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Carta a Miranda

Yo pronuncio tu nombre, en esta noche oscura, y tu nombre me suena más lejano que nunca.

Federico García Lorca

Miranda, amada hija inexistente:

Creo que hay cosas que solamente tú entenderías, tal vez esto sea porque la probabilidad de tu existencia va menguando cada momento, pero lo que siento en mi corazón es que ha sido mi amor tan grande que te ha mantenido fuera de este mundo. Porque quisiera que en caso de que existieras darte lo mejor que tengo.

No hubiera querido que te sintieras abandonada, que pensaras que te ignoro, que no te hubiera cuidado, alentado y abrazado incondicionalmente. Porque aún no puedo hacerlo conmigo. Porque esas carencias que tengo no quisiera que las padecieras, que quisiera que estuvieras completamente segura de que eres amada por completo y por quien eres, sin sentir que tienes que hacer algo para llamar la atención, que mereces todas las bendiciones del mundo y que no cargas culpa alguna.

Me tocó ver a mi padre matarse lentamente, abusando de su cuerpo, perdiéndose, viviendo inconforme, malhumorado. De ninguna manera quisiera hacerte pasar por algo así, el que me vieras transitando por esos pasajes oscuros en los que me he perdido, también despreciando mi vida, ya voy en otra dirección pero aún es incierta.

Lo que quiero decir es que necesito primero cuidar bien de mí para poderte dar algo. Que estoy trabajando para estar mejor, para sanar tantas heridas para construir una persona completa y presentarme como pedazos unidos apenas con lápiz adhesivo.

Yo quisiera que pudieras escuchar mi verdadera voz, que mis palabras pudieran expresar lo que pasa por mi mente, que pudieras verme a los ojos y supieras lo que siento, que te enorgullecieran mis acciones, mi trabajo cotidiano, que lo que te he escrito ha sido una manera de mantenerme vivo, de mostrarte lo que he sido para que entiendas el camino que he seguido, quizá para que entendieras un poco más quien soy.

Hoy te hablo porque necesitaba hablarte.

Pedro

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San Felipe de Jesús, perdóname

Odiar el alma es no poder perdonarse ni por existir ni por ser uno mismo

Bernanos

Aunque ya había reparado en la importancia de perdonarse a sí mismo, no había atravesado por la experiencia completa.

Este sentimiento se gestó temprano en la niñez, cometí una atrocidad a muy temprana edad, tuve un descuido que ya he contado aquí. Ese incidente me dejó una idea de que había hecho algo mal y que jamás se iba a borrar.

Una de las cosas que me afectaba mucho de niño era ser acusado injustamente, no sabía cómo responder a esos señalamientos, me dejaban mudo, jamás conseguí defenderme. Recuerdo una vez que estaba jugando fútbol en el retorno, cuando aún no existían los piracantos, entonces recibí una falta que me hizo tropezar y caer entre el cemento, un pedazo con piedras de río y el pasto del jardín; justo en ese momento estaba mi padre enfrente que me gritó a manera de regaño “ya te dije que no jugaras en el pasto”, además del dolor del golpe esa acusación no solamente me hizo sentir mal  también provocó la burla de los que estaban jugando, no atiné a hacer otra cosa que quedarme callado.

Desde muy niño estuve preocupado por mi madre, sus sufrimientos de madre adolescente, sus miedos e inseguridad despertaron en mí un instinto protector desde temprana edad, obedecía sus mandatos e intentaba manejar sus neurosis, o lo más difícil era transitar la vida de la manera en que ella quería que fuera transitada por eso cuando ella me acusaba que no la quería o no me esforzaba o —lo más gacho— que no me importaba sentía

Este sentimpiento solamente se manifiesta cuando la acusación viene de alguien que me importa, porque alguna vez fui acusado por el maestro del temas selectos de matemáticas de haber copiado ¡ja! o los compañeros que me acusaban de indigente por llevar camisas idénticas en días consecutivos o de homosexual porque me detenía el cabello con donitas color pastel.

Y qué decir del amor, como cuando en un ataque de celos te acusan de que no les importas porque otra persona se sienta junto a ti, y sin importar las explicaciones siempre terminaba cargando con la culpa, o peor aún siendo acusado de estar “pensando en otra persona” era castigado impunemente y —como Sansón— perdiendo el cabello en contra de mi voluntad.

Y creo que jamás tuve una respuesta para esa sensación porque pensaba que me lo merecía, aunque no fuera cierto, quizá por eso todo este tiempo que he cargado con esa culpa me la pasé cargando muchas otras culpas que no me correspondían, culpas que no encontraba la manera de purgar salvo con penitencia, por eso no me había sentido merecedor a nada y había pasado muchas veces sufriendo en silencio sin poder compartir lo que sentía ocultando mi necesidad de ayuda, quizá por eso buscaba anestesiar esas sensaciones por comida, por eso castigaba mi cuerpo sin brindarle cuidados que pensaba inmerecidos. Por eso transitaba ese camino del autoabandono que tando me recuerda a mi padre y mi abuelo, alejados de los doctores, con enfermedades sin atender durante mucho tiempo.

Por eso puedo reconocer ese dolor, por eso pensaba que podía entender y ayudar a los otros, que lo que daba era porque era empático con el otro, quizá ayudando para evitar mirar hacia mi propia miseria. Y eso sí me da miedo, pensar que quizá todo lo que he hecho no ha significado más que mi ruta de escape, mi evasión, mi desesperado intento por liberarme de la culpa que como roedor desgastaba mi alma. No sé si ese sea el caso, no importa si todo mi mundo es falso porque necesito perdonarme por todo lo que me he hecho, necesito sentir que sí merezco ese perdón, que no voy a vivir condenado por siempre.

Me perdono.