la cruz personal

Te recordaré, abuelo. Te recordaré. Nunca se me olvidará lo que me dijiste. Es sólo el miedo lo que es diabólico…

John Wyndham

Mi abuelo nació el 3 de mayo, fue mi único abuelo chilango, los demás fueron de Salamanca. Quedó huérfano siendo niño y fue a vivir a Morelia. Pero la ciudad lo llamaría de nuevo, aún siendo adolescente regresó a la ciudad y lo primero que hizo fue recorrer sus contornos: San Lázaro, Santa María la Redonda, Chapultepec, hacia el su no se extendía más allá de viaducto.

Junto con varios amigos compraron un coche antiquísimo, tanto que aún se arrancaba usando la manivela (o crank) con ese coche paseaban por dentro del bosque de Chapultepec y buscaban impresionar a las muchachas. Solamente que nadie quería ser el que diera vuelta a la manivela para arrancar el coche. Imagino a mi abuelo adolescente en la ciudad de aquellos entonces.

Siempre fue amante de la fotografía, tomó un curso de radio, fotografía y cine, siempre le gustaba hablar al respecto, de lo que le enseñaron entonces, la construcción de su radio a galeana. Y que la enseñanza del cine era muy reducida entonces.

Se enamoró perdidamente de mi abuela cuando ella rondaba los quince, y no se desanimó ante la negativa de los suegros. La raptó, pero no a la mala, no iba a hacer algo contrario a sus principios. La llevó a casa de sus padrinos y ella estuvo ahí hasta que se casaron. Mi padre fue su primogénito.

Una vez que asistió a un festival de mi primaria, cuando me acerqué a saludarlo, se inclinó para susurrarme, me dijo que él entendía que estaba frente a mis amigos y que si me daba pena saludarlo que no tenía que hacerlo (porque lo saludaba con un beso en la mejilla y podía ser sujeto de burla). Eso me hizo saludarlo con mucho amor cada vez.

Le gustaba cocinar, lo hacía en su propia cocina, porque mi abuela decía que siempre dejaba todo tirado. Y llamaba a cada nieto por separado a la cocina porque les había preparado un platillo especial. Añoro las donas caseras que hacía, incluso las comía sin el azúcar o el chocolate.

Le gustaba mucho jugar dominó, odiaba quedarse con la mula de seises, y solía poner a girar una ficha cuando el rival iba a tirar, que reveelaba depués del tiro, como si hubiera adivinado, ese truco lo adopté.

Cuando mi abuela hacía sándwiches le daba a mi abuelo la tapa del pan pero volteada, como nosostros sabíamos lo intercambiábamos porque a mí me gustaba más. Cuando había rosarios en la casa solía salir conmigo al garage para platicar al respecto, no religiosamente sino de la persona por la que se rezaba. También me enseñó algunos escritos de joven, siempre sentí mucha complicidad con él.

De él heredé el gusto al cine, me platicaba de las películas que veía de joven, ahí conocí a Peter Lorre, conseguí una pelícua de él que fue de las primeras que vio en el cine: Las manos de Orlac (Mad Love). Solía llevarnos al cine en su Impala que manejaba a gran velocidad, y la última vez que fui al cine con él fue para ver la película Gladiador, curiosamente fue la última vez que me tocó un intermedio en el cine.

Me gustaba mucho ir a platicar con él en su taller mientras él fabricaba zapatos, se quedaban mucho sobrantes de resistol 5000 en sus manos, que iba acumulando en una especie de pelota. Usaba una madera rojiza a manera de martillo para golpear la piel. Mucho tiempo despúes, consiguió un molde de número de calzado y me fabricó los mejores zapatos que he tenido, entre esos pares destacan los de ante azul, los más cómodos que he tenido. Unos días antes de su muerte, en navidad me dió los últimos zapatos que fabricó y me dijo que ya no tenía pendientes. Yo me aseguré que su voluntad de ser cremado fuera cumplida (tenía pavor de ser enterrado vivo).

 

 

 

al volante

Para ir realmente rápido tienes que frenar un segundo después de lo que te dice miedo y acelerar un segundo antes de lo que te dicta la lógica

Alain Prost

Desde muy niño tuve interés en conducir, mi padre me dejó usar el volante de su ford 200 (modelo 62) mientras iba sentado en su regazo, después yo tenía que decirle cuándo cambiar de velocidad y hacer el cambio con la mano izquierda (mucho más fácil hacerlo cuando la palanca era al piso). Después me dejaba estacionar su ford mustang 74 fastback. Y para los trece años andaba conduciendo por la colonia un Chevrolet 51, al que algunas veces había que destrabarle las velocidades, lo que implicaba bajarse del auto y deslizarse bajo de él.

Apenas cumplí los quince años y me lancé a hacer los trámites para mi permiso de conducir, primero fui a la delegación Iztacalco, que quedaba más cerca del trabajo de mi papá, pero la estaban remodelando, tuve que ir a la delegación Venustiano Carranza. Bastó con mostrarles la insignia de los niños héroes para que no importara que no iba acompañado de ningún padre o tutor, no llevara ninguna constancia de curso de manejo. Y como no dan cambio me dieron el permiso por 3 años (hasta cumplir la mayoría de edad) en lugar de los acostumbrados 6 meses. Me quedé con apenas lo suficiente para el camión de regreso pero ya con un flamante permiso de conducir.

Me entrené en un volkswagen sedán blanco (un bocho 79), mi idea no solamente era conducir, sino estar preparado, así que comencé mi entrenamiento, las subidas, bajadas, frenar en una pendiente, manejar únicamente con el brazo derecho, o con el brazo izquierdo, movel el volante con las piernas, conducir con un vaso en la mano, con un vaso lleno, con cigarro, tener un vaso y encender un cigarro, con encendedor y con cerillos. Por cierto, conozco dos formas de encender un cerillo con una sola mano, la primera es sostener la base del cerillo con el índice y el pulgar y usar el dedo medio para friccionarlo contra la caja, la otra consiste en meter la base del cerillo en la caja y doblar la punta por la mitad simulando un encendedor, se usa el pulgar para friccionarlo contra la caja. Cada forma tenía su riesgo, en la primer te podías quemar la palma de la mano y en el segundo el pulgar además de que el cerillo podía salir encendido y caer en algún lugar del auto. Casi exclusivamente usaba una técnica, pero no revelaré cuál.

Cuando comencé a manejar a Napoleón (Maverick 75) llevaba una hoja de un libro con la poesía de Poderoso Caballero es Don Dinero de Quevedo, a mandera de mi prueba antidoping, si recordaba el poema estaba en condiciones de manejar. Mis amigos lo tomaban a chacota, y únicamente pedían que lo recitara para burlarse. Quizá por eso hice tantas maniobras temerarias (nada que ver con el grupo) como manejar en sentido contrario en Xola y el eje Central, saltar el viaducto (mi placa de adorno terminó aplastada), o atravesar intempestivamente las calles sin mirar antes de cruzar, dejar el acelerador al fondo el tiempo que duraba el encendedor del auto.

El día que cumplí 17 años me robaron los limpiaparabrisas del auto, en la tienda del ISSSTE cerquite del cruce de Miramontes y Escuela Naval Militar. No los repuse en cerca de un año, lo único que llevaba para mitigar el riesgo era detergente roma que lo esparcía sobre el parabrisas cuando la lluvia era muy fuerte. Todos exclamaban “¡no mames! ¿a poco ves?” yo les decía que usaba la fuerza como Luke Skywalker pero la verdad es que como yo utilicé lentes hasta ya pasada la secundaria, estaba acostumbrado a ver borroso y en base a esa imagen conducirme por el mundo.

Napoleón tenía unas llantas 205/60 R14 que con el paso del tiempo eran muy buenas para los arrancones pero no para frenar, estaban lisas (se les veía el aire) entonces cada semana se ponchaba una (en una ocasión se poncharon 2 llantas el mismo día), me convertí en experto en cambiarlas, aunque en varias ocasiones por la prisa terminaba degollando un birlo, y tenía que ir a repararlo a la glorieta del Tío Sam.

Tenía medido su tamaño y su consumo de gasolina, algunas veces, cuando por delante había un hueco muy justo, aceleraba y les preguntaba a los demás tripulantes ¿quepo o no quepo? todos contestaban que no pero yo les demostraba lo contrario. Después de una visita a mi otorrinolaringólogo en Polanco (en las calles de Musset y Ejército Nacional) el precio de la consulta me dejó sin dinero (acaso para un boleto del metro o un camión). Tuve que decidir si regresar por el centro, lo que aseguraba que se acabaría la gasolina o por periférico, en esos tiempo esa ruta era posible. Subí los cristales y prendí el radio (ese es el modo ahorrador de gasolina) y la gasolina alcanzó justo para estacionar el auto frente a mi casa.

