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Navidad y cambios

Es tan grande el placer que se experimenta al encontrar un hombre agradecido que vale la pena arriesgarse a hacer un ingrato.
Séneca

Desde niño estuve inmerso en la idea de que en Navidad era importante nuestro comportamiento con nuestros semejantes. Por alguna razón mi empatía se centró en el sufrimiento y los pesares de los demás.

Como viví muy de cerca el ciclo del comercio, participando en él desde muy temprana edad, me acostumbré a vivir la época decembrina desde diferentes perspectivas, era la época de más trabajo, todos tienen preocupaciones: si les alcanza para la cena, para los regalos de los hijos, sí la venta será suficiente, o el negocio alcanza a sobrevivir. Sentía que la época estaba llena de pesares, angustia y sufrimiento.

Intentaba hacer lo posible por mitigar esa situación, entre ayuda, donaciones, propinas y regalos. Pensaba que aún los pequeños actos podían hacer alguna diferencia.

Cuando iba al banco, solía tomar dos turnos, cuando se iba acercando mi turno salía y buscaba a una persona que fuera beneficiada con evitar las espera, un acto benéfico y anónimo. O al comprar en comercios locales o incluso en la calle, sin regatear o dando o comprando un poco más, con la idea de que ese excedente se derrame hacia los demás.

Pero creo que en estos derroteros me olvidé de mí, de disfrutar y agradecer el sinnúmero de alegrías, bendiciones, cariño que experimentaba cada día, creo que es otra lección aprendida estos días.

Feliz Navidad a todos.

Fiestas decembrinas

Yo me atraco de jamón y el envidioso sufre la indigestión

Refrán

Cuando era muy niño durante esta temporada siempre me preguntaba lo que serían las “cembrinas” porque escuchaba “fiestas de cembrinas” por todos lados. Nunca me animé a preguntar, lo entendí poco tiempo después cuando aprendí a leer. Recuerdo mucho aquella primera visita al mercado de la 201 en época navideña, en pagar con un billete nuevo y azul y recibir mucho cambio —esto antes de que naciera mi hermana y durante plena crisis petrolera— ese día encontré una moneda en el piso —una de veinte centavos de cobre— como para coronar un día de suerte.

Las posadas las disfruté hasta la adolescencia, de niño me concentraba en mantener la vela prendida durante la procesión, el ponche era una bebida demasiado caliente para mi gusto, debido a mi estatura y a que en esa época todas las piñatas eran de barro, nunca me tocaba pegarle a la piñata, solamente me dedicaba a recoger cacahuates, jícamas y cañas. El tiempo pasó y las posadas a las que iba fueron otras donde las piñatas ahora contenían Dalton 14 para satisfacer al público fumante, sin embargo una de las cosas que cambió sin que logre ubicar el tiempo exacto fue lo que se cantaba lo que se solía cantar “Dale, dale, dale, no pierdas el tino, porque si lo pierdes pierdes el camino, dale, dale dale, no pierdas el tino mide la distancia que hay en el camino”  en algún momento la segunda estrofa pasó a decir “Ya le diste uno, ya le diste dos, ya le diste tres y tu tiempo se acabó”, yo creo que eso se debió al cambio a las piñatas de cartón.

La escena típica de navidad es el pavo —un guajolote al horno– aunque eso no era tan frecuente en la familia, generalmente había bacalao —a la vizcaína casi la única forma en que lo comemos— ese le gustaba a mi mamá en particular para después hacer tortas de bacalao, también había romeritos o pierna al horno generalmente acompañada de ensaldas o bien de manzana o de zanahoria rallada con piña. —este último plato es el que solíamos comer mi tío Mundo y yo— en año nuevo, como diciembre es la época más ocupada del comercio en un principio iban a comprar o pozole o birria en el mercado de Garibaldi. Cuando había pierna o spaghetti de fin de año ese servía para el recalentado viendo los tazones.

Después de la cena de fin de año, siempre salía a la calle, de niño a jugar —fútbol americano generalmente— y en la alcoholescencia a dejar un rastro de botellas en la calle, entre música pláticas y bromas, y algunas visitas para dar el abrazo —se usaba de pretexto— pero siempre terminábamos en la calle.

La anticipación que impedía dormir el día de reyes se fue disolviendo con el tiempo, pero el antojo de rosca con chocolate y el alboroto al respecto de cortarla y adivinar a quién le tocaba el niño nunca menguo. El ritual durante mucho tiempo fue hasta en la oficina, ahora en otro país es una de las cosas que extraño.

