Archivo del sitio

Explosiones

La ira es una locura de corta duración.

Horacio

Teníamos una fiesta, fuimos invitados a los quince años de Carmen. En esta ocasión no éramos colados, —como había sucedido en la fiesta de Ingrid, donde Abigail nos regaló sus boletos porque no pudo asistir— ahora hasta la familia nos conocía, teníamos invitación, boletos y toda la cosa.

Éramos más de los que caben en un automóvil, aunque en mi coche ya había llevado hasta veintitrés personas, ahora íbamos vestidos demasiado formales como para viajar en la cajuela o el toldo. Nos fuimos a la base de las peseros Peni-San Lázaro a La Virgen y le ofrecimos a una combi quinientos pesos por persona —los camiones ruta 100 costaban 300 pesos y el viaje más corto en pesero 350— era más de lo que ganaría en un viaje, pero menos que nos cobraría un taxi por llevarnos a todos.

Llegamos relativamente temprano al salón que estaba en prolongación División del Norte —jamás íbamos a misa— nos sentamos con Mónica, Abi y su hermana Nadia, era un poco extraño verlas emperifolladas para la ocasión, La primera con su vestido de color brillante y esponjado. Nadia llevaba un vestido corto con los hombros al descubierto, ella que apenas el año anterior iba en la primaria pero que sus catorce años eran suficientes para llenar con creces el vestido, Aby usaba unos pupilentes de color verde. Todas se esmeraron en su arreglo, incluso Carmen, la quinceañera, tenía nuevo peinado y maquillaje que ocultaba que aún usaba sus frenos. También sus hermanas lucían festivas, era como si fueran otras personas, diferentes de las que convivíamos cotidianamente.

Entonces todavía se podía fumar, iba armado con un par de cajetillas, una para compatir con mis amigos que pecaban de gorrones y otra que guardaba exclusivamente para mí. Acaparamos la botella de la mesa y cuando podíamos nos servíamos en otro lado. Como iba sin pareja me dediqué a beber y reflexionar. Generalmente lo único que compartía con mis amigos, eran estas búsquedas frenéticas en busca de fiestas y alcohol gratis, discusiones bizantinas sobre hazañas y retos adolescentes. El más grande bebedor, la mayor velocidad, las peleas. En mi mente circulaba la idea de que no quería estar ahí.

Al terminar el festejo nos unimos sigilosamente al cortejo familiar y terminamos en casa de la quinceañera departiendo con el padrino de la festejada, la plática giraba en torno a las defensivas en el fútbol americano, con opiniones polarizadas por el ron. Todo esto comenzaba a desesperarme, me sentía completamente sumergido en una trampa a la que caminé voluntariamente. La discusión subió de tono y los ademanes comenzaron a aparecer para darle fuerza a los argumentos porque las palabras arrastradas y balbuceantes eran insuficientes. Uno de esos manoteos terminó por golpear un vaso y derramar su contenido sobre mi pantalón, justo en la entrepierna.

Quizá fue mi forma intempestiva de ponerme en pie o la furia que brotaba de mis ojos, tal vez el canto de los pájaros que se escuchaba o la luz que comenzaba a colarse entre las ventanas, lo cierto es que fuimos invitados amablemente a abandonar la casa con la frase “muchachos, ya pasan peseros”.

Salimos, cada quien a su rumbo, algunos fueron a buscar pesero a la calzada de Tlalpan, Chucho y yo nos regresamos caminando. Sobre la calzada de las Bombas había unos arbolitos recién plantados, fui quebrando todos a mi paso, descargando una explosión de ira que a la distancia entiendo que llevaba acumulada mucho tiempo. Solamente uno de esos árboles se resistió a mi fuerza, quedó apenas doblado. Aún existe, está cerca del la entrada del hospital de traumatología y fue testigo de una de mis explosiones.

Posteriormente me encargué de mitigar mi ecocidio plantano el doble de árboles, y dejé mi enojos encerrados de nuevo, hasta que encontraron otro momento para salir.

llevar al baile

Ritmo. Signos que siempre son clave. Imágenes fugaces. Titubeante como una música de sombras redimidas.

Halfdan Rasmussen

Nací lleno de muchas contradicciones, pero una de ellas ha sido el baile, la actitud de mis familias materna y paterna es completamente diferente, mientras que mi familia paterna, llevo parte de ambas.

