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resurgiendo

Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos
Rayuela – Julio Cortázar

as primeras cosas que llamaron mi atención poderosamente fue la calle, y esa fascinación se ha mantenido hasta ahora, a los dos años empecé a ir a la tienda por queso y crema, estaba sobre la misma acera de la casa de mis abuelos pero yo corría para darle la vuelta a la manzana y sentir que me lanzaba a la aventura, a la dueña de la tienda le parecía sumamente gracioso que llegara corriendo y gritándole “Doña Vitorita, mi chaparrita” y no es que estuviera diciéndole un cumplido era aquel refresco de tamaño infantil y sabores uva, piña y mandarina; este último era mi favorito.

De niño me enfermaba frecuentemente, siempre de las anginas, si hacía sol, si llovía, cualquier variable climática me mandaba directo al doctor. Mi padre estaba en contra de que las extirparan, así que probé todos los remedios posibles, y cuando digo todos me refiero a todos, afortunadamente en ese entonces no había tantas curas milagrosas porque de lo contrario me habría tardado mucho más en llegar a la operación, que fue en diciembre para no perder clases, en lugar de eso me perdí la cena de navidad y año nuevo. Pero no volví a enfermarme en 15 años.

Todas mis mascotas murieron trágicamente, mi tuve un pastor alemán llamado Herman que murió atropellado por un camión de la basura, después tuve otro al que nombré Darky que cayó sobre unos cables de alta tensión , tuve 2 pericos (Parménides y Tarumba) que no tenían jaula, andaban libres, pero esa libertad resultó fatal, porque uno pereció por el frío y otro en las fauces de un animal desconocido.Creo que el juguete que más me gustaba era las piezas para armar castillos, todo terminaba inconcluso cuando aparecía mi mamá exigiendo que guardara todo, sin permitirme dejar el castillo a medias para terminarlo al día siguiente. Hay un sentimiento que hay algo incompleto que se asoma de vez en cuando.

Siempre he sido exagerado y me he lanzado en empresas bizarras y gestas no siempre heroicas, cuando, me la pasaba anotado y aprendiéndome las placas, las características de los vehículos y sus conductores para poder ayudar en el combate con el crimen, mi ilusión duró hasta que descubrí que se podían cambiar las placas.

Para la Navidad del 78 junté todo el dinero posible, vendiendo estampas, con juegos de dinero, haciendo mandados comprar algo para cada uno de los asistentes a la fiesta, que era básicamente la familia, fui a comprarlos y aproveché para ir a la papelería para comprar papel y moños desde entonces me di cuenta de que jamás podría envolver algún regalo decentemente., fue la única vez que envolví un regalo para mí, era un balón de fútbol americano y era evidente lo que había bajo la penosa envoltura.

La primera vez que fumé fue el 15 de Septiembre de 1980, y fue porque no querían prestarnos ni cerillos ni encendedor para prender los cohetes y mejor nos dieron un cigarro.

Cuando iba en quinto de primaria mi papá me llevó por primera vez a la feria del libro en el pasaje Zócalo – Pino Suárez, jamás había visto tantos libros juntos, quedé fascinado por la variedad existente, y entonces me dijo que podía comprar cualquiera. Emocionado revisé mucho y escogí uno de matemática discreta, eventualmente llegué a una parte donde necesitaba ayuda para entender algunas cosas, mi maestra de la primaria no pudo ayudarme, ni mi vecino que ya iba a la universidad, bueno el caso es que nadie de mis conocidos podía ayudarme. A partir de entonces traté de saciar mi curiosidad en solitario.

Antes de tener edad para manejar tuve un Chevrolet 51 destartalado, no se podía cerrar y algunas veces había que bajarse para destrabar las velocidades, pero mi papá me dejaba su coche (un mustang 75 fastback amarillo huevo) para estacionarlo así que fui a sacar mi primer permiso para conducir recién cumplidos los 15 años, primero intenté ir a la delegación Iztacalco pero la estaban remodelando así que fui a la Venustiano Carranza, llevaba 5 mil pesos para la mordida, y como no tenían cambio me dejaron el permiso por 3 años cuando solamente lo daban por 6 meses. Por cierto me detuvieron justo el día que vencía, cuando cumplía 18 años y esto sirvió de pretexto para librarme de la multa.

Fui chambelán de mi prima, me tocó bailar un vals y un tango con final trágico (pistola de salva y toda la cosa) usé unos calcetines amarillos el día de la fiesta.

