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Los orígenes de la Herencia de Miranda

A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, los que no componen música o pintan, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana.

Graham Greene

Aún desde niño tuve la necesidad de sacar lo que llevaba dentro de alguna forma, al principio fue dibujando con resultados desastrosos, luego escribía placas de coches, mapas con flechas y garabatos en las agendas de Santiago Textil que le regalaban a mi padre. O los laberintos en las últimas páginas de mis cuadernos. Pensaba que eso sería una información valiosa en el futuro, que podría entender descifrar secretos y plasmarlos en papel.

Hubo muchos intentos sueltos hasta que en plena adolescencia me atrapó un sentimiento del que no me pude deshacer y dejé algunas cosas escritas, algunas de esas hojas aún las conservo.

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Justo el año siguiente fue uno de los más complicados y más documentados, quizá todo lo escrito en un diario ex professo que no necesitaba para revivir el dolor o los pormenores sufridos. Cuando veía a mis amigos tan ajenos a lo que ocurría, no recordaban cosas de unos meses atrás, pensaba que seguro no iban a recordar nada después y que yo era el encargado de tomar nota de las aventuras del grupo, por decirlo de alguna forma, pero también había muchas cosas que sentía y no conseguía explicar ni siquiera escribir pero algunas sentimientos se filtraban entre las letras. El diario fue destruido hoja por hoja como un ritual de renacimiento.

Pasó algún tiempo para que volviera a hacer un ejercicio de registro de actividades, La siguiente vez fue de manera virtual en LiveJournal, de los early adopters, la comunidad de México era muuy pequeña y todos nos leíamos aunque discretamente. Recuerdo que mis escritos eran demasiado crípticos, sin considerar en absoluto una audiencia. Y escribía primordialmente en inglés, creo que se me hacía mucho más fácil abordar los sentimientos en otro idioma, necesitaba una especie de lejanía para sacarlos a la luz. Entonces era muy hermético, dejando apenas vislumbrar algunas cosas, pensaba que mis amigos no me conocían del todo, que había fragmentos de mi persona esparcidos entre diferentes personas y algunas veces me preguntaba si, en caso de una muerte, se hubieran juntado para armar el rompecabezas. Es triste, y algo decepcionante, admitir que no lo harían.

Comencé haciendo unas notas en facebook referentes a los juegos, una especie de notas con explicaciones de cómo jugarlos, dirigidos a una posible hija, pero me di cuenta que siempre terminaba colándose información referente a mí, que se filtraba mi vida al hablar de esos juegos, así que comencé a ampliar los temas que publicaba. Entonces encontré un curso de autobiografía novelada en el Claustro de Sor Juana con la maestra Rosa Nissan, fue un curso que disfruté muchísimo, las últimas clases las tomé ya trabajando en Brasil. Fue un curso lleno de arlequines, lo primero que aprendí es a encontrar la propia voz, este fue uno de los aprendizajes más importantes, la forma de exhibir que sea solamente mía, sin importar que no me dedique a ello profesionalmente.

Encontré a una multitalentosa habitante del livejournal, nos leímos por tanto tiempo y es la primera vez hablamos frente a frente ahí también encontré un tocayo poeta con  animal místico y me tocó vivir con ellos encuentros memorables e intensos, aún los sigo considerando hermanos cósmicos. (Xaguar, Lark, <3)

Con ellos descubrí lo diferente que soy, que mi camino era otro, que carecía de el talento de ambos pero el mensaje que quería mandar es importante y la forma de transmitirlo de alguna manera me describe, por eso decidí crear un blog en wordpress para escribir las cosas que quiero decir, lo que quiero que permanezca. Algunas veces quizá he cometido indiscreciones pero algunas cosas tienen que ser nombradas.

Y aquí sigo.

 

 

 

Al maestro con cariño

El que en un arte ha llegado a maestro puede prescindir de las reglas.

Arturo Graf

Durante los últimos años de su vida mi papá solía felicitarme cada 15 de mayo sin importarle que llevara mucho tiempo de no dar clase, está entrada se la quiero dedicar al aprendizaje. He tenido diversos maestros y de todos he aprendido algo, porque creo que la labor docente no consiste en mostrar los conocimientos sino el ayudar a encontrar el camino.

La maestra Lulú fue mi primer encuentro con una docente, tuvo el acierto de mantenerme ocupado, de ponerme más y más trabajo conforme lo iba terminando, sin importarle que fuera demasiado adelantado al grupo, yo creo que entendió que dejarme ocioso no era una buena idea, la única vez que me quedé sin nada que hacer terminé enfrascado en una pelea donde perdí un diente. Otra maestra —de apellido Luna— cuando compartió información de su familia me mostró cuando revelas alguna parte oculta das la oportunidad de crear un vínculo con los alumnos. A mi maestra “Amanda Miguel” la conocí fuera del salón —le dábamos un aventón— y era muy raro observar el cambio. La maestra Maricarmen —un nombre repetidísimo entre las maestras de primaria— lloró en alguna ocasión por mi culpa haciendo lo que le importábamos.

Mi maestro “Pepe Celaya” nos enseñó a doblar un saco para guardarlo en una maleta y nos encomiaba al ahorro del agua. O el “Chachalaco” —referencia etílica— que nos mostró la amenaza como medio de motivación o el maestro “Demetrio” —de metro y medio— en cuya clase la falta de estudio podía terminar en una humillación pública. Y el “abedul” observó tres años seguidos mi nulos esfuerzos en las artes plásticas —y jamás me dio alguna indicación—

¡Cómo olvidar mis clases de Física! Donde M. jr —hijo del inamovible maestro de Química— nos enseñó a respetar a los demás compañeros, así que cuando teníamos que corregirlos teníamos que comenzar con la frase: “compañero, me parece que usted la está cagando”, en ese mismo curso, en la clase de Historia, recibíamos un trato personalizado —cada uno recibía un apodo— de parte del mismísimo profesor “cuchi-cuchi”. Cuando el “Cachirulo” se cayó durante la clase de matemáticas todos corrimos a ayudarlo y lo llevamos a la enfermería preocupados —cualquier otro maestro habría recibido al menos uno 50% de burlas— su dedicación era una enseñanza de que se puede ganar el respeto y cariño de los alumnos.

Mi paso por la FCPyS de la UNAM fue marcado por la épica María de Lourdes Quintanilla Obregón que me enseñó lo fiero que es el conocimiento, que para conocer la historia uno hurga en todas las fuentes posibles y después interpreta y decide; y esta es una labor personal.  Eliseo Diego me enseñó un pedazo de poesía cuando interrumpí dramáticamente su clase. En ambas facultades —Ciencias y Ciencias Política— me conmovieron los intentos de algunos maestros para que me quedara. Y tengo que agradecer a Arturo Nieva, que fue mi asesor de tesis y de maestría, tuvimos innumerables pláticas conde se mezclaba lo abstracto con lo mundano.

Feliz de regresar a tomar clases luego de un largo tiempo encontré a la maestra Rosa Nissán cuya clase me iluminó el alma y me animó a comenzar con este blog, pero lo más importante es que debemos encontrar nuestra propia voz, fui testigo de la metamorfosis un compañero en una sola clase. También mi reciente incursión en la fotografía de la mano de  Melissa Szymanski quien no se guardaba ningún comentario y nos compartía fielmente sus experiencias, sin filtrar nada, como un torrente que no cesaba.

No fui un alumno promedio, no solamente alcanzaba a entender lo que los maestros querían enseñar, también las palabras que decían, lo que mis compañeros entendían y el lugar donde se rompía ese lazo. Creo que esto me permitió dedicarme mostrar el camino a algunos más. Entonces también aprendí muchas cosas de los alumnos:

La primera lección —y la más importante— es que no hay ningún concepto que no pueda ser entendido, todo depende de la forma de explicarlo, lo que hace la labor docente más interesante, con más responsabilidad; esto no exime de responsabilidad a los alumnos. Confieso que hubo un alumno con el que no logré del todo enseñarle ese camino, fue al primo de un amigo aficionado al tequila almendrado en garrafa de plástico, enseñarle los quebrados fue una labor titánica.

Muchas de las veces que di clases fueron particulares, alguien que quería pasar un examen de admisión o que necesitaba alguna calificación específica para su promedio, incluso unos que necesitaban sacar buenas calificaciones para obtener un premio.  Esa es otra lección, es importante saber para qué quieren el conocimiento, es más fácil enseñar para solamente pasar lo que quieren, porque si no hay interés es mucho más difícil.  Ahora algunas veces lo difícil es la atención, por ejemplo mi primo José Carlos no tenía problema alguno en entender las cosas, pero sí en concentrar su atención. Otra cosa que aprendí es que el miedo se puede quitar con un acercamiento paulatino, porque casi siempre proviene de una asociación que cuando es confrontada con calma suele desaparecer.

Cuando tienes la oportunidad de interactuar con muchas personas distintas tienes la oportunidad de asomarte a diferentes mundos y al reflejo que ellos tienen en ti, cuando hay alguna característica que te haga saltar, enojar, o alguna reacción irracional, sabes que tienes un problema interno que es reflejado con esa característica.

Recuerdo el tiempo que estuve en el taller de matemáticas fue el tiempo que más disfrute, cuando llegaban las personas a preguntar libremente y de cualquier cosa, fue cuano más problemas resolví, algunas veces recibía la misma pregunta en múltiples ocasiones, pero la manera de explicarla era diferente cada vez, incluso algunos de mis alumnos terminaron como amigos que aún conservo.

En algún tiempo pensé que esa sería mi vocación, me imaginaba una mezcla de las películas de Simitrio y Al maestro con cariño con el cuento de Luvina y en algún momento lo abandoné, no estoy seguro de lo que dejé atrás o de lo perdí, si todavía puedo hacer alguna diferencia, por eso quiero mandar una felicitación a todos mis conocidos que siguen en esa labor harto ingrata.