Supongo que todos tenemos recuerdos semejantes.

 

 

 

 

 

clima global (súbele a tu primavera)

Tal vez esta noche no es noche, debe ser un sol horrendo, o lo otro, o cualquier cosa…

Alejandra Pizarnik

Desde mi primer día de vida tuve una relación particular con el clima, a pesar de que era un día caluroso mi padre decidió acercarme a la calefacción para asegurarme que no pasara frío, lo hizo tan bien que no volví a tener frío prácticamente jamás.

Durante mi infancia padecía de las amígdalas así que cualquier cambio de temperatura, me mandaba directo al doctor a recibir alguna dosis de penicilina, como me gustaba salir a la lluvia o jugar con agua esto era muy frecuente. Luego de la operación quedé finalmente libre para andar por cualquier clima.

Mayo solía ser el mes más caluroso, aún más que el mes de mi cumpleaños como en mayo del 82 cuando acompañé a mi madre al centro justo al salir de la escuela —aún con el uniforme— pasamos a comer a un JFK —entonces Kentucky Fried Chicken— y lo único que se antojaba comer era la ensalada, me quité la camisa del uniforme y me quedé en camiseta —hecho inédito entonces— además las tortillerías y el metro alcanzaron temperaturas insoportables.

El año siguiente el día de San Juan marcaría una seria de lluvias finas pero prolongadas que duraban días, algo que incomodaba a muchas personas, yo me ofrecía como voluntario para salir, solamente hubo un accidente una vez que fui por un pastel pero mis tenis ya no tenían la tracción necesaria —cuando pisaba un chicle sabía del sabor que era— caí pero la caja no se rompió y el pastel sobrevivió algo deformado pero llegó al festejo. En ese tiempo tuve mi única chamarra térmica, era tan eficiente que parecía casi un sauna, hubiera necesitado una temperatura debajo de cero para poderla usar más de media hora.

La alcoholesencia estuvo lleno de días de final de semana demasiado soleados y ninguna noche tan fría que nos impidiera salir a alguna fiesta. Napoleón no tenía calefacción ni aire acondicionado, así que el control climático se reducía a la ventana de ahí la frase de súbele a tu primavera o la contraria bájale a tu invierno.

En la universidad solamente llegaba a clase de siete cuando el clima lo ameritaba, es decir cuando estaba nublado, gris, frío y lluvioso. Entonces decía que me iba a reír mucho cuando el sol se apagara, en general el clima caluroso no me gustaba, con el tiempo conseguí soportar cada vez mayores temperaturas.

Pero una vez sí sentí frío, fue en Toronto aunque de día yo veía que los demás —vestidos con gorro, guantes, bufanda, orejeras, abrigo y botas— me veían extrañamente porque ni suéter llevaba, pero una noche al salir de un karaoke y luego de unos quiebres, regresé en el autobús que estaba toda la noche y tuve que caminar bajo una ventisca llena de flurry seguido de una ventisca, todavía pasé a hablar por teléfono, con la ropa húmeda y el viento haciéndome temblar para terminar olvidé cerrar la ventana para dormir, desperté algo perjudicado

Ahora que estoy en el hemisferio sur en un clima más cálido, viviendo en una ciudad donde el invierno, cuando se pone rudo llega a los 10° Celsius. Donde la navidad se vive arriba de treinta grados y los santacloses sufren su disfraz, cuando estaba tramitando la visa y vivía en hoteles, tuve que ir a Londres, como fue sin previo aviso no tuve tiempo de preparar nada además había empacado para una primavera brasileña no un otoño londinense, hice las maletas y me lancé, llegué en camisa de manga corta otra vez para alimentar los ojos curiosos, pero eso también fue una aventura.

Ahora esta semana São Paulo registró temperaturas tan altas que rompieron varios récords del mes de enero. Y lo difícil es conciliar el sueño mientras se suda a mares, Necesito urgentemente un clima frío para descansar.

Vacaciones

¡Oh memoria, enemiga mortal de mi descanso!

Miguel de Cervantes Saavedra

Mi familia materna se dedicaba al negocio de la costura, las prendas que eran vendidas en mercados como Tepito, Tacuba, Mixcalco y diciembre era el mes más ocupado de todos, no había días de descanso sino hasta después de reyes; el 31 después del trabajo iban a comprar la cena al mercado de Garibaldi, pozole o birria era la elección para la cena, que normalmente tardaba un poco más porque ¿cómo resistirse a unas copas en Garibaldi?