Alguna vez estuvimos planeando un viaje a California donde vivían los padrinos de mi mamá, y un poco antes del viaje mi abuela se enfermó y la operaron del corazón, el viaje se canceló, yo lo vi como una señal. Después al leer Rayuela pensaba que mi vida iba a ser parecida al personaje de Traveler (que a pesar de su nombre no ha viajado mucho), hasta los 28 años solamente había viajado dentro de un radio de 6 o 7 horas en coche de la Ciudad de México. Pero las cosas cambiaron.

Siempre quise tener unos tenis Converse rosas pero nunca encontré de mi número, tenía unos azul turquesa y unos lila, los usaba mezclados y cuando alguien me decía algo al respecto siempre contestaba lo mismo “y en mi casa tengo un par igual”.

Tuve un carro Maverik 75 que se llamaba Napoleón, lo bautizaron con vodka y se subieron toda clase de personas, desde monjas y rectores, mujeres livianas y jóvenes etílicos, hasta 23 personas al mismo tiempo, rara vez era lavado, cuando ponían el encendedor pisaba el acelerador, con él me jugué la vida muchas veces fue el caballo perfecto que todo héroe debe tener. Pero todo se acaba, tuve otros coches (varios de ellos Maverik) pero jamás fue igual.

En mi cartera cargaba una poesía (Poderoso Caballero es Don Dinero) y me servía para que los demás pudieran medir mi estado alcohólico, también cargaba con billete de cien de juguete que estaba de una tamaño del triple del normal y lo sacaba diciendo ¿no tienes cambio de un billete grande?, tenía una moneda de un centavo (era de mi año) que la tenía por si necesitaba echar un volado para decidir algo realmente importante. Ya no tengo ninguna de estas cosas.

Mis cines favoritos eran el Latino y el Manacar, en este último fui a ver el estreno de la primera película de Batman con Tim Burton, fui con mis compañeros de la prepa, todos hacían cómics con ellos mismos como personajes. Y me parece que siempre he estado en grupos a los cuales no pertenezco, alguna vez estuve dando serenata y todos los demás usaban capa (pertenecían a la rondalla), también estuve en un bar con varios periodistas del Mural en Guadalajara, o en el grupo de ajedrez de la Benito Juárez.

Ha habido 2 ocasiones que han cambiado mi manera de percibir el mundo radicalmente, la primera fue cuando usé lentes por primera vez, yo aprendía a leer los letreros lejanos, las rutas de los camiones y taxis borrosos; cuando vi nítidamente lo que me estaba perdiendo fue todo un sobresalto. La otra fue cuando fui al otorrinolaringólogo, uno muy bueno pero caro en las calles de Ejército Nacional y Musset, me lavaron el oído y toda la cerilla que obstruía el canal auditivo salió, no podía creer todo el colorido de los sonidos que escuchaba, cuando se caía una moneda, o lo que estaban hablando en el otro lado del cuarto. Claro que la consulta me costó todo el dinero que llevaba y tenía poca gasolina, solamente tenía un boleto del metro, así que tenía 2 opciones, irme por el periférico y arriesgarme a quedarme varado en un lugar incómodo, o irme por el centro por donde seguramente se acabaría la gasolina pero sería más fácil empujar el coche para orillarlo cuando se acabara. Cerré los vidrios, prendí el radio y me arriesgué, la cantidad de gasolina fue justa, se acabó y con el último impulso quedó estacionado.

Cuando fui a hacer mi solicitud para el examen para la UNAM me encontré con algunas personas en la fila, estuvimos contando chistes un rato y, cuando llegó la hora de las presentaciones, resultó que el primero se llamaba Pedro e iba estudiar Ciencias de la Comunicación, el segundo se llamaba igual e iba a estudiar lo mismo. Por eso entré a estudiar Ciencias de la Comunicación. Me cambié luego de 2 años, primero intenté con lo que puse como segunda opción en mi examen de admisión Letras Clásicas, pero cuando fui a mi entrevista el coordinador de la carrera me dijo que no querían más gente, que no escogiera esa carrera, en la maestría en matemáticas tomé una materia de Teoría de Grupos, a pesar de que el álgebra siempre me ha aburrido un poco, el primer día me di cuenta que me faltaba un poco para entenderla así que revisé el plan de estudio y me di cuenta de que me faltaban 3 cursos, pero en una semana me puse al corriente.

