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a los trece

..porque esa riqueza que es juventud se pierde día con día, y por tanto habría que gozarla día con día, alegre, frenéticamente, para sólo dejarle a la muerte un cuerpo enteramente gastado, vacío, sin una gota de vida por vivir….
José de la Colina

Fueron unas vacaciones familiares, era un viaje corto, tomamos el autobús en la terminal de Taxqueña. En total nueve primos, desde los seis hasta los quince años. Yo estaba emocionado por la oportunidad de estar en una alberca, de tener montón de espacio para jugar con mi primo Carlos que era apenas un año y medio mayor.

Frente a nuestra cabaña, donde nos acomodábamos lo mejor posible se hospedaba una familia con una sola hija: Laura. Tenía el cabello rojo y crespo, que parecía que nunca se deformaba; la piel lechosa y con pecas, los ojos claros e inquietos.

Mientras jugaba tenis de mesa con Carlos ella pidió unirse con una amiga, yo acepté sin pensar. Depués de un par de juegos su amiga se retiró y continuamos jugando nosotros dos contra ella, mi primo se fue luego de 3 partidos, no muy contento.

Los siguientes días los pasé junto a ella, entre la alberca, el jardín y los juegos. Tan enfrascado en ella que no sabía lo que pasaba alrededor, algunas veces me sorprendía viendo sus incipientes singularidades enfundadas en un traje de baño completo y oscuro. Entonces me preguntó por qué usaba calzones abajo del traje de baño, me pusé rojo y sentí la cara caliente, no sabía qué responder ¿Por qué nunca me dijeron eso antes? Bajé la mirada como aceptando una derrota pero ella acarició mi cabello que aún escurría agua clorada. Levanté la mirada feliz y alcancé a ver a Carlos a lo lejos.

Al regresar a la cabaña mi primo se burló de mi gritando “¡Estás enamorado!” me tomó por sorpresa, mi cachetes se encendieron aún más que con la pregunta de Laura y sentí mucha vergüenza, como si estuviera desnudo, como si hubieran descubierto mi secreto más íntimo o como si hubiera hecho algo malo. Ni siquiera podía contestar porque no podía descifrar mis sentimientos, era como un nudo de fuerzas desconocidas que tiraban para todos lados. Pero si alguien más se había dado cuenta seguramente sería cierto. La única referencia que tenía eran las películas, así decidí hacer algo al respecto.

Conseguí una pluma, arranqué un lado del cartón de una caja cereal, le escribí una carta de amor y la deslicé bajo la puerta. La mañana siguiente lo único que obtuve fue una mirada de reprobación de sus padres. Fue justo el día de nuestra partida, el autobús de regreso salía a la una de la tarde.

Se desató una tormenta tropical (¡En Morelos!) que retrasó nuestra salida por varias horas. Estoy convencido que eran mis emociones desatando las fuerzas de la naturaleza como un último intento que nos obligara a quedarnos otro día. Anhelaba tanto esa oportunidad pero escampó poco antes de caer la noche. Regresé sentado en el asiento junto a la ventana con la cara pegada al cristal frío embargado de tristeza y confusión. Mi adolescencia llegó a esa edad, de golpe.

la minimoto de Atilio

A partir de cierto punto no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar

Franz Kafka

El pasado fin de semana iba caminando con la cabeza baja lo que me permitió observar la siguiente minimoto:

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Eso me recordó la historia de un auto y unas vacaciones en Oaxtepec:

El niño Juan Manuel Mendoza, a.k.a. Atilio, tenía un automóvil que fabricado por la VAM (Vehículos  Automotores Mexicanos) que fue fabricado en la planta de Lerma, por su color café él lo llamaba cariñosamente shit, podía abrirlo con un gancho de ropa en menos de tres minutos en caso de que olvidara las llaves. Gracias a su capacidad como mecánico conocía perfectamente su funcionamiento y suponía que su mantenimiento estaba al día.

En una ocasión Saldaña nos pidió que lo acompañáramos —en realidad lleváramos— a dar una serenata. Juan ofreció su coche y yo fui el conductor designado, no debido a la sobriedad sino a la pericia. Caímos en el garlito de Galitos, nos dijo que la serenata era en el norte, un poco después del centro. Cuando llegamos a Ecatepec, a una casa amiga en medio de zona hostil. ¡Ahí nos prestaron un coche! —era un Spirit — para alcanzar a llegar con bien.

La serenata transcurrió sin pena ni gloria, canciones más canciones menos, algo de hospitalidad prolongaron un poco más de lo esperado, era entre semana y entonces yo tenía clase de 7 en CU —aún estaba en Ciencias Políticas y llegaba a las clases de las siete de la mañana—  así que tuve que acelerar un poco, rompí un récord de tiempo de Ecatepec a la UAM Xochimilo —que era la base de la ruta 72 que iba a la Universidad— no doy el tiempo que me llevó para no ser perseguido retroactivamente por la justicia. No me di cuenta que los frenos del coche de Juan no funcionaban correctamente —no usé los frenos en todo el trayecto de regreso— lo que nos salvó de un accidente esa noche pero no a Juan.

Unos días después en la calle de Ejido San Francisco Culhuacán al percibir que tenía que frenar tuvo que elegir entre estrellarse contra un coche del año o un árbol, evidentemente eligió el segundo por falta de seguro. Como la velocidad que alcanzaba su auto era considerable el daño que ocasionó el accidente fue mayúsculo, tanto que solamente pudo cambiar el coche accidentado por una minimoto amarilla cuya altura apenas llegaba a mis rodillas pero que fue el deleite de chicos y grandes en el retorno.

Incluso la llevaron en la cajuela del coche de Chucho en un viaje a Oaxtepec y Lalito Baruch se divirtió como enano, dejando poco tiempo de uso de la moto para los demás.

Los recuerdos que una imagen genera.