No solíamos vacacionar en diciembre, pero invariablemente íbamos a San Juan de los Lagos a finales de enero, es un viaje tradicional de mi familia materna, comienza en Salamanca -tierra natal de mis abuelos- pasa por León – justo en la fiesta- y termina en San Juan, yo lo caminé un par de veces, aunque usted no lo crea. Durante la primaria faltaba esos días olímpicamente, al menos dos semanas de vacaciones, la vez que tomé un poco más me echaron de cabeza, esa es la desventaja de tener a mi prima en el mismo salón. Después fue diferente, en la secundaria tuve un récord casi perfecto, empañado solamente por un retardo. Durante la prepa ayudaba en el puesto de ropa de mi familia en pericoapa, no hubo vacaciones, solamente desvelos durante las posadas. En la Universidad fue distinto, esas sí eran épocas de descanso, solamente que el dinero era tan poco que no alcanzaba para ningún viaje así fuera al pueblo más cercano. La única excepción fueron unos días en Taxco que sirvieron como ocaso a mi relación más duradera.

Ya en el trabajo corporativo opté por no salir de vacaciones esos días, prefería quedarme en la oficina, en las mañanas el tráfico era menos,  salía de vacaciones con mi esposa la semana justo después del 12 de diciembre, siempre con muchos peregrinos en el camino. Y ahora que me mudé a São Paulo he trabajado en proyectos, entonces es más fácil tomar vacaciones el fin de año. En esta ocasión fue la que más días de vacaciones he tomado -la huelga de la UNAM no cuenta.

Ocurrieron muchas cosas durante las vacaciones, tantas que no necesitaba terminar esta entrada antes de continuar con otra cosa.

Primero quisiera agradecer la hospitalidad recibida, es la segunda vez que recibo su hospitalidad, su casa ha sido escenario de muchos momentos felices y también de momentos difíciles, así es como se van forjando las amistades. Me siento como en casa, no solamente me siento cobijado por la ciudad, también por los amigos, esta vez podía sentir algo extra en el ambiente.

La navidad la pasé con mi primer sobrino, ha sido toda una experiencia tener un nuevo integrante de la familia tan cercano, su llegada fue en contra de todo pronóstico y le dio una nueva perspectiva a mi hermana, la veo feliz y me da mucho gusto, ahora le toca crecer de otra manera.

El fin de año fui a Playa del Carmen, a visitar un amigo gitano -Lalit- y a una amiga coincidente -July- durante esa estancia ocurrieron un par de cosas extraordinarias: logré apagar mi centinela y pude finalmente deambular sin estar al pendiente de todo, relajarme y fluir aleatoriamente, fue algo muy liberador; por otro lado conseguí descargar completamente mi pila, al menos eso es lo que recomiendan en los demás aparatos, para evitar el efecto fantasma. Y por si fuera poco me divertí un chingo.

Regresé para ser padrino de bautizo de una ceremonia armada al vapor, fue una fiesta emotiva en la que no me alcanzó el tiempo para hablar con todos, hubiera querido dejarles más a mi familia y amigos, es la segunda vez que soy padrino y esta vez no tuve que hacer examen de admisión.

Resumiendo: durante estas vacaciones tomé 3 bebidas verdes  y alcohólicas, tomadas en tiempos y formas distintas, los sabores fueron muy variados y en todas las ocasiones me remitieron a la vez anterior que las consumí, las cosas han cambiado tanto desde entonces.  Dupliqué mi número de ahijados, sin menoscabo del cariño, muy al contrario creció. La peor parte es que todo parece indicar que perdí una amiga muy querida y lo peor es que desconozco la razón.

Y finalmente, aunque no en importancia, descubrí lo mucho que estraño mi amada tierra, la fuerza con la que me llama y lo difícil que es mantenerte lejos de tus afectos, es evidente que estoy a una distancia que solamente me permite contemplar lo que pasa, que he estado viviendo dividido, con mi corazón en un lugar y lo demás en otro lado. Pero eso no me va a detener, no me voy a regresar -y ya tengo oferta- por un síndrome del Jamaicón, esta difícultad es parte de crecer, de evolucionar; sin embargo hay una extraña sensación que no me abandona de esas veces que sabes que no volverás a ver a alguien.