Un día estaba en la calle de Acoxpa, esperando el camión 79 de la extinta Ruta 100, en esas épocas solamente compraba un abono de transporte compartía partiéndolo a la mitad y completando la otra parte con cartón dibujado, mi comida solían ser una pepsi y unos cacahuates japoneses. Se acercó un campesino y me preguntó que cómo llegaba a Tláhuac. Le dí el dinero que había estado atesorando para comprar una torta y lo escolté a la glorieta de vaqueritos y lo encaminé. Siempre he tenido presente el sufrimiento ajeno, pero se hace lo que se puede.

Cuando llegaba a un restaurante donde te ofrecían solamente limonada y naranjada, generalmente pedía ambas. Algunas veces uno puede negarse a escoger. Siempre puede uno negarse a escoger pero las elecciones son las que nos van formando (y no hablo de política).

Necesito la música, aunque he pasado períodos de sequía siempre vuelvo, necesito escuchar y descubrir. De pequeño veía que los adultos siempre se quejaban de la nueva música, se negaban a escucharla realmente. Desde entonces me dije que no quería ser así, y no solamente con la música, cuando te quedas estático aferrado al pasado comienzas a morir.

La cosa de la que más me arrepiento es cuando recibí una llamada donde me preguntaron: “¿está Conchita?” y no respondí “No, estoy con Tarzán” yo sé que jamás se me presentará esa oportunidad de nuevo.

primeros años

Ciertos recuerdos son como amigos comunes, saben hacer reconciliaciones.

Marcel Proust

La noche previa a mi nacimiento, mi madre jugaba dominó con mi padre, mi abuelo y mis tíos. Su embarazo plagado de antojos de mango manila y hamburguesas llegaba a su fin. Los tres gustos mencionados los heredé.

Los primeros años viví en la casa de mis abuelos en un cuarto al fondo, dormía al lado izquierdo de la cama de mis padres y enfrente había un ropero de colores verde pistache y beige (o hueso), cuando se apagaban las luces me imaginaba vívidamente que había dos caballeros (uno blanco y uno negro) custodiando el ropero. Me daba miedo pero nunca dije nada al respecto.

El primer sueño que recuerdo fue en caminar descalzo en el patio y estar rodeado de protozooarios que flotaban en el aire todo bajo una luz clara de madrugada. Nunca volví a soñar lo mismo.

De mi primer cumpleaños hay una grabación en película de 8mm donde es evidente que hablaba demasiado, me la pasé atosigando a los niños que estaban a mi lado antes de apagar las velitas y cortar el pastel en forma de cancha de fútbol con todo y jugadores que mi mamá había encargado especialmente suponiendo que heredaría ese gusto de todos mís tíos y mi papá (no sucedió).

Me gustaba la aventura, a los dos años me dejaban ir a la cremería por queso, estaba en la misma cuadra y vigilaban mi trayecto pero yo me sentía libre y daba la vuelta corriendo. También iba a la tienda al lado de la papelería del Chere y gritaba “Doña Vitorita, mi chaparrita”. La de mandarina era mi favorita.

Acompañaba a mi mamá a la panadería, no estaba tan surtida como la Esperanza. Comprabamos un bolillos y pan dulce. Cuando había feria de regreso pasábamos y nos subíamos a las tasas. Siempre pude aguantar las vueltas, me gustaba el vértigo.

Me compraban cuentos de Walt Disney, En particular los de Rico McPato y los chicos malos. No sabía leer así que le preguntaba a mi mamá lo que decían. Así aprendí a leer, como de bulto. No por sílabas como acostumbraban.

La semana santa del 75 fue cuando viví las guerras de agua, todo con mi papá y sus hermanos, no me importó que me fuera a enfermar y recibir inyecciones, quedé empapado en el patio, feliz.

Solía acompañar a mi mamá en sus viajes, cotidianamente íbamos a Cuernavaca, saliendo de la terminal del sur, comíamos una torta y un boing de lata. O íbamos a Tacuba, nos íbamos en metro, como recién había sido el accidente en la estación viaducto, los asientos todavía estaban acolchonados y algunas personas aún fumaban en los vagones.

 

 

 

Septiembre, mes de la patria

Ninguno ama a su patria porque es grande, sino porque es suya.

Séneca

Mis padres se casaron en septiembre, lo que me convierte oficialmente en un sietemesino de proporciones colosales, su luna de miel fue desviada de la playa debido a un huracán, tan comunes en este mes.

