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¿Bajas en la que sigue?

Pino Suárez tu estación del metro es mi prisión

Heavy Metro – Botellita de Jerez

Mi reincorporación paulatina a la vida cotidana ha sido lenta, comezar a hacer lo que se hacía cada día ahora disminuído, con algunas restricciones, al comienzo con bastón en mano y dolor en la pierna. Uno de los más significativos momentos es el retomar la movilidad. Porque mucha de mi vida cotidiana pasa por mis traslados, el trajinar es parte de mi vida.

Viajar en transporte público implica llegar a un destino diferente de tus compañeros de viaje, algunas veces ellos se interponen en el camino de salida, otras veces tú en el suyo, cuando los peseros eran automóbiles genéricos, sedanes de cuatro puertas, con un cordel de tendedero en el asiento trasero, al llegar al destino tenían que pedir al que se encontraba al lado de la puerta permiso y todos a su derecha bajaban para dejarlo salir, muy civilizado aunque tardado, pero eso tiene mucho tiempo que terminó, primero en las combis —ichi ban o cualquiera que sea el nombre de moda— es evidente que el diseño automotriz no consideró mis dimensiones, el trayecto del metro Observatorio a la fuente de petróleos es demasiado tortuosa, entre encoger las piernas, agarrarme para evitar arrastrar o aplastar a los que se sientan a mi lado quedo exhausto, este ya lo evitaba antes. El microbús tiene un buen asiento, que el el que queda al final del pasillo, los demás apenas sirven para acomodar una de mis piernas en diagonal, hacer doble fila en el pasillo central resulta mucho menos fácil de lo que los ayudantes del chofer claman.

Algunos choferes de la extinta ruta 100 aún manejan los pocos camiones que aún circulan, son más amplios pero eso permite que el amontonamiento de gente sea aún mayor, recuerdo una vez que fui al centro con Paco —pa’ mi primo, lo que sea mejor— y llegamos a la terminal de Taxqueña —así con X como debe de ser— entonces la puerta que daba al paradero estaba abierta, ahora hay que subir en las escaleras y pasar por un puente y descender en el pasillo donde están formados los peseros, cada pasillo tiene una letra, pero en ese entonces era un desmadre y tomamos un camión y quedamos atrapados justo en el centro, yo todo el trayecto venía pensando ¿cómo le vamos a hacer para bajar? en aquellos años ese camión recorría varios recovecos, al final solamente nos pasamos una parada y nos bajamos en la Carmen (Serdán).

Mi transporte favorito es el trolebús, no invaden carriles, la velocidad es más o menos constante y la neurosis del conductor es mucho menor, antes se enojaban cuando subíamos 5 personas y pagábamos juntos, como el pasaje costaba 60 centavos y nunca había cambio —no se depositaban sino tenía una cajita de madera con orificios del tamaño de las monedas— generalmente recibían el pago de 1 peso. Pero siendo 5 el total eran 3, esa pérdida de dos les sacaba una mueca, as eso le sumamos que un día de lluvia torrencial, donde ni los peseros, ni los taxis, ni los camiones me hacían la parada para que no empapara su transporte, un trolebús sí me permitió subir, ganándose mi cariño por los siglos de los siglos. Mi aventajada edad me permitió viajar en tranvía, que podría ser mucho más parecido al tren ligero que no lo he ocupado mucho, siempre lleno y sospecho que la ilusión que viajaba en tranvía ya no se anima a viajar en tren ligero.

La afluencia de personas que transita en el metro es descomunal, he corrido con la fortuna de vivir cerca algunas veces de la línea 3 y la 2, lo que me permitió usar de enlace la línea 9, por mucho la más eficiente, como transbordo en Chabacano puedo irme a la puerta contraria del vagón y salir al llegar al transbordo, así evitar quedar atrapado. Ahí la llevo

Niño perdido

Ay San Juan de Letrán, San Juan de Letrán ora por nosotros

– Santa Sabina

El eje central fue inaugurado en el mismo año que nació mi mamá. Llegó a ocupar el lugar de cinco calles: Panamá, Niño Perdido, San Juan de Letrán, Calle de Santa María la Redonda y 100 metros —sin albur— un cambio de esta naturaleza no es fácil de asimilar. Solía platicar largo tiempo con mi abuelo acerca de cómo lucía antes de semejantes cambios. El tiempo avanza inexorablemente y las calles evolucionan.

