Errores comunes

Ahí está el detalle.

Cantinflas

Muchas veces me pierdo en mis pensamientos, un objeto cotidiano puede desatar un torrente de imágenes, datos y sensaciones de origen impreciso. Algún momento de mi historia.

Justo hoy estoy lidiando con un problema tecnológico en el que no puedo meter las manos, entonces recuerdo las numerosas noches armando computadoras e instalando el software. En diversas ocasiones me enfrentaba a algún error, algo que me impedía continuar, quizá la madrugada me hacía pensar que era algo más difícil. Algunas veces me sentía confuso e inseguro, pensaba que no podría resolverlo, la mayoría de las veces la solución era muy simple, apenas un detalle olvidado, no era del grado de olvidar conectar el cable, pero algo muy cercano.

Lo único que necesitaba entonces era una señal de esperanza, una palabra amable, una palmada en la espalda, un voto de confianza. Y es lo único que sigo necesitando ahora.

Lo más difícil para mí es ver lo que tengo frente a mis ojos, es serenar la tormenta que cotidianamente se gesta en mi mente, pensando en una serie infinita de combinaciones posibles sin considerar lo más simple a la mano.

Cerrar los ojos y confiar en que lo puedo resolver, siempre he podido, pero algunas veces mi confianza desaparece.

 

 

 

 

primero es lo primero

Desayunar como rey, comer como príncipe y cenar como mendigo

Refrán

Mi comida preferida es el desayuno. Aún si generalmente no se tiene suficiente tiempo para disfrutarlo.

Durante la infancia nos daban chocolate, un pan de dulce y generalmente una torta. Mis padres tomaban café con leche, mi papá una cucharada copeteada de café y 2 de azúcar; mi mamá pedía las cucharadas ralitas. Los fines de semana había algunas veces huevo, generalmente con jamón o con salchicha, (extraordinariamente con frijoles), algunas veces hot cakes. Ahí vi a mi padre haciendo malabares para hacer el desayuno completo con 1 huevo y una cucharada de frijoles. También fueron mis primeras incursiones en la cocina. Me aventuré a incluir el queso amarillo en el huevo, para hacerle el desayuno a mi hermana y decirle que eran unos huevos a la benedict (yo entonces ni idea tenía de lo que eran).

Algunas veces, especialmente durante el verano iba a desayunar con mi tía Luisita y ella me preparaba un chocolate de tablilla y después lo enfriaba amorosamente vacíandolo entre dos jarros para que lo pudiera tomar (nunca he podido tomar líquidos a altas temperaturas, a diferencia de mi padre que le gustaba que el recipiente estuviera a punto de derretirse), y lo acompañaba de un bolillo recién comprado en la panadería la Esperanza relleno de frijoles de la olla, era un desayuno de sabor celestial.

Durante mi infancia algunas veces mi mamá nos llevaba muy temprano a Chapultepec, y como consideraba que las tortas que solamente tenían la mitad con relleno que vendían ahí como un desayuno adecuado, esperábamos hasta regresar y pasábamos al Burguer Boy que estaba cerca de Taxqueña y Miramontes. A pesar de tener a mi disposición la unefante, la brontodoble y la dinotriple siempre pedía los hot cakes, jamás he pedido hamburguesas para el desayuno.

Cuando viajábamos a San Juan de los Lagos, donde teníamos dos opciones para desayunar, un restaurante donde el servicio era más lento que la burocracia, mi abuela Chuchita solía decir que pidiéramos de una vez para el día siguiente, en ese lugar me abstenía de pedir hot cakes porque demoraban una eternidad, simpre pedía huevos revueltos. La otra opción era ir al mercado donde todos pedían leche caliente (algunos para hacer café) pero yo me escabullía para beber leche bronca, generalmente acompañada de algún pan de dulce.

Durante la alcoholescencia aparecieron diferentes necesidades nutricionales, además de antioxidantes necesitábamos alimentos con elementos anticruda. El primer lugar fue el mercado de la 201 donde íbamos por barbacoa y pancita. Algunas veces íbamos a las gorditas que estaban justo afuera, aunque generalmente pedía un huarache con huevo. Ya en el retorno comprábamos quesadillas de sesos en las carnitas de la esquina (era lo más barato) y cuando había abundancia íbamos por unos tlacoyos de masa azul y unos esquimos.

En la oficina, antes de que la palabra godín fuera asignada y sobreutilizada, los viernes solían ser los días en los que pedíamos el desayuno, yo solía elegir el “cotorro” que eran tacos de huevo cubiertos de salsa de frijol, algo así como las enfrijoladas veracruzanas de algunos restaurantes. Otro platillo obligado eran los chilaquiles, regularmente después de un jueves social. Mucho tiempo mi desayuno fue un vaso de papaya picada (sin albur) y un jugo de zanahoria, ya incluso tenía mi marchante. En un viaje de trabajo probé en el desayuno un huevo con fresas salteadas, fue una grata sorpresa que no he repetido hasta entonces.

Cuando vivía cerca del metro Portales, algunas veces iba al mercado a desayunar barbacoa, sentado justo enfrente de una pintura de ovejas con un letrero que dice que el señor es nuestro pastor, o la comer una torta de pierna horneada acompañada de un jugo mitad zanahoria mitad naranja del puesto de frutas de enfrente.

Cuando comencé mi mudanza a Brasil viví casi seis meses en hoteles donde había desayuno buffete de desayuno, y cuando me establecí comencé a buscar lugares que tenían esta modalidad. O incluso una combinación de desayuno y lunch (brunch por la contracción de breakfas lunch), de los viajes a Londres me quedé con una afición por el té English Breakfast, la ventaja de que el té también combina con la tarde.

Ojalá hubiera más tiempo para desayunar.

 

 

 

 

 

 

violencia en todos lados.

La violencia no es sino una expresión del miedo.

Arturo Graf

He estad0 meditando al respecto del asesinato de una mujer (Lesvy) en Ciudad Universitaria, acerca de las causas de este incremento (a mi parecer mundial) de la violencia en contra de las mujeres y la búsqueda, bueno al menos el inicio, de una solución.

Me parece que el motivo subyacente es el miedo, un miedo enorme e irracional que amenaza con destruir el mundo/status quo/las creencias. Y el único recurso que se tiene para respoder es la violencia (sí, el último recurso del incompetente como dijera Assimov).

La educación es diferente para cada género. Puedo hablar un poco de las diferencias que percibo. Existe en mayor o menor medida un esfuerzo por parte de la madre en dar a sus hijos, y me parece que las cosas que se le dan al varón son mayores en proporción a lo que se les da a las mujeres (quizá la carencia del término equivalente a varón en castellano sea una señal). Hay numerosos ejemplos de madres desvividas por sus hijos (las madres de Avelino Pilongano de los Burrón, Gordolfo Gelatino de los Polivoces o las misma aMarga López en corona de lágrimas). No he visto casos parecidos donde la madre haga tanto por su hija (quizá los haya y en ese caso sería en mucha menor cantidad).

Otra diferencia fundamental es la exaltación de la rudeza, de lo fuerte, del la permanencia; la resolución de los conflictos por medio de la dominación del otro, de alzarse como único vencedor, con arrasar con el rival. Y en cambio minimizar la importancia de los sentimientos, algunas veces hasta el extremo de la burla. El llanto, la tristeza, el miedo y cualquier sentimento que muestre vulnerabilidad son desterrados.

Y sí, el hombre siente un gran miedo ante muchas actitudes de las mujers, porque amenaza su mundo:

Durante mucho tiempo un hombre que se casaba aseguraba la perpetuación del apellido (si había hijos varones), relaciones sexuales a voluntad, una “ama de casa” que le resolviera las tareas domésticas. Todo eso a cambio de una manutención que muchas veces era insuficiente e intermintente. Esta persona ve amenazado su mundo al existir mujeres que pueden pedir el divorcio, que no tienen miedo de salir a buscar trabajo. Eso dejaría al hombre no solamente sin sus ventajas ganadas sino a merced de la burla de los otros. Porque el escarnio de los demás es una forma de perpetuar la ideología y las acciones.

El que las mujeres tomen control de su sexualidad es también una amenza para el hombre, ahora hay que luchar por algo que se consideraba seguro, ahora es posible que la mujer descalifique o compare el desempeño sexual y se salga perdiendo en esa comparación. Además del miedo a mantener progenie de alguien más.

También la irrupción de la mujer en cotos de poder (la política, los puestos gerenciales, las tomas de decisión) es una amenaza para las formas en las que el varón controlaba las transacciones de ese poder. Esos intercambios de poder solían ser entre hombres.

Todas estas formas en las que se ve amenzado el varón, me parece son las que generan la violencia. Es un miedo a ver su mundo destruído, por eso no creo que apelar a los derechos humanos tenga efecto, o que haya mensajes de indignación. Creo que un colectivo de mujeres hartas de la violencia y expresando su enojo causan aún más miedo. Creo que de alguna forma hay que hacer ver que este mundo donde las mujeres ocupan otros espacios, tienen los mismos derechos, ejercen su sexualidad y cuya labor sea reconocida por igual es un mundo que es mejor para ambos, que los privilegios que se dejan atrás son menos que las ventajas de estar en contacto con los sentimientos, en dejar de estar encerrados en una armadura rígida, en cargar demasiadas cosas y ser responsables de otras que no nos corresponden.

 

 

 

Taxqueña

Nunca escribas sobre un lugar hasta que estés lejos de él.

Ernest Hemingway

La calzada de Taxqueña nace donde está el sindicato de músicos y muere en la avenida Tláhuac a un lado del ex convento de san Juan evangelista. Fue partícipe de múltiples vivencias.

Recién mudado a la CTM nada más había dos caminos para llegar, uno pasaba por el puente del toro (en avenida Tláhuac) y otro al lado del centro antirrábico, que se enconbraba en la esquina de Taxqueña con escuela naval militar. En esa calle, casi con Apaches era donde iba a las tortillas.

Esa calzada fue testigo de mi único paseo en bicicleta con mi padre, en aquella rodada 26. Cuando iba en quinto de primaria e iba con mi padre, en el el cruce con el eje 3 ote. solíamos cncontrarnos con mi maestra Blanca (le apodaban Amanda Miguel por su abundante cabello) entonces durante todo ese curso casi siempre llegué al mismo tiempo que la maestra.

Ese era el paso obligado cuando íbamos al cerro de la estrella. Había un balneario con alberca cerca de avenida Tláhuac, solía ir con Paco y en el camino había una mueblería con un altar al Santo, que estaba coronado con una máscara.

La terminal de la línea dos era el metro más cercano, durante la hora pica a veces tardaba 45 minutos en llegar, quizá ahora sea peor. Algunas veces era en pesero algunas otras en carro.

Un día, regresando de una fiesta se ponchó una llanta de mi coche (evento usual) y nos tardamos un poco más en cambiarla, del otro lado de la acera donde está la vocacional. justo enfrente de unos edificios. Nos tocó presenciar un drama familiar mientras cambiábamos la llanta.

Fuimos a muchas fiestas alrededor, desde los XV años de Érica donde me la pasé bailando solo, y subiéndome en las sillas con Bon Jovi de fondo, después hubo una donde el slam era lo que predominaba, tenía botas con caquillo de metal y mi chamarra con metal para golpear. Incluso hubo una fiesta donde la celebración consistió en cantar mientras alguien tocaba el piano!!!

Ahí había un Burger Boy que visitábamos de niños en general al regresar de Chapultepec, depués un café donde hubo algunas pláticas, casi al final había una pizzería, después del parque donde llegaban los trolebuses.

Hace tiempo que no la recorro, quizá no reconozca muchas cosas.

 

primeros años

Ciertos recuerdos son como amigos comunes, saben hacer reconciliaciones.

Marcel Proust

La noche previa a mi nacimiento, mi madre jugaba dominó con mi padre, mi abuelo y mis tíos. Su embarazo plagado de antojos de mango manila y hamburguesas llegaba a su fin. Los tres gustos mencionados los heredé.

Los primeros años viví en la casa de mis abuelos en un cuarto al fondo, dormía al lado izquierdo de la cama de mis padres y enfrente había un ropero de colores verde pistache y beige (o hueso), cuando se apagaban las luces me imaginaba vívidamente que había dos caballeros (uno blanco y uno negro) custodiando el ropero. Me daba miedo pero nunca dije nada al respecto.

El primer sueño que recuerdo fue en caminar descalzo en el patio y estar rodeado de protozooarios que flotaban en el aire todo bajo una luz clara de madrugada. Nunca volví a soñar lo mismo.

De mi primer cumpleaños hay una grabación en película de 8mm donde es evidente que hablaba demasiado, me la pasé atosigando a los niños que estaban a mi lado antes de apagar las velitas y cortar el pastel en forma de cancha de fútbol con todo y jugadores que mi mamá había encargado especialmente suponiendo que heredaría ese gusto de todos mís tíos y mi papá (no sucedió).

Me gustaba la aventura, a los dos años me dejaban ir a la cremería por queso, estaba en la misma cuadra y vigilaban mi trayecto pero yo me sentía libre y daba la vuelta corriendo. También iba a la tienda al lado de la papelería del Chere y gritaba “Doña Vitorita, mi chaparrita”. La de mandarina era mi favorita.

Acompañaba a mi mamá a la panadería, no estaba tan surtida como la Esperanza. Comprabamos un bolillos y pan dulce. Cuando había feria de regreso pasábamos y nos subíamos a las tasas. Siempre pude aguantar las vueltas, me gustaba el vértigo.

Me compraban cuentos de Walt Disney, En particular los de Rico McPato y los chicos malos. No sabía leer así que le preguntaba a mi mamá lo que decían. Así aprendí a leer, como de bulto. No por sílabas como acostumbraban.

La semana santa del 75 fue cuando viví las guerras de agua, todo con mi papá y sus hermanos, no me importó que me fuera a enfermar y recibir inyecciones, quedé empapado en el patio, feliz.

Solía acompañar a mi mamá en sus viajes, cotidianamente íbamos a Cuernavaca, saliendo de la terminal del sur, comíamos una torta y un boing de lata. O íbamos a Tacuba, nos íbamos en metro, como recién había sido el accidente en la estación viaducto, los asientos todavía estaban acolchonados y algunas personas aún fumaban en los vagones.

 

 

 

obediencia ciega

Obedeced más a los que enseñan que a los que mandan.

San Agustín

Recientemente me fue observado mi renuencia a obedecer ciegamente un mandato, así sin cuestionar, uno podría pensar que es como en el ejército pero esa forma de actuar escapa al mero ámbito castrense, en la familia y escuela sucede demasiado. Como si la autoridad concediera siempre la razón.

Todo comienza por la casa, con la familia. Al principio obedecía ciegamente, pensando en los padres como tutores infalibles con la razón de su parte. Entonces me ponía suéter, me fijaba antes de cruzar la calle, cuidaba a mi hermana, me comía lo que me daban. La primer orden que cuestioné fue el saludo: “saluda a todos los presentes” según porque era de buena educación. El origen era mostrar que no se iba armado. Desde entonces comencé a prestar más atención en las órdenes recibidas y reflexionar antes de acatar.

Porque no entrar a cocinar bajo el pretexto de “los hombres en la cocina huelen a caca de gallina” sería perpetuar las enseñanzas de disparidad de género. Del mismo tenor sería no usar el color rosa en el vestuario, no llorar (o para el caso mostrar algún sentimiento) o no tener el cabello largo. Durante la preparatoria tenía el cabello largo, los maestros me trataban de vagabundo y mis compañeros de drogadicto. Ni siquiera mi adscripción al servicio militar logró que me cortara el cabello, fue un año en la que fui retado varias veces por diversos mandos y escapé corriendo de ser arrestado en el campo militar número 1.

Muchas de las órdenes que recibimos no tienen un fundamento, son costumbres, preferencia o forma de pensar particulares del que dicta la orden. Siempre que alguien dice que así tienen que ser las cosas mi mente salta y encuentra otra forma de hacerlas.

Así soy, no voy a obedecer a lo pendejo, digo ciegamente una orden si no tiene sentido. Digo si alguien me dice que construya un muro seguro no lo voy a hacer.

 

 

 

 

zacatito pa’l conejo

Para dominar el miedo, tienes que aislarlo. Y para ello tienes que definir su objeto con precisión

Kenzaburo Oe

Quizá las únicas motivaciones de todos nuestros actos sean el amor y el miedo. Entre ambos van moldeando nuestro camino por la vida. Me parece que la intervención del miedo es inadecuada.

El miedo es una emoción que nos prepara para pelear o huir, la sangre se dirige a los músculos, por eso la cara queda pálida, aumenta la coagulación, se eleva al glucosa y se dispara la adrenalina. Rara vez tenemos la necesidad de huir o pelear frente a lo que nos da miedo.

Nos atemoriza la opinión de los demás, los juicios de nuestra familia y amigos sobre nosotros o sobre nuestra pareja, hijos, casa, auto. El presentar un examen, hablar en público, los espacios cerrados.

Existe algo que vemos fuera de nosotros que nos refleja ese sentimiento que llevamos dentro. No son los otros lo que nos asustan, son nuestros pensamientos los que nos paralizan, los que nos detonan esa reacción.

Lo peor de dejar entrar el miedo es que al final resulta como una profecía autocumplida.

 

El juego del bolillo

Yo me crié en esta ciudad, mi poesía nació entre el cerro y el río, tomó la voz de la lluvia, y al igual que la madera, se empapa en sí en los bosques.

Pablo Neruda

Cuando iba en la escuela primaria, al salir casi siempre iba a casa de mi abuela Chuchita, donde me cambiaba de ropa, pero no de zapatos, porque los tenis me quemaban los pies, bueno cualquier plantilla que fuera sintética. Y salía a jugar.

La ruptura de una escoba era una molestia para los adultos, pero era la oportunidad de jugar para los niños. Tomábamos la escoba rota, el pedazo más pequeño —las escobas jamás se rompen justo a la mitad—lo afilábamos de ambos lados y terminaba como un bicolor muy gastado, pero de buen tamaño, el otro pedazo serviría como utensilio diverso, a manera de bat, de regla, de lanzador.

Casi siempre lo jugábamos en la banqueta, y escogíamos un cuadro donde se suponía va un árbol o una planta y colocábamos al bolillo en una esquina formando un triángulo, otras veces jugábamos en el camellón y hacíamos un surco en la cierra o colocábamos el bolillo encima del surco formando un signo más.

Colocábamos el pedazo restante abajo del bolillo y lo lanzábamos lo más lejos posible, el rival (o equipo contrario cuando éramos muchos) intentaban agarrarlo al vuelo para hacer un out, si no lo atrapaban desde el lugar donde había caído lo lanzaban al lugar de partida, si quedaba a una distancia menor a la longitud del “bat” también era out, en caso contrario el jugador pasaba a batear para obtener puntos.

Pare eso colocaba al bolillo en el piso, golpeaba una de sus puntas haciéndolo saltar y girar, ese momento era aprovechado para golpearlo y llegarlo lo más lejos posible. Los contrarios podían intentar bloquer el tiro, a riesgo de perder algún ojo, Al final se contaban los pasos desde el donde llegó el bolillo hasta la base.

Era nuestra forma de reciclar.

 

La muerte se asoma.

Hay de mi,Llorona,Llorona/Llorona de cal y tierra…. /La cal de tus blancas manos,Llorona /La tierra de cuando muera…

Canción popular mexicana

Durante mi niñez y adolescencia veía los altares de muertos familiares ajenos, a kilómetros de distancia de mi corazón. Los nombres escritos en las calaveras no resonaban en mi cabeza, apenas familiares que me conocieron en los primeros años de nacido. Acaso mi tío Vicente (era el hermano mayor de mi abuela paterna), con él jugue brisca cuando tenía 3 años, y después veía que lo inyectaban periódicamente durante su agonía. No me entristeció su muerte y mi edad me aseguró no asistir a ningún rito funerario.

La única vez que salí a pedir calaverita fue a los cuatro años, mi abuelo me ayudó a transformar una calabaza en una portavela con la que iba alumbrando el camino, no recibí ningún dulce, únicamente terminé con una moneda de veinte centavos. Mi abuelo también me acompañaba cuando había rosarios en casa, yo me negaba a rezar, me quedaba en el pasillo y él me acompañaba, platicaba conmigo apenas susurrando.

Fue hasta que tenía la verdadera mayoría de edad, veintiún años, cuando recibí un curso intensivo funerario. La muerte entró a mi vida por el lado izquierdo, mostrando lo versátil e implacable que era; dejando claro lo irrevocable de sus designios, como un árbitro funesto que expulsaba sin  necesidad de reglas.

Primero fue mi tía Luisita, un jueves al levantarse le pidió a mi tía Delia que llamara a mi mamá, su sentencia premonitoria no fue tomada en serio, al menos al principio: “llámale a Mela porque me voy a morir”. Unos minutos después de que llegó mi madre ella abandonó este mundo con una sonrisa de paz, estoy seguro que fue una decisión. Yo la amaba muchísimo, fue una parte importante de mi niñez. Siempre le dije toda la verdad y jamás me juzgó. Estaba dolido pero sabía que mi madre lo estaba aún más, había perdido a la persona que más la quiso, la que le otorgó cuidados y amor sin límite. Me dediqué a consolarla durante los nueve días rituales.

El siguiente jueves, luego de que acabaron los rosarios me avisaron que había muerto Abigail: la mejor amiga de mi novia y novia de mi mejor amigo. Al parecer un error en la dosis de cortisona segó su vida unos días antes de cumplir 18. Corrimos a la funeraria que estaba en la colonia doctores, pero al llegar ya la habían cremado sus cenizas están en la iglesia que queda cerca de la UAM Xochimilco. También ahí fueron los rosarios.

De nuevo el jueves siguiente había una noticia funesta. Adriana, la hermana del Chore murió en la Cruz Roja. Ella tenía un novio que militaba en la filas judiciales, que era propietario del departamento donde vivía su familia. Justo después de comunicarle que quería terminar con él porque había conocido alguien más sucedió la tragedia: dos disparos al vientre fueron declarados, oficialmente, como suicidio. Cuando llegó su novio compungido al velorio llevaba su prueba de parafina que demostraba que no había disparado. La Güera (como le decían a la mamá) lloraba a gritos sobre el ataúd pidiendo que no se la llevaran, mi amigo Héctor intentó saltar del balcón un par de veces con la imagen de las uñas de su hermana fija en su memoria.

A pesar de ser abanicado por la hoz de la muerte, los más afectardos fueron personas cercanas. Mi duelo fue consolarlos, buscar palabras que diluyeran un poco su dolor mientras el mío iba formando una costra. Desde entonces se han ido muchos dejándome heridas que nadie ha tocado.

 

 

las horas muertas

Las cosas que mueren jamás resucitan, las cosas que mueren no tornan jamás.

Alfonsina Storni

Cada día mueren muchas cosas, puden ser pequeñas o al parece insignificantes. Ahora mismo tengo que cambiar el garrafón de agua, está a punto de terminarse el rollo de papel de baño; este día con certeza morirá. Y son cosas que suelen pasar sin pena ni gloria para el público en general.

Pero si lo trasladamos a las relaciones, los trabajos o los funerales la cosa es distinta, también terminan pero las personas se niegan a dejarlas partir, se aferran a un ente que ya no existe, la esencia es distinta las cosas son otras. Han pasado por un proceso alquímico que las ha transformado para siempre —su flogistio fue liberado en el éter— pero la imagen la conservamos como un fantasma.

Yo mismo me he aferrado a muchas cosas, la memoria llena de tiliches en apariencia inservibles, lo guardo con una esperanza de que la naturaleza no siga su curso, de que el tiempo se invierta, de que un conjuro les devuelva la vida. Nunca sucede.

Ya fui capaz de quemar todos los recuerdos, unas naves que pensaba me aseguraban un retorno, de nuevo una ilusión. Ahora es tiempo de comenzar el fuego, de liberar las cosas, de encender una hoguera que ilumine mientras consume las coas que nunca regresan.

 

 

 

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