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Cantando bajo la lluvia

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de somnolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.

Federico García Lorca

Han sido días lluviosos y, debido a la contingencia, he trabajado con una ventana frente a mí. He podido ver el cielo cambiar, el viento rugir y la lluvia caer. Algunas veces la combinación es tal que tengo que mantener las ventanas cerradas y ahogarme en un calor que me impide dormir.

Pero la lluvia evoca muchos recuerdos, el olor después de mucho tiempo bajo la lluvia, la sensación de la ropa empapada sobre la piel, el ruido errático, la estática alrededor.

De niño estar bajo la lluvia me garantizaba una dosis de penicilina para aliviar mis anginas (tanto que después iba la gamaglobulina añadida), después de que amigdalectomía me pude dar ciertos lujos, como el de acostarme bajo un poste de luz, cubrir la luz con las manos y jugar a la guerra de las galaxias.

Ya en la secundaria recuerdo casi al final de cursos regresar a casa bajo una lluvia pertinaza. Salir al finalizar la tarde por pan y luchar por mantener la bolsa de papel seca. Jugar fútbol bajo la lluvia en el campo Santa Ana 1.

Algunas veces las lluvias torrenciales inundaban el taller del la parte de atrás de la casa y era necesario salir, y empaparse para destapar la coladera y barrer el agua. Me robaron los limpiaparabrisas en el estacionamiento de la tienda del ISSSTE que está en el cruce de Tepetlapa y Escuela Naval Militar. Duré casi un año sin limpiaparabrisas, únicamente con una bolsita de detergente roma para las emergencias; siempre que me decían: “¡No manches! ¿a poco ves?” siempre les contestaba que no -era verdad- pero que usaba la fuerza para manejar.

En la universidad cuando amanecía lloviendo era cuando llegaba temprano, animado y despierto a la clase de siete. Algunas veces el transporte se dificultaba, un día tormentoso cerca del estadio azteca buscaba algún transporte que me llevara, pero nadie quería que empapara su pesero y mucho menos su taxi: tuve que caminar hasta Cafetales para tomar el trolebús -desde siempre mi trasporte favorito- al subir, estaba vacío me fui a sentar en el último asiento dejando el piso lleno de agua.

Mis rumbos laborales fueron por el poniente, y cuando la lluvia arreciaba el regreso no era fácil, en ciertas ocasiones que decidía caminar al metro Auditorio algunas veces no conseguía llegar seco. Otras veces el tráfico se tornaba imposible.

Después de un viaje a Acapulco, de regreso con mi compadre y los hermanos Miranda, la lluvia nos acompañó por el camino, El auto tenía un cortocircuito que ocasionaba que cada cierto tiempo se apagaran las luces y dejara de funcionar el limpiaparabrisas, mi compadre y algún hermano venían nerviosos, pero yo ya sabía cómo manejar sin ver.

Durante mi estancia en Sao Paulo, donde las lluvias son frecuentes, me vi envuelto en muchos aguaceros violentos pero nunca muy duraderos, una vez en la ciudad de Paulinía durante un festival musical me tocó tanta lluvia que terminé enfermo, pero embriagado de música.

Al referir este útimo episodio, donde fui abandonado de último minuto, no solmente me dejó sin compañía sino sin cámara por lo que no tengo casi ningún testimonio de esa experiencia. Me doy cuenta de que no he tenido la oporturnidad de bailar bajo la lluvia con nadie, quizá sea algo que tenga que vivir solo.