Mi madre ganó un concurso de baile junto con su hermano Juan, en Acapuco durante su juventud, cada que llegaba a casa de mi abuela veía a mi tío Juan estaba trabajando mientras escuchaba y bailaba música de la Sonora Matancera, mis abuelos Chuchita y Luis eran afectos a bailar danzón, y durante mi niñez vi muchas fiestas transcurrir al ritmo de la internacional Sonora Santanera, con mucho baile y varios gritos de “voy polla” para motivar el baile. Mi tío Luis siempre me decía que esa era la clave para conquistar a las muchachas, quisiera aclarar que el significado de muchachas podría ser muy variado, en algún viaje a Acapulco nos prometió “vamos con unas muchachas” me parece que solían ser muchachas en su juventud.

Durante mi juventud en las fiestas de mi primo Carlos con las que comenzábamos las fiestas de diciembre, participé algunas veces en las líneas de baile con mis primos y amigos, solamente lo pude hacer muy al principio, luego ellos se convirtieron en unas lumbreras para el baile, la distancia creció mucha, no es mi mayor virtud, siempre he sentido que de alguna manera eso fue una decepción para mi madre, que algunas veces me pedía bailar con ella pero como nunca le faltó con quien bailar no fui necesario, tampoco bailé con mi hermana. Aunque fui chambelán de mi prima Ale, pero mi aprendizaje formal comenzó un poco antes, en los XV años de Sandra Sheila, donde Marcela (QEDP) me enseñó lo básico y siempre estuvo dispuesta a bailar conmigo.

Porque sí disfruto el baile, a pesar de no ser lo más rítmico que pudiera, porque además de las fiestas de XV años cuando tenía alrededor de esa edad, también estaban los bailes que se organizaban en la Carmen Serdán, donde Paquis ya tenía el estilo, después fueron todas las fiestas fresonas donde predominaba el pop, yo solía bailar solo, algunas veces subiéndome a las sillas y saltando, y durante la época del slam usaba mis botas con casquillo metálico y mi chamarra desgarrada. También durante mi tiempo en la facultad, como éramos solamente dos hombres en el grupo de amigos pues nos tocaba bailar más como cuando había grupos de merengue en el auditorio. A tiempos más recientes, bailes de año nuevo en la calle, lances en el día del maestro al ritmo de youtube, lecciones de forrô o samba carnavalesca.

Pero parece que las el amor no viene junto con una pareja de baile, por alguna razón no han querido bailar conmigo, confieso que eso me ha lastimado particularmente, como si un aspecto mío fuera rechazado. Como si mi ritmo no fuera suficiente —demasiado asincrónico— quizá esta falta de empatía sea un signo.

Será que no le hice caso a mi tío y nunca lo usé como medio de conquista, bueno algunas veces pero en ninguna relación significativa, apenas de cercanía vecinal, coincidencias de moda o de dimensión. Total nunca es tarde.

 

 

 

 

In

 

 

hasta la madre

A veces, el silencio es la peor mentira.

Unamuno

Un compañero de la preparatoria que se sentaba a mi lado tenía una particular predilección por molestarme diariamente, con insultos, poniéndome notas en mis cuadernos o intentando esconder mi útiles, eran bromas pueriles que ignoraba olímpicamente hasta que un día en la clase de etimologías cuando el maestro se disponía a hablar del origen del antimonio comenzaron sus interrupciones, le solté un golpe que ocasionó que su cabeza rebotara estrepitosamente contra la pared, de tal suerte que nos mandaron a la dirección, donde le sugerí al director que nos expulsara mientras mi compañero intentaba convencerlo de lo contrario con lloriqueos. No nos corrieron.

Un día de fiesta —casi todos los días— mis amigos estaban esperándome para ir a la fiesta —las obligaciones que venían con el automóvil— yo estaba muy bien acompañado en mi casa entretenido en intercambios amatorios, Cuando llegaron a tocar la puerta y gritar mi nombre, salí a explicarles la situación, pidiéndoles que me dieran algún tiempo para terminar, parece que no fui lo suficientemente claro porque regresaron al poco tiempo, salí de nuevo para decirles lo mismo, sin mucho éxito porque regresaron y, como no respondía fueron a gritar por la parte de atrás que daba a mi ventana. Cuando volvieron a tocar salí enojado a decirles unas cuantas verdades, fue Paco el que recibió la mayoría de las palabras pero fueron Vani y el Wrote los que me dejaron de hablar.

Después de asistir a la fiesta de 15 años de Carmen donde, dicho sea de paso, fue la primera vez que vi a alguien usar unos pupilentes de color, nos quedamos de colados —como siempre— en casa de la anfitriona departiendo hasta que llegara la hora en ya pasaban los peseros. Su padrino nos acompañó bebiendo singularmente como es costumbre en los padrinos y alabando las cualidades como apoyador de Mike Singletary en un descuido vació su vaso en mis pantalones. No esperamos el pesero, nos regresamos caminando por calzada de las bombas y rompí casi todos los árboles que había —uno se escapó.

Pero los árboles sufrieron menos que cuando me toco a mí el rompimiento, fue un ir y venir intercambiando caricias con palabras hirientes, ilusiones con realidades, sueño y dolor. Este período se extendió por años, lo que me impedía cerrar el círculo y me mantenía en vilo. Todo terminó en una llamada donde me pedía ayuda, no solamente me negué a ayudarla —aunque no pudiera hacer nada— le dije de la peor manera que no era mi responsabilidad, que no la iba a ayudar y que no me importaba —lo último es una mentira.

Pero lo que más me desespera es el silencio. Tu silencio —seguramente porque mi imaginación es cruel y sombría.

Ahí está la madre del cordero, el meollo del asunto, el quid de la cuestión o, para hablar en términos propios, ahí está el animalón: el problema no está afuera, no son los agentes externos los que me colman la paciencia, soy yo. en realidad no le importamos a nadie, todos tienen su propia agenda, sus problemas, miedos y anhelos; el motivo de sus actos, aún relacionados con nosotros, tienen su origen en algunos de sus miedos o  sus quereres. No es el mundo, soy yo.

el nombre es lo de menos

de todos modos, Juan te llamas

refrán mexicano

Comparto mi nombre con tres de mis familiares en línea directa ascendente, i.e. padre, abuelo y bisabuelo. Y, con excepción de mi bisabuelo, tenían el apodo de Pícoro, Mi tía Josefina —hermana de mi abuelo— le decía Pícoro. Muchos piensan que el origen de este apodo era el famoso anunciador de box Antonio Padilla “Picoro” pero este no lleva acento. La verdad es que a los Pedros también se les dice Pericos y mi abuelo no conseguía decirlo apropiadamente, por eso mi tía Josefina —su hermana mayor— comenzó a llamarlo de esa manera.

El número de personas que llamaba así a mi abuela era muy limitado, pero a mi padre casi todos se referían a él con ese apodo, no es de extrañarse que yo lo heredara, pero como necesitaba ser diferenciado usaban algún diminutivo y terminaban llamándome Picorito o Picorín, que quizá hasta los 4 o 5 años resulta aceptable pero con más años y un tamaño mayor resultaba un tanto ridículo.

Creo que lo que más me molestaba es no tener ninguna injerencia al respecto, los adultos tenían la última palabra y mi opinión al respecto se desvanecía, no era muy diferente que la tía que te da un pellizco en los cachetes; en mi alcoholescencia creció el deseo de ‘diferenciarme como individuo de tener una identidad, además de la música, el peinado y la ropa necesitaba de dejar de compartir mi apelativo.

No fue una tarea fácil, pero en la fiesta de XV años de mi prima Alejandra en la cual yo fungía como chambelán, además de usar unos calcetines de color sobresaliente me dediqué a informarle a toda la familia y amigos que ya no quería que me llamaran de esa manera, hubo resistencia de casi todo mundo, la mayoría diciendo que así me habían conocido y me seguirían diciendo de esa manera. Aclaro que el anuncio lo hice a tiempo antes de que el alcohol mermara la memoria . Tuve muchas discusiones al respecto pero todos fueron anunciados que a partir de ese día ya no respondería por ese nombre.

Abordar la misma cuestión con los amigos era un asunto más difícil, porque lo usaban a manera de burla, fingían equivocarse, me parece que entre ellos seguían llamándome de esa manera. Tuve que recurrir a las amenzas físicas para lograr algún resultado. En una ocasión estaba con Felipe e iba a llamar por teléfono, como estaba más cerca me dijo que él marcaba, como nadie me reconocía tuve que mendionar mi antiguo apodo para que se acordaran, pero Felipe había marcado otro número solamente para escucharme decirlo, no puedo negar que fue ingenioso. Así tuve que lidiar con eso durante mucho tiempo, aún ahora sigue apareciendo. Quizá por eso acepté numerosos apodos con el único requisito de que fueran diferentes.

Pero estoy seguro de si uno no puede elegir su nombre al menos debería decidir a los apelativos que responderá.

A %d blogueros les gusta esto: