terminar juntos—. Una vez que acompañé a CHHC a su casa —sí en pesero— en un descuido su mano fue aplastada por la puerta trasera, tendría que haberla tomado y besar sus dedos hasta que el dolor se detuviera pero no lo hice, es como si la hubiera visto bajo otra luz y ahora la pudiera percibir en realidad, dejé de atribuirle virtudes inexistentes—quien iba a pensar que la luz neón del pesero sirviera para mostrar el verdadero rostro—. Viajé muy pocas veces en pesero con mi esposa, pero me extender un poco más el tiempo con ella en la mañana con alguna plática corta, nos bajábamos en el metro Zapata y tomábamos direcciones opuestas —¡qué profético puede resultar viajar en transporte público—

Y claro que hay referencias musicales.