Durante mi niñez realicé muchos viajes al centro acompañando a mi mamá siempre por el eje Central, que tomábamos vía Ermita, La Viga, Río Churubusco y Municipio Libre, a pesar de que es la calle con los semáforos mejor sincronizados de la Ciudad de México siempre encontrábamos tráfico, la marcha era lenta y se veía a lo lejos la torre de comunicaciones que se cayó en el temblor, en ese trayecto escuchábamos en el radio la novela el derecho de nacer, o algunas veces se escuchaba la inmortal frase “caballero con los hombres, galante con las mujeres, tierno con los niños, implacable con los malvados” que marcaba el inicio de Kalimán, cuando ya se escuchaba a Porfirio Cadena era porque se nos había hecho tarde.

Los fines de semana llegaba a acompañar a mi papá a la calle de el Salvador, donde algunas veces dejábamos el coche en un estacionamiento donde vendían jugo de caña. Recorríamos las calles en busca de aparatos de sonido, partes para que hiciera sus bocinas, todo antes de que existiera la plaza de la computación y solíamos comer tacos en Bolívar, siempre disfrutaba esos paseos, eran de los vínculos que tenía con mi padre.

El transporte que más me gusta es el trolebús, y ahora que es el transporte oficial me da mucho gusto, aunque algunos se quejen que ya no se puede tomar taxi. Recuerdo muy bien cuando el costo del pasaje era de 60 centavos, siempre recibían un peso, por eso cuando íbamos 6 les daba mucho coraje a los conductores porque su ganancia se reducía drásticamente, ahora está en cuatro pesos aunque ahí van metidos tres ceros en la moneda devaluada. En mi época automotriz solía dejar el auto en un estacionamiento en Chimalpopoca y tomar la línea 8 de metro —cuyo diseño industrial de las estaciones Obrera, Doctores, Salto del Agua y San Juan de Letrán me gusta mucho— hice numerosos viajes a la plaza de la computación, a la camisería en la esquina con Victoria, justo enfrente de la entrada al metro. Pasé infinidad de veces al lado de la esquina del control remoto, otras tantas caminando desde la casa del Chil en Delicias —a.k.a. Beauty— y, antes de mudarme a Brasil, vivía a un par de cuadras —al lado de la Maraca— por lo que mis viajes al centro eran por esa vía.

El eje fue testigo de muchas cosas, como cuando aplasté la placa de México que tenía en Napoleón —mi Maverick 75— al saltar el viaducto, también manejé en sentido contrario, en el mes de septiembre iba con Chil a llevar a Liz y Dioné manejando un vocho prestado la llanta se desinfló a la altura de la Doctores, nos tocó empujar el auto de ida y regresar en penosas condiciones, o romper un récord, ahora con Chucho, al ir a de dejar a Rocío en la esquina con Cumbres de Maltrata apenas unos minutos antes de que el hoy no circula comenzara; o en aquella noche de serenatas donde los amigos de Roberto atropellaron un gato negro lanzándonos una maldición que se manifestó cuando la camioneta se apagó en el cruce del eje 5 y el eje central. También tuve que ir al rescate en la cantina que queda frente a la estatua de Lázaro Cárdenas. Como dato curioso en alguna ocasión una avioneta intentó aterrizar en el eje sin fortuna, terminó estrellándose a la altura del piso, digo de la calle Vizcaínas.

Aún se pueden ver muchas imágenes fascinantes al transitar por ella, como personas llenando botellas con bebidas adulteradas porque dudo que el carril del trolebús sea la sede de la embotelladora oficial, o puedes recibir ofertas de software que solamente ahí consigues, ir a jugar billar arriba de un club de caballeros, entrar al cine Teresa que ha pasado por muchas transformaciones y luego entrar al sexshop de al lado.

