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teléfono descompuesto

Yo hablando y tú no estando, yo te ablando y te endureces y hace tiempo que no veo que ni huelo, que ni te hablo. Porque tú no me has llamado y te has desaparecido y te has desaparecido

Santa Sabina

En algún momento en la historia de las comunicaciones en México había dos compañías telefónicas Ericsson e ITT la primera usaba solamente dígitos mientras que la segunda usaba también letras, cuando ambas se unieron los número telefónicos tenían 6 dígitos, solamente hasta el año del primer mundial agregaron el 5 al principio, el cual no fue suficiente, como atestigua mi primer teléfono 6703550 duramos muy poco con él.

Cuando nos mudamos a la CTM no habían líneas disponibles en las unidades habitacionales, duramos alrededor de 10 años sin teléfono, esto tuvo impacto en la vida cotidiana. Como nadie tenía teléfono siempre había fila —por lo menos en el teléfono de la esquina durante las horas hábiles— entonces siempre había que hacer fila quizá con excepción en casos de tener que llamar al médico por alguna urgencia y aún así dependías de la buena voluntad de los que estaban frente a ti. Las llamadas eran breves o comenzaban a escucharse los silbidos de las personas que estaban esperando y las conversaciones eran escuchadas por los demás, entonces hacía esfuerzo porque mis mensajes fueran algo crípticos creo que esta última parte se exacerbó demasiado.

Además había repercusiones en otros ámbitos como buscar una alternativa para los comprobantes de domicilio, en la escuela era considerado un marginado porque no tenía teléfono —algo que les costaba mucho entender a mis compañeros— recibíamos visitas sin avisar con las noticias familiares y olvídate de pedir comida a domicilio —tiempo después tuvimos un negocio familiar que se encargaba de eso— aunque algunas veces era inevitable hablar.

Muchas veces me quedé formado a la salida del retorno esperando tres o cuatro turnos para dar un recado para mis abuelos, busqué algunas veces en la madrugara algún teléfono que funcionara para llamar a locatel —6581111— para confirmar que mi padre no hubiera tenido un accidente y cuando quería algo de privacidad iba atrás de la secundaria 280 en la noche, a un teléfono que se encontraba más alejado para hablarle a MG, alguna de las Glorias o a la prima de las MM y algunas veces llegaba una persona y yo prefería despedirme muchas veces ante la pregunta “¿por qué no te gusta platicar?” Y jamás llamé a la procuraduría del consumidor al cinco seis ocho ocho siete veintidós.

Recién estrenado el teléfono mi tío Alejandro trajo un modelo que tenía forma de oso y cuando lo ponías en altavoz el oso movía la boca simulando que hablaba, justo después de conectarlo entro una llamada que era para mí entonces tuve que responder frente a mi familia con risas de fondo fue un verdadero oso. Una vez llamé a Felipe por larga distancia —estaba en L.A. y el tiempo se pasó demasiado rápido, terminé pagando mucho más de lo que pensaba. También conocí el otro lado porque mi novia no tenía teléfono, entonces tenía que estar a la espera de su llamada porque no podía yo comunicarme, se desarrolló una sensación de no poder fallar en la contestación con riesgo de perder algo importante. También me perdí de la oportunidad de mi vida cuando hablaron preguntando “¿está Conchita?” y fallé en no responder “No, estoy con Tarzán” aún lo lamento.

Ahora parecen distantes aquellos tiempos, el cambio del pulsos a digital, o el compartir la línea con el módem, las contestadoras con cassettes o los primeros teléfonos inalámbricos, mi primer celular —Pegaso— o las tarjetas telefónicas, recuerdo cuando Pimpo me avisaba las fallas de sistema para poder hacer llamadas de larga distancia; ahora con herramientas a la mano como los hangouts de G+, Skype, Line, whatsapp pudiera parecer que se ha avanzado mucho en cuestión de comunicaciones pero el verdadero reto siempre ha sido intentar transmitir una idea, que lo que queremos decir alcance a llegar a la otra persona y eso no es fácil ni siquiera frente a frente.

hasta la madre

A veces, el silencio es la peor mentira.

Unamuno

Un compañero de la preparatoria que se sentaba a mi lado tenía una particular predilección por molestarme diariamente, con insultos, poniéndome notas en mis cuadernos o intentando esconder mi útiles, eran bromas pueriles que ignoraba olímpicamente hasta que un día en la clase de etimologías cuando el maestro se disponía a hablar del origen del antimonio comenzaron sus interrupciones, le solté un golpe que ocasionó que su cabeza rebotara estrepitosamente contra la pared, de tal suerte que nos mandaron a la dirección, donde le sugerí al director que nos expulsara mientras mi compañero intentaba convencerlo de lo contrario con lloriqueos. No nos corrieron.

Un día de fiesta —casi todos los días— mis amigos estaban esperándome para ir a la fiesta —las obligaciones que venían con el automóvil— yo estaba muy bien acompañado en mi casa entretenido en intercambios amatorios, Cuando llegaron a tocar la puerta y gritar mi nombre, salí a explicarles la situación, pidiéndoles que me dieran algún tiempo para terminar, parece que no fui lo suficientemente claro porque regresaron al poco tiempo, salí de nuevo para decirles lo mismo, sin mucho éxito porque regresaron y, como no respondía fueron a gritar por la parte de atrás que daba a mi ventana. Cuando volvieron a tocar salí enojado a decirles unas cuantas verdades, fue Paco el que recibió la mayoría de las palabras pero fueron Vani y el Wrote los que me dejaron de hablar.

Después de asistir a la fiesta de 15 años de Carmen donde, dicho sea de paso, fue la primera vez que vi a alguien usar unos pupilentes de color, nos quedamos de colados —como siempre— en casa de la anfitriona departiendo hasta que llegara la hora en ya pasaban los peseros. Su padrino nos acompañó bebiendo singularmente como es costumbre en los padrinos y alabando las cualidades como apoyador de Mike Singletary en un descuido vació su vaso en mis pantalones. No esperamos el pesero, nos regresamos caminando por calzada de las bombas y rompí casi todos los árboles que había —uno se escapó.

Pero los árboles sufrieron menos que cuando me toco a mí el rompimiento, fue un ir y venir intercambiando caricias con palabras hirientes, ilusiones con realidades, sueño y dolor. Este período se extendió por años, lo que me impedía cerrar el círculo y me mantenía en vilo. Todo terminó en una llamada donde me pedía ayuda, no solamente me negué a ayudarla —aunque no pudiera hacer nada— le dije de la peor manera que no era mi responsabilidad, que no la iba a ayudar y que no me importaba —lo último es una mentira.

Pero lo que más me desespera es el silencio. Tu silencio —seguramente porque mi imaginación es cruel y sombría.

Ahí está la madre del cordero, el meollo del asunto, el quid de la cuestión o, para hablar en términos propios, ahí está el animalón: el problema no está afuera, no son los agentes externos los que me colman la paciencia, soy yo. en realidad no le importamos a nadie, todos tienen su propia agenda, sus problemas, miedos y anhelos; el motivo de sus actos, aún relacionados con nosotros, tienen su origen en algunos de sus miedos o  sus quereres. No es el mundo, soy yo.

confesiones y confusiones

A la hora de la verdad todo esta escrito. A eso los pinches griegos lo llamaban destino.

Roberto Bolaño

Justo un año antes de entrar a la secundaria Felipe se convirtió en mi mejor amigo, durante mucho tiempo pasábamos mucho tiempo juntos, me parece que uno de los comienzos de esa amistad fue cuando recibí la orden de mi madre de ir a comprar un queso manchego a la tienda le pedí que me acompañara, fuimos a la tienda de Don Chucho donde no había, y así comenzamos a recorrer todas las tiendas en una especie de espiral, alejándonos cada vez más del retorno. Hubiéramos recorrido todas las tiendas de la CTM de no ser porque una tendera nos dijo que ninguna tienda lo vendía, que tendríamos que ir hasta el centro comercial. Regresé para decirle a mi mamá que si tenía que ir al centro comercial, lo que recibí fue un regaño y me dijo que me había pedido un queso “supremo” que vendían en la tienda de la esquina. Tiempo después cuando buscábamos un negocio en el centro, en la calle de San Ildefonso le sugerí que le preguntáramos al del pan y fue y le preguntó a un carro con propaganda del Partido Acción Nacional (PAN), yo le había señalado al vendedor de pan que estaba al lado.

Cuando aún existía la ruta 100, había un camión que salía de Av. Tenorios, se iba por Acoxpa, Tlalpan, San Fernando e Insurgentes y llegaba al paradero de San Angel, esa era una ruta muy socorrida porque llegaba a la Ciudad Universitaria y pasaba cerca de la casa de Natalia con la que una vez tuve una discusión respecto a si la guardería que estaba en la calle de San Fernando era del ISSSTE o de IMSS, yo defendía la primera opción y ella la segunda; la discusión fue subiendo de nivel hasta amenazar con una pelea. La animadversión de disipó cuando descubrimos la guardería número 14 del ISSSTE y la número 20 del IMSS están sobre San Fernando a una muy corta distancia entre ellas. Una vez quedamos de vernos en la tienda del ISSSTE que estaba cerca de mi casa, el problema es que habían 2 a una distancia parecida pero en direcciones opuestas, fuimos al otro y así estuvimos dando vueltas, tuve que hablar a casa para que me dieran el recado de dónde estaba. No fue el mejor día para que eso pasara.

Mi voz era parecida a la voz que tenían tanto mi padre como mi abuelo, recuerdo que mi primo, cuando tenía algunos meses, nos miraba extrañados cuando hablábamos los 3. Un día mi papá recibió un telefonema que era para mí, cuando mi papá le dijo que no era yo, que quería dejar un recado ella pensó que era broma, pero ante la firmeza de mi padre ella se enojó, lo insultó y le colgó. En otra ocasión yo contesté y tras un “¿Pedro?” que contesté afirmativamente ella comenzó a contarme que se acababa de divorciar, que me quería ver y muchas otras cosas más que se interrumpieron luego de que le dije que probablemente me estaba confundiendo con mi papá: hubo un silencio y colgó. No volvimos a recibir esas llamadas.

Mi compadre es el rey de las confusiones, un día se encontró con Sergio de Bustamante, y lo saludó diciéndole lo mucho que admiraba su trabajo, en especial en doblaje, y luego se despidió con un “hasta luego señor Peláez”, el lo llama la chacalexia —una especie de dislexia chacalona— no importa el nombre siempre es divertido. Abajo las fotos de los confundidos.

Pero no hay nada peor que confundir lo urgente con lo importante.

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