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al volante

Para ir realmente rápido tienes que frenar un segundo después de lo que te dice miedo y acelerar un segundo antes de lo que te dicta la lógica

Alain Prost

Desde muy niño tuve interés en conducir, mi padre me dejó usar el volante de su ford 200 (modelo 62) mientras iba sentado en su regazo, después yo tenía que decirle cuándo cambiar de velocidad y hacer el cambio con la mano izquierda (mucho más fácil hacerlo cuando la palanca era al piso). Después me dejaba estacionar su ford mustang 74 fastback. Y para los trece años andaba conduciendo por la colonia un Chevrolet 51, al que algunas veces había que destrabarle las velocidades, lo que implicaba bajarse del auto y deslizarse bajo de él.

Apenas cumplí los quince años y me lancé a hacer los trámites para mi permiso de conducir, primero fui a la delegación Iztacalco, que quedaba más cerca del trabajo de mi papá, pero la estaban remodelando, tuve que ir a la delegación Venustiano Carranza. Bastó con mostrarles la insignia de los niños héroes para que no importara que no iba acompañado de ningún padre o tutor, no llevara ninguna constancia de curso de manejo. Y como no dan cambio me dieron el permiso por 3 años (hasta cumplir la mayoría de edad) en lugar de los acostumbrados 6 meses. Me quedé con apenas lo suficiente para el camión de regreso pero ya con un flamante permiso de conducir.

Me entrené en un volkswagen sedán blanco (un bocho 79), mi idea no solamente era conducir, sino estar preparado, así que comencé mi entrenamiento, las subidas, bajadas, frenar en una pendiente, manejar únicamente con el brazo derecho, o con el brazo izquierdo, movel el volante con las piernas, conducir con un vaso en la mano, con un vaso lleno, con cigarro, tener un vaso y encender un cigarro, con encendedor y con cerillos. Por cierto, conozco dos formas de encender un cerillo con una sola mano, la primera es sostener la base del cerillo con el índice y el pulgar y usar el dedo medio para friccionarlo contra la caja, la otra consiste en meter la base del cerillo en la caja y doblar la punta por la mitad simulando un encendedor, se usa el pulgar para friccionarlo contra la caja. Cada forma tenía su riesgo, en la primer te podías quemar la palma de la mano y en el segundo el pulgar además de que el cerillo podía salir encendido y caer en algún lugar del auto. Casi exclusivamente usaba una técnica, pero no revelaré cuál.

Cuando comencé a manejar a Napoleón (Maverick 75) llevaba una hoja de un libro con la poesía de Poderoso Caballero es Don Dinero de Quevedo, a mandera de mi prueba antidoping, si recordaba el poema estaba en condiciones de manejar. Mis amigos lo tomaban a chacota, y únicamente pedían que lo recitara para burlarse. Quizá por eso hice tantas maniobras temerarias (nada que ver con el grupo) como manejar en sentido contrario en Xola y el eje Central, saltar el viaducto (mi placa de adorno terminó aplastada), o atravesar intempestivamente las calles sin mirar antes de cruzar, dejar el acelerador al fondo el tiempo que duraba el encendedor del auto.

El día que cumplí 17 años me robaron los limpiaparabrisas del auto, en la tienda del ISSSTE cerquite del cruce de Miramontes y Escuela Naval Militar. No los repuse en cerca de un año, lo único que llevaba para mitigar el riesgo era detergente roma que lo esparcía sobre el parabrisas cuando la lluvia era muy fuerte. Todos exclamaban “¡no mames! ¿a poco ves?” yo les decía que usaba la fuerza como Luke Skywalker pero la verdad es que como yo utilicé lentes hasta ya pasada la secundaria, estaba acostumbrado a ver borroso y en base a esa imagen conducirme por el mundo.

Napoleón tenía unas llantas 205/60 R14 que con el paso del tiempo eran muy buenas para los arrancones pero no para frenar, estaban lisas (se les veía el aire) entonces cada semana se ponchaba una (en una ocasión se poncharon 2 llantas el mismo día), me convertí en experto en cambiarlas, aunque en varias ocasiones por la prisa terminaba degollando un birlo, y tenía que ir a repararlo a la glorieta del Tío Sam.

Tenía medido su tamaño y su consumo de gasolina, algunas veces, cuando por delante había un hueco muy justo, aceleraba y les preguntaba a los demás tripulantes ¿quepo o no quepo? todos contestaban que no pero yo les demostraba lo contrario. Después de una visita a mi otorrinolaringólogo en Polanco (en las calles de Musset y Ejército Nacional) el precio de la consulta me dejó sin dinero (acaso para un boleto del metro o un camión). Tuve que decidir si regresar por el centro, lo que aseguraba que se acabaría la gasolina o por periférico, en esos tiempo esa ruta era posible. Subí los cristales y prendí el radio (ese es el modo ahorrador de gasolina) y la gasolina alcanzó justo para estacionar el auto frente a mi casa.

En una ocasión que fui a Acapulco con mi Compay y los hermanos Miranda (el Dida y el Chacal), íbamos en Napo-clon un Máverick que intentaba emular al original. Tenía mucho juego la dirección,es decir, al mover el volante unos 20° no tenían efecto. Era como hacer nieve. De regreso un corto causaba que la luz y los limpiadores se apagaran (llovia copiosamente). Al parecer iban muy asustados, por no concer mi pericia.

Conservo la pericia, aunque maneje más prudente.