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Peregrinar

El buen vino, resucita al peregrino.

Refrán

Mi familia es devota de la virgen de San Juan de los Lagos, solían hacer una peregrinación de Salamanca a San Juan de los Lagos los últimos días de enero. Principalmente porque diciembre era el mes con más trabajo, el primer mes era el menos ocupado y todavía sobraba algo de las ganancias decembrinas. Yo caminé el trayecto en un par de ocasiones, la primera a los once años, cuando faltar un par de semanas a la escuela era irrelevante, la segunda a los 17 cuando fue la contingencia ambiental por un mes.

Llegábamos a Salamanca con la familia, y hacíamos el firme propósito de salir temprano al día siguiente para no caminar bajo el sol. Pero mis tíos Juan y Jesús sacaban sus guitarras y comenzaban con la bohemia, con todo tipo de música, hasta algunos tangos para que el trago deslizara con mayor facilidad.

Nunca es fácil comenzar con un trayecto bajo el sol y menos con la cruda encima, por eso el letrero que anunciaba que la distancia a recorrer eran 17 kilómetros sonaba a burla. Caminábamos al lado de la carretera en el sentido contrario al de los automóviles, por seguridad. Al llegar a Irapuato nos acomodábamos a dormir en un techo al lado del estadio.

El camino a Silao es un pedazo de carretera y luego tomamos el sendero junto a la vía del tren, o caminando sobre los durmientes. Generalmente caminan sobre las vías los que tienen el paso muy corto (de la distancia entre durmientes) o los que , como yo, nos vale madre el terreno. Basta un zapato adecuado, porque una mala elección puede causar que quedes lleno de ampollas. Era común decir que cada ampolla representaba un pecado que se expiaba durante el camino.

La primera vez en Silao, todos teníamos demasiada hambre y no había muchas opciones para comer, todavía no se encendía el anafre así que en una ocurrencia brillante de mi tío Raúl rodeó un bolillo con una tortilla. Aún en ese entonces la naturaleza chilanga salía a flote.

El camino de Silao hacia León es pesado, al menos psicológicamente, la carretera no tiene curvas, únicamente pendientes. Lo peor de todo es que cuando ves el aeropuerto piensas que estás cerca, pero aún faltan tres horas de camino, al menos.

En esa parte del camino comienzan los que reparten café, té de canela, naranjas y hasta comidas completas. Porque antes de ese punto los precios de la comida son muy elevados y hasta el agua la cobran cara, incluso si tiene tierra.

En esa parte, la primera vez que fui cometí el error de tomar un atajo, de pedir aventón y no caminar ese trayecto, aún bajo la advertencia de que la virgen era muy estricta con el cumplimiento de las mandas. En mi segundo viaje tuve un tropezón que lastimó mi tobillo, se hinchó tanto que tuve que cortar mi pantalón. Y caminar casi renguendo todo el camino restante (justo lo que no había caminado la primera vez), sané milagrosamente al llegar a León.

Siempre nos deteníamos ahí una noche, nos quedábamos en un hotel, para bañarnos, dormir en una cama e ir a la feria. No importaba el cansansio, nunca dejábamos ir esa oportunidad.

La segunda parte del trayecto comenzaba con un plato de frijoles en unos puestos que se encontraban en un lugar llamado la i griega, porque era la unión de dos carreteras, después de eso nos adentrábamos en la poca espesura del paisaje.

Llegábamos todavía de noche al Cerro de las Cruces y esperábamos a que clareara el día para poder bajar por los intrincados caminos de piedra, pasábamos al lado del Cerro de la Mesa cerca de un arroyo frío donde había algunos puestos de comida, mis tíos pedían leche caliente, atole o café. Yo era el único que buscaba algo frío. el probela con los esquimos era que si volteabas el vaso no se caían, era más difícil beberlos.

Al incorporanos de nuevo a la carretera el trayecto estaba lleno de peregrinos,el paso por la Puerta del Llano era entre ríos de gente, y la gente que repartía comida y daba ayuda a los peregrinos también era abundante, el auténtico espíritu religioso estaba en el aire.

En el trayecto final se unían algunas personas más, ese último caminar que culminaba con la entrada a la iglesia te iba llenando de un sentimiento de satisfacción como si una proeza se terminara, y de alguna forma era así.

se te va el tren

Entre los carriles de las vías del tren, crecen flores suicidas.

Ramón Gómez de la Serna

Los ferrocarriles en México comenzaron a construirse durante el período de Anastasio Bustamente pero no fue hasta Don Porfirio que los trayectos crecieron en verdad, —casi 40 veces los existentes— situándolo como uno de los principales transportes masivos.

Crecí escuchando historias al respecto como mi tía Luisa que de niña su mayor diversión consistía en ir a mirar el tren, de joven se entretenía rompiendo corazones incluso me tocó presenciar como rechazaba ofertas de matrimonio —cuando yo nací ella ya tenía más de 60 años—, en su juventud uno de sus pretendientes al enterarse de que ella se iba corrió a alcanzarla e intentó saltar al tren en el que partía, con tan mala fortuna que perdió una mano. Mi abuelo materno emigró de su natal Salamanca colgado debajo de un vagón del tren, contaba que muchos accidentes eran cuando se quedaban dormidos. De niño, cuando iba a Salamanca a visitar a mi familia —que vivía frente a las vías del tren— cuando íbamos a la fiesta de San Gonzalo me ponía a contar el número de vagones de los trenes de carga mientras comía lechugas. Si a eso le sumamos la cantidad de historias que transcurren en un tren el resultado era una ilusión por viajar en él.

La oportunidad vino tiempo después, un amigo estuvo un tiempo en un seminario en Querétaro —con el estadio corregidora nuevecito todavía— decidí visitarlo usando una ruta de tren dominical —también llamado corregidora— eran 3 horas. Salí temprano casi directo de la fiesta de mi primo Carlos, me fui disfrutando el camino y no acepté ir al carro comedor porque no tenía hambre, me arrepentí porque me hubiera gustado conocerlo, lo dejé para el regreso. Luego de pasar el día con él durante el regreso apenas transcurrieron algunos durmientes me contagiaron el sueño —la verdad no había dormido nada desde el viernes— me despertaron al llegar a la estación Buenavista, Buenavista, Buenavista; me perdí conocer el vagón comedor.

La segunda vez fue durante una práctica de campo se juntaron grupos de demografía, muestreo y hasta unos colados de pensiones convencí a mis amigos de irnos en tren —nos íbamos a hospedar en Guanajuato y la práctica iba a ser en Silao— compramos boletos en segunda clase que eran muy baratos, cuando me encontré con mis compañeros en la estación (Mónica, Chela, Verónica y Raúl) ¡todos traían al menos 2 piezas de equipaje! Viajar en segunda es mucho más divertido, a Mónica le dio tiempo de ligar un par de veces en ese tiempo tan corto porque, a pesar de la fama de impuntal que tenía los trenes, debo reconocer que en ninguna ocasión salió del horario publicado y en ese viaje eso nos jugó en contra porque llegamos demasiado temprano a Irapuato, tuvimos que tomar un camión. El viaje fue por lo demás divertido. El viaje fue justo a tiempo porque el servicio de pasajeros se suspendió poco después.

El error del año 2000 Y2K amenazaba con destruir a la humanidad pero una de las pocas consecuencias que tuvo fue que el sistema facturación de una empresa cuya sede era la terminal de Pantaco así que durante un tiempo mi ruta pasaba por el metro Cuitláhuac y la avenida del mismo nombre para llegar al Gigante —ahora Soriana— ahí fue cuando tuve contacto con los transportes de carga y su logística tan eficiente que la llevaron a terminar en el olvido, me sorprendió particularmente el hurto de un contenedor que se encontraba en medio de varios contenedores apilados, también me tocaron un par de amenazas de bomba.

A fechas más recientes me tocó ir de Buenos Aires a la ciudad de Tigre en el tren de la costa en un viaje muy pintoresco y con un grupo heterogéneo, muy diferente de lo que había pasado.

Quizá sea un transporte anticuado —por eso Charly García no va en tren, sino en avión— y los trenes ya no son aquellos animales mitológicos de los que hablaba Sabina, y no existe más el expreso de Oriente de Agatha Christie; pero aún se le llama último tren a esa oportunidad que no regresará, hablamos del tren de vida y las solterona son a las que ya se les fue el tren. Quizá me hubiera gustado tener una tren de juguete tan grande como el que había en el Liverpool del centro, quizá haya desaparecido aquella mirada mestiza entre el barullo de las estaciones, tal vez jamás podré recuperar el artwork del  cd que contenía la siguiente canción —y contenía fotos en un tren abandonado— pero seguiré asociando a los trenes con las despedidas.

Algo De Un Tren

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