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¿a poco muy muy?

Más fácil es escribir contra la soberbia que vencerla.

Francisco de Quevedo

Apenas unos días atrás un amigo apuntaba que él consideraba que mis mayores pecados —capitales— eran la gula y la soberbia.  La primera es más que evidente, pero me quedé reflexionando acerca de la segunda. No es la primera vez que me señalan algo semejante, así que merece una reflexión.

Si nos centramos en la definición primaria de soberbia: altivez y apetito desordenado  de ser preferido por otros. Parece que contiene 2 partes, una de ellas es la posición por encima de los demás y el deseo de ser preferido por aquellos sobre los que se eleva, por lo que hay una paradoja embutida en ese concepto.

Mis primeros recuerdos están llenos de contradicciones, porque si bien recibí mucha atención y cariño, soy el primer nieto de mi familia paterna y el mi madre es la única mujer entre sus hermanos. También había diferentes expectativas en cuanto a mi persona por parte de todos.  Desde muy temprana edad comencé a sentirme inadecuado, creo que principalmente por no poder entender a los demás, muchas no encontraba relación entres sus actos y sus palabras.

Recuerdo que cuando intentaba hablar de algo con mi abuela paterna ella solamente se quedaba mirándome y me decía que seguramente era un marcianito —sin contestarme otra cosa— o mi tío Mundo que a pesar de su evidente cariño la mayoría de sus palabras eran para corregirme —después me di cuenta de que eso ha hecho con todos sus sobrinos pero entonces dejó una marca que sigo cargando— y me parece que mucho se debe a la manera de expresar el cariño. Entre el machismo de uno de mis abuelos y la orfandad del otro sus demostraciones de afecto eran muy parcas. Pero creo es evidente que la persona que más influencia ha tenido en mi vida ha sido mi madre a quien quiero muchísimo pero algunas veces no consigo comunicárselo y otras fallan los canales de comunicación.

Cuando yo nací ella tenía apenas 18 años y tenía un temperamento volátil muchas de sus regaños o apapachos no dependían de mi conducta sino de humor, pero no sabía que eso pasaba entonces adquirí una compulsión por actuar en busca de su aprobación. Yo veía que ella se la pasaba ayudando a los demás —quizá su forma de ejercer su carrera de trabajo social— acompañaba a las personas al hospital y se quedaba si era necesario, iba a rezar rosarios o ayudaba a preparar comida para las fiestas, ayudaba con los trámites a las demás personas, iba a inyectar o hacía reparaciones de ropa, Quizá esas conductas sean originadas por querer llamar su atención.

Llevo en mi interior una sensación de que si hay algo que no puedo hacer es un fallo en mi persona. me cuesta muchísimo trabajo pedir ayuda, me parece que es porque es por un miedo a ser rechazado justo en ese momento de vulnerabilidad, es mi manera de protegerme contra ese dolor; y aquí es evidente esa contradicción, al no buscar ayuda en esos momentos de necesidad también me he privado de recibir apoyo de las personas que quiero. Aquí quisiera mencionar a mi tía Hortencia, a quien quiero mucho aunque apenas hable con ella, pero siempre que la saludo le doy un abrazo en el que puedo sentir ese cariño así directo y sin escalas, quizá si me expongo más recibiría más de esas demostraciones.

La palabra también tiene otras acepciones como alto, fuerte o excesivo en las cosas inanimadas. Y con seguridad puedo entrar en la categoría de excesivo, además de las otras 2. Tampoco quiero pecar de falsa modestia, una de las veces que fui acusado de soberbio fue cuando le dije a una dama que ella que le estaba otorganod el privilegio de mi presencia, alguna otra persona me reclamaba mi forma de hablar como pontificando, pero nunca ha sido con un aire de superioridad, siempre he intentado tratar de iguales a las personas —también esto ha sido criticado— sin tener ningún prejuicio al respecto.

Y como dijera Mauricio Garcés: Ahí les dejo mi reputación para que la hagan pedazos.

Pégale al gordo

Al que nace para panzón aunque lo fajen de chiquito.

Refrán.

Creo que es tiempo de abordar el tema de la obesidad, hace tiempo surgió el tema en una discusión con una amiga, ella alegaba que siempre iba cargando la obesidad como un estigma que me hacía valer menos, yo quise explicarle que en realidad sí iba cargando un estigma que me hacía sentir que estaba devaluado permanentemente, pero el peso era la manera de disfrazarlo, de cubrirlo, de mantener a las personas a cierta distancia. Que como comentaba en otra entrada ya tenía ese sentimiento insertado en mi inconsciente.

Ya desde mi nacimiento tenía un antecedente, los casi 5 kilos al nacer de alguna manera marcaron un sentimiento general en la familia que sería de grandes proporciones, además al principio mi madre se ufanaba de mi apetito, claro que tiempo después me regañaba por la dificultad que tenía para conseguir ropa de mi talla. Pero, además de ella y de mi abuelo que decía que sumiera la panza, en general hubo silencio al respecto, un silencio que contrastaba con las burlas recibidas fuera de la familia o incluso en algunos grupos dentro de la misma, además como pasé mucho tiempo entre las personas más burlonas que he conocido, recibía multitud de bromas a quemarropa, así que ya en la secundaria estaba más que curtido para transitar por cualquier ambiente sin importar lo hostil que fuera.

También parece que me convertí en el que se come las sobras, siempre que quedaba alguna pieza me la ofrecían insistentemente, asumiendo que yo era el indicado para comerla, y eso ocurrría en las reuniones familiares y en las extra-familiares. Recibía aas porciones  más generosas, la insistencia en que aceptara los postres era mucho mayor y si soltaba una negativa siempre venía inmediatamente la respuesta: “pero si se ve que te gusta”, siempre como muestra de aprecio o de cariño, pero con frases que llevaban alguna referencia a la forma, finalmente era una forma de prejuicio.

Pero el verdadero cambio ocurrió alrededor de los 20 años, aún recuerdo el último día que me sentí satisfecho con mi cuerpo  hasta me tomé una foto para mi credencial, pero lo que ocurría alrededor de esa época detonó y creo que la violencia que salió durante ese tiempo me asustó, y decidí sepultarle en lo más profundo de mi ser y enterrarla bajo gruesas capas de grasa, durante este proceso todos a mi alrededor mostraron indiferencia, como si nada pasara, llegando a la obesidad mórbida sin ningún señalamiento serio por parte de nadie, yo creo que el esfuerzo por mantenerlos a la distancia funcionó. Y este es un patrón que ya había visto en mi padre y mi abuelo, esa violencia contra el propio cuerpo, con algún disfraz pero violencia, era una forma de maltratarse, de purgar la violencia aunque fuera hacia dentro.

Alguna vez dije que sentía discriminación por estar obeso y un amigo me contestó que pronto me sentiría diferente, pero refiriéndose a que iba a bajar de peso no que los prejuicios fueran a cambiar. Porque la cantidad de obstáculos contra los que se tiene que lidiar en este estado puede llegar a abrumar.

Son increíbles las reacciones viscerales que provoca, con qué odio dicen la palabra gordo, incluso cuando las personas se refieren a sí mismas. Parece que es un estado que no de debiera tolerar, es como el mayor insulto y como es una condición a la que se llega voluntariamente se le atribuyen numerosos defectos a las personas que tenemos esa figura. Incluso la frase para expresar desprecio es “me caes gordo”.

Lo primero que pensaron de mí fue que era tonto que era un gordo bonachón pero medio pendejo, durante los innumerables juegos callejeros pensaban que era lento o inadecuado para las actividades físicas, o que era flojo, que era desobligado. Algunas vece me esforcé para demostrar lo contrario, y quizá en otras ocasiones comenzaba a hacerlo siempre, como si tuviera que pagar derecho de piso, como si estuviera pagando por el espacio extra —algún parecido con algunas aerolíneas no es coincidencia—. También es muy común sufrir discriminación a la hora de pedir trabajo, claro que en mi caso lo que obtenían a cambio era tanto que pasan por alto mi peso y muchos otras cosas. No vale la pena molestarse con las personas que deciden si alguien puede entrar a un lugar o no. Pero creo que lo peor que me pasó fue recibir esas críticas justo en el momento del coito fueron suficientes para eliminar la excitación inmediatamente.

Y pues tuve que viajar consciente del espacio que se ocupa en los transportes donde nadie se quiere sentar a mi lado, pero eso también me ha ahorrado el relacionarme con muchas personas que consideran eso suficientemente importante como para no relacionarte con ellos. Contrario al pensamiento general entiendo pefectamente las causas ya sé que es una combinación entre ingesta calórica y gasto de energía, eso es muy claro y supongo que lo es para la mayoría que se encuentre en este estado, que las razones para no hacerlo no son por el entendimiento, y que no es por tener poca fuerza de voluntad es por gastarla en otras cosas generalmente reprimiendo sentimientos, fingiendo emociones o manteniendo alejadas a las personas.

Encontrar las verdaderas razones es lo que cuenta, una vez que entiendes que lo que estás cargando es otra cosa dicen que el camino de vuelta es más sencillo. Espero contarles al respecto.

Solamente quiero agregar que para las mujeres es peor.