El 18 de septiembre de 1985 pinté la fachada de la casa porque mi madre había organizado una fiesta para su cumpleaños (ella es del 19 de septiembre) esa noche cayó granizo perjudicando un poco la pintura, pero los movimientos telúricos de los días siguientes se encargaron de cancelar la fiesta. Tan desafortuados han sido los intentos de celebración que sus 50 años los celebró en febrero.

El año siguiente de esa funesta manifestación de la naturaleza probé el sabor amargo de la inmortalidad que venía acompañado de una maldición, los siguientes años recibí una huevazo de harina o confeti que solamente conseguí romper encerrándome en mi cuarto.

En el año 1997 fue un nuevo comienzo tras un desquebrajamiento amoroso, un abandonar los lugares frecuentados, comencé los trámites para mi titulación, me llevó mucho tiempo juntar todos los pedazos para estar completo de nuevo.

En el 2008 en el cumpleaños de mi madre firmé los papeles de divorcio, frente a la alameda, al salir del juzgado caminé sobre el eje central reflexionando sobre todo lo que había pasado, ya entonces había cambiado de departamento que se convirtió un lugar de fiesta, completamente personal.

Hace dos años, en este mes, decidí regresar, retomar a mi familia, mi patria y el amor. Tenía la ilusión de recomenzar, lanzarme al vacío y contruir algo nuevo. quizá hasta engendrar a la depositaria de esta herencia. Las cosas no salieron como pensaba, entre las circunstancias y los silencios tomé una difícil decisión luego de un viaje difícil. Hoy es su día y jamás tuve acceso a él.

Hoy mi ciudad se viste de colores y hay miles de luces tratando de alegrar mi luto silencioso. Aún si este mes ha sido ingrato, hay que celebrar.

 

la memoria a cuestas

El olvido es más tenaz que la memoria

Farabeuf – Salvador Elizondo

¿Recuerdas?

Es una pregunta que tiene un sinnúmero de respuestas.

Cuando la respuesta es “no”  Algunas personas la pueden encontrar terrorífica quizá por sus implicaciones durante la época de exámenes, o como un alarmante signo de que el alzheimer nos llega. Pero también puede ser una respuesta que indica que el dolor pasado quedo ahí. Otras veces puede indicar una falta de interés al respecto.

Yo suelo recordar demasiado.

Los recuerdos suelen venir con sensaciones y sentimientos, algunas veces con olores y colores, siempre con imágenes muchas con sonido; es como empezar a sacer un hilo y jalar, vienen muchas más cosas, conectadas con otras en una maraña mucho mayor que cualquier telaraña que haya visto.

Muchas veces son recuerdos dolorosos, y el hecho de poder traerlos al presente y revivir las sensaciones puede resultar muy conveniente para la escritura pero no para el ánimo o la convivencia. Pero creo que estos recuerdos se pueden reinterpretar, o al menos verlos de una manera menos dañina. Otras veces los recuerdos son como un sonrisa del pasado, como bañarse de nuevo en esa luz que brilló intensamente. En general son experiencias que nos sirven como instrumentos de navegación.

Un día durante un juego de fútbol en el retorno, eran los primeros días y los piracantos aún no crecían lo suficiente para dividir el cemento del pasto, recibí una zancadilla que me catapultó lo suficiente para caer con la mitad superior de mi cuerpo en el pasto. La casualidad quiso que mi padre saliera en ese momento, justo para regañarme frente a mis compañeros de juego con un “ya te dije que no anduvieras jugando en el pasto”, seguramente el regaño injusto y las burlas de los demás ayudaron a que el incidente y los sentimientos alrededor de él quedaran fijados en mi memoria.

Durante una de muchas idas al cine a principios de los años 90s —julio de 1991— en la película “El misterio de Von Bülow” con Glenn Close y Jeremy Irons a media película recordé un reportaje que salió en la revista Vanidades —una lectura habitual de mi madre— de la demanda de los hijos en contra de su padre, luego de que éste hubiera sido absuelto por segunda vez de la acusación de haber matado a su esposa. Que estaba justo antes de un reportaje con fotos del la fiesta de 21 años de Brooke Shields que fue en un Chippendale cuando ella se encontraba estudiando en Princeton. Encontrar conexiones como esta me produce gran placer, es como encontrar esos hilos que conectan el universo.

Mi primer viaje a Los Angeles fue a la presentación del disco Parlour de Darling Violetta, mi plan original era usar el transporte público, pero en un impulso súbito me subí a uno de esos autobuses que te llevan a las agencias que alquilan coches y alquilé uno, salí del aeropuerto sin mucha noción de dónde estaba, luego de avanzar medio a la ciega pude ver el letrero de Sepúlveda Blvd lo que me recordó la película de Volcano con Tommy Lee Jones y Anne Heche. Y seguí el camino contrario a la lava por “Bayona Creek” hasta La Brea, ese fue mi instrumento de navegación.

Y estos ejemplos se repiten sin cesar.

 

 

 

 

¿a poco muy muy?

Más fácil es escribir contra la soberbia que vencerla.

Francisco de Quevedo

Apenas unos días atrás un amigo apuntaba que él consideraba que mis mayores pecados —capitales— eran la gula y la soberbia.  La primera es más que evidente, pero me quedé reflexionando acerca de la segunda. No es la primera vez que me señalan algo semejante, así que merece una reflexión.

Si nos centramos en la definición primaria de soberbia: altivez y apetito desordenado  de ser preferido por otros. Parece que contiene 2 partes, una de ellas es la posición por encima de los demás y el deseo de ser preferido por aquellos sobre los que se eleva, por lo que hay una paradoja embutida en ese concepto.

Mis primeros recuerdos están llenos de contradicciones, porque si bien recibí mucha atención y cariño, soy el primer nieto de mi familia paterna y el mi madre es la única mujer entre sus hermanos. También había diferentes expectativas en cuanto a mi persona por parte de todos.  Desde muy temprana edad comencé a sentirme inadecuado, creo que principalmente por no poder entender a los demás, muchas no encontraba relación entres sus actos y sus palabras.

Recuerdo que cuando intentaba hablar de algo con mi abuela paterna ella solamente se quedaba mirándome y me decía que seguramente era un marcianito —sin contestarme otra cosa— o mi tío Mundo que a pesar de su evidente cariño la mayoría de sus palabras eran para corregirme —después me di cuenta de que eso ha hecho con todos sus sobrinos pero entonces dejó una marca que sigo cargando— y me parece que mucho se debe a la manera de expresar el cariño. Entre el machismo de uno de mis abuelos y la orfandad del otro sus demostraciones de afecto eran muy parcas. Pero creo es evidente que la persona que más influencia ha tenido en mi vida ha sido mi madre a quien quiero muchísimo pero algunas veces no consigo comunicárselo y otras fallan los canales de comunicación.

Cuando yo nací ella tenía apenas 18 años y tenía un temperamento volátil muchas de sus regaños o apapachos no dependían de mi conducta sino de humor, pero no sabía que eso pasaba entonces adquirí una compulsión por actuar en busca de su aprobación. Yo veía que ella se la pasaba ayudando a los demás —quizá su forma de ejercer su carrera de trabajo social— acompañaba a las personas al hospital y se quedaba si era necesario, iba a rezar rosarios o ayudaba a preparar comida para las fiestas, ayudaba con los trámites a las demás personas, iba a inyectar o hacía reparaciones de ropa, Quizá esas conductas sean originadas por querer llamar su atención.

Llevo en mi interior una sensación de que si hay algo que no puedo hacer es un fallo en mi persona. me cuesta muchísimo trabajo pedir ayuda, me parece que es porque es por un miedo a ser rechazado justo en ese momento de vulnerabilidad, es mi manera de protegerme contra ese dolor; y aquí es evidente esa contradicción, al no buscar ayuda en esos momentos de necesidad también me he privado de recibir apoyo de las personas que quiero. Aquí quisiera mencionar a mi tía Hortencia, a quien quiero mucho aunque apenas hable con ella, pero siempre que la saludo le doy un abrazo en el que puedo sentir ese cariño así directo y sin escalas, quizá si me expongo más recibiría más de esas demostraciones.

La palabra también tiene otras acepciones como alto, fuerte o excesivo en las cosas inanimadas. Y con seguridad puedo entrar en la categoría de excesivo, además de las otras 2. Tampoco quiero pecar de falsa modestia, una de las veces que fui acusado de soberbio fue cuando le dije a una dama que ella que le estaba otorganod el privilegio de mi presencia, alguna otra persona me reclamaba mi forma de hablar como pontificando, pero nunca ha sido con un aire de superioridad, siempre he intentado tratar de iguales a las personas —también esto ha sido criticado— sin tener ningún prejuicio al respecto.

Y como dijera Mauricio Garcés: Ahí les dejo mi reputación para que la hagan pedazos.