Esa es una de las calles son las que me formaron.

EjeCentral

Esquina bajan

Este camino ya nadie lo recorre salvo el crepúsculo.

Matsuo Bashō

Nunca me ha gustado recorrer el mismo camino, en especial en el transporte público. Ahora hay una parada de autobús a media cuadra de mi lugar de trabajo y está igual de cercana la del departamento donde vivo, hay básicamente dos rutas distintas -directas- y la situación no es tan de mi agrado.

Cuando asistía a Ciudad Universitaria la travesía era toda una aventura, el camino más rápido -útil para llegar a tiempo a clase de 7- era tomar el Cerro del Judío – San Lorenzo Tezonco, lo tomaba después de la parada del ESIME Culhuacán, pero tenía que ser antes de las 6:35 o de lo contrario era imposible subirse,  el regreso también era la ruta más directa, y ha sido en el único transporte que me dormí de pie, fue solamente un instante pero casi azoto, solamente sentí como mis rodillas se doblaron, finalmente resistí, también ha sido del único que me he tenido que bajar para vomitar, fue una ocasión que vomité más de 80 veces por un alimento sospechoso o algún veneno que quiso salir violentamente. Generalmente regresaba por esa ruta después de pasar por la Biblioteca Central donde me surtía para las lecturas de la semana, porque me iba leyendo con el libro apoyado en el techo del camión, era incómodo pero era la única manera, ahora que lo intento me cuesta mucho más trabajo enfocar.

También podía tomar un camión hacia la UAM Xochimilco y de ahí uno para el metro CU, daba mucha vuelta en esta ruta me tocó varias veces tomar el primer camión del día, creo que fui el que más utilizaba —o alguna combinación— ya conocía a los conductores y había uno que a la hora de la comida desviaba su ruta una cuadra para pasar por su esposa, que le llevaba la comida en unos recipientes de peltre color azul claro, esto cuando era todavía la ruta 100. Algunas veces tomaba el trolebús —mi medio favorito de transporte— fue en este la única vez que se me cayó mi cartera, afortunadamente solían esperar un tiempo para salir de nuevo así que logré recuperarla, claro que lo único que tenía era mi abono de transporte pero en ese tiempo era mi mayor tesoro. En otra ocasión cuando regresaba a casa -ahora no de CU sino de casa de Natalia-  cayó una tormenta que me dejó tan empapado que los peseros no quería subirme, solamente el trolebús me dejó subir, yo era el único pasajero, me senté en el último asiento e iba tan mojado que el agua escurrió hasta la puerta de entrada.

Cuando había dinero pues podía tomar pesero, existía la ruta de Taxqueña y luego la ruta 1 a CU que incluso entraba por Copilco y me bajaba frente a medicina y caminaba a la facultad, también había la ruta 32 que recorría los recovecos de Santa Úrsula, la ruta de regreso me dejaba en calzada de las Bombas, casi llegando a Miramontes, y después regresaba a pie, atravesando el parque de los coyotes, también existía la ruta 95 que partía de la UAM Xochimilco y llegaba al metro CU, tanto la 95 como la 32 usaban combis y cuando todos los pasajeros iban hasta CU era mucho más rápido, cuando alguien decía “yo bajo en tlalpan” todos se le quedaban mirando con furia.

Ocasionalmente regresaba en metro dando una vuelta exagerada, iba a Centro Médico, Chabacano y luego Taxqueña, lo que hace uno por ponerle variedad a la ruta. Hice hasta el recorrido en carro, pero de regreso generalmente le daba un aventón a un par de personas, hasta lugares como Ermita y Av. 5.

Hoy que me enfrento a pocas alternativas, sin metro cerca y los peseros inexistente, algunos regresos a pie no alcanzan a cubrir ese deseo de variedad,  pero estoy seguro que encontraré alguna forma. Este es mi punto de partida habitual: