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Carta a Miranda

Yo pronuncio tu nombre, en esta noche oscura, y tu nombre me suena más lejano que nunca.

Federico García Lorca

Miranda, amada hija inexistente:

Creo que hay cosas que solamente tú entenderías, tal vez esto sea porque la probabilidad de tu existencia va menguando cada momento, pero lo que siento en mi corazón es que ha sido mi amor tan grande que te ha mantenido fuera de este mundo. Porque quisiera que en caso de que existieras darte lo mejor que tengo.

No hubiera querido que te sintieras abandonada, que pensaras que te ignoro, que no te hubiera cuidado, alentado y abrazado incondicionalmente. Porque aún no puedo hacerlo conmigo. Porque esas carencias que tengo no quisiera que las padecieras, que quisiera que estuvieras completamente segura de que eres amada por completo y por quien eres, sin sentir que tienes que hacer algo para llamar la atención, que mereces todas las bendiciones del mundo y que no cargas culpa alguna.

Me tocó ver a mi padre matarse lentamente, abusando de su cuerpo, perdiéndose, viviendo inconforme, malhumorado. De ninguna manera quisiera hacerte pasar por algo así, el que me vieras transitando por esos pasajes oscuros en los que me he perdido, también despreciando mi vida, ya voy en otra dirección pero aún es incierta.

Lo que quiero decir es que necesito primero cuidar bien de mí para poderte dar algo. Que estoy trabajando para estar mejor, para sanar tantas heridas para construir una persona completa y presentarme como pedazos unidos apenas con lápiz adhesivo.

Yo quisiera que pudieras escuchar mi verdadera voz, que mis palabras pudieran expresar lo que pasa por mi mente, que pudieras verme a los ojos y supieras lo que siento, que te enorgullecieran mis acciones, mi trabajo cotidiano, que lo que te he escrito ha sido una manera de mantenerme vivo, de mostrarte lo que he sido para que entiendas el camino que he seguido, quizá para que entendieras un poco más quien soy.

Hoy te hablo porque necesitaba hablarte.

Pedro

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aceptación

Que procedas del cielo o del infierno, qué importa, /¡Oh, Belleza! ¡monstruo enorme, horroroso, ingenuo! / Si tu mirada, tu sonrisa, tu pie me abren la puerta / De un infinito que amo y jamás he conocido.

Charles Baudelaire

Desde niño percibí el asombro de los demás ante algunas características mías, mis 4.800 kilogramos de peso al nacer fue lo primero que sobresalió, mis pies sobresaliendo de las cunas de la maternidad ya pronosticaban que estaba fuera de proporciones normales. Cuando intentaba comunicarme con mi abuela ella me miraba con cara de extrañeza y me decía que era un marcianito, y jamás me contestaba otra cosa. mi tío Vicente fue sorprendido cuando le gané jugando brisca cuando tenía tres años, o también a esa edad cuando me colaba en la cocina cuando iba a hacer albóndigas para comer la carme molida cruda y beber el jitomate licuado y condimentado. Mi primo Martín dejó de jugar a las luchas cuando se vio volar por los aires, apenas por un tirón más en una llave. Seguramente sorprendió a los que hacían inventario de Sears en plaza universidad la falta de juguetes gracias a mi asalto organizado a los seis años, también en esa época me la pasaba persiguiendo a mis tíos Ricardo y Jaime preguntándoles capitales.

He sido un devorador de muchas cosas más que la comida, también devoraba libros, películas, programas de radio, datos triviales, música. Indiscriminado como si quisiera cargarme de todas las cosas posibles, muchos me acusaban de darle poca importancia a las cosas que consumía a no elegir adecuadamente las batallas que tenía que librar, pero esa indiscriminación era parte de la monstruosidad.

Fui poseedor de una energía descomunal que podía utilizar de muy distintas maneras, algunos me vieron destrozar la naturaleza con mis manos, cachar muebles que caían de la azotea sin lastimarme, recorrer en sentido contrario el eje central, destrozar un carro con un hacha, destrozar herramientas, tirar pedestales, romper marcas, romper madres. Pero en algún momento me avergoncé de mi fuerza, quise ocultar lo que era, a raspar los bordes con la idea de que eso iba a lograr que encajara mejor en el mundo, pero ya sabemos que no es cierto,solamente fue negar mi naturaleza. Intentar agazaparme para que no me vieran feo.

Nunca he aceptado de buena manera los halagos pero me han dicho de muchas formas, desde el mago de OZZ, o siguiendo con la magia también me han dicho Gandalf, el último en el trabajo, donde también la última esperanza, o el amo de las puertas traseras -nada que ver con sodomía- el Dr. House de los sistemas, oh Captain my Captain, PF, el guru, grosso, fenómeno, o cara dirían por estas latitudes. También he detentaedo el poder de derrocar tiranos, nivelar equipos, esperanzaer causas perdidas o imbuir de magia a cualquier objeto.

Algunos me han visto más de cerca, y saben por ejemplo que bajo esa masa descomunal coraza hay un corazón, algunos han visto muy de cerca mi distorsionada perecepción de la realidad evidenciada en una feria de las culturas en Reforma, otros han visto mi imaginación desbordada, también otros saben que si el mundo fuera un árbol de navidad yo no sería ni la estrella ni las luces sino la escarcha que pasa por todos lados. Incluso alguna persona le he mostrado el botón de apagado.

No debo ocultar más mi fuerza, mis ideas ni mis dones, tampoco mis defectos, mis bordes filosos, mi descomunal incertidumbre o las lágrimas que salen por mis ojos apenas existentes. Yo sé lo que llevo dentro es precioso, que justo el exterior se ocupa de mantener alejadas a las personas para que no sea tomado de gratis, que entiendan lo que es y por qué está encerrado.

Soy de los monstruos más bellos que han existido.

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