En una ocasión que fui a Acapulco con mi Compay y los hermanos Miranda (el Dida y el Chacal), íbamos en Napo-clon un Máverick que intentaba emular al original. Tenía mucho juego la dirección,es decir, al mover el volante unos 20° no tenían efecto. Era como hacer nieve. De regreso un corto causaba que la luz y los limpiadores se apagaran (llovia copiosamente). Al parecer iban muy asustados, por no concer mi pericia.

Conservo la pericia, aunque maneje más prudente.

 

 

el milenio de los milenials

No se puede olvidar el tiempo más que sirviéndose de él.

Charles Baudelaire

Durante el cambio del siglo me tocó experimentar un período que sabía que sería temporal, quizá sea eso lo que me permitió experimentarlo sin ninguna expectativa y únicamente abriendo los ojos.

La universidad se encontraba aún en huelga, yo seguía recibiendo un raquítico cheque que me permitía vivir despreocupado. Eso contrastaba con la sociedad informática que vivía aterrada del error del año dos mil (Y2K), como atestigua este blog las máquinas no se revelaron (bueno uno nunca sabe, quizá están preparando su ataque o nos tienen en la matrix) y el mundo no acabó.

Quizá el mundo no acabó pero algunas máquinas sí se rebelaron, al menos se negaban a facturar, un amigo y vecino llamado Andrés solicitó mi ayuda y pues me aventuré de nuevo en la economía informática.

Me tocaba asistir a la terminal intermodal Pantaco, llegaba al metro Popotla y caminaba hasta el Gigante Cuitláhuac (ahora Soriana), le encargada se llamaba Jennifer y siempre escuchaba el disco de pies descalzos de Shakira. En varias ocasiones no podía entrar porque había amenaza de bomba, y me tocó ver que se robaron un contenenedor de los que estaban apilados dejando un hueco en el centro. Por cuestiones de logística compré por primera vez un celular, un pegaso que venía en una caja naranja que era anunciado por Anna Kournikova

Aún vivían todos mis abuelos, ese año fue el último que fui al cine con mi abuelo paterno, vimos Gladiador y aún hubo intermedio en la película en unos multicinemas que estaban en avenida Ermita. Él me hizo unos zapatos verdes del mismo tono de mi chamarra, que usaba a pesar del calor.

Todavía tenía deambular por la ciudad, para recorrer la recién inaugurada lína B del metro, de recorrer la calle de Tacuba periódicamente, de ir a la plaza de la computación y comer en el huarache azteca mientras revisaba las propagandas.  Fue la época en la que pasé más tiempo en la calle de mi amada ciudad.

Fue una época libre, sin dirección definida, con muchas posibilidades. Quizá por eso no me di cuenta que estaba pasando la estafeta. Que los tiempos estaban dejando de ser míos.

 

 

 

 

cambio de planes

El pájaro tiene su nido, la araña su tela, el hombre la amistad.

William Blake

Un 14 de febrero de la época precelular, mia amigos organizaron una excursión a ¡bailar!, algo sin precedente. Una docena de personas: 6 damas y 6 caballeros, bueno menos caballeros porque al menos yo era un patán (algunas personas dicen que lo sigo siendo). Todos emperifollados, yo llevaba zapatos de vestir y no eran XV años. Algunas vestido y tacones, otros camisa de manga larga.

Chucho llevaba a las mujeres en su fairmont, y en Napoleón íbamos los demás. En cada semáforo hacíamos la broma de echarnos bronca mutuamente; hasta que en un semáforo intervino una patrulla y prendió su sirena para perseguir a los sospechos, obviamente nosotros.

Gracias a mi habilidad en el volante, la potencia de Napoleón y mi conocimiento de Iztapalapa conseguimos burlar la persecusión. Pero nos encontramos en un barrio lejando y sin comunicación con el otro coche. Después de deambular usamos la lógica y nos dirigimos a un lugar pùblico, concurrido, al que se nos se nos pudiera ocurrir ir a ambos. La vinaterìa la cueva, por donde terminaba la viga entre campesinos y caporales, una de las tantas paradas obligadas. Cuando llegamos ya habían comenzado la carrera.

Quizá ya era demasiado tarde o los astros habían dictado otra cosa: cambiaron los planes.

Nos dirigimos hacia el Cerro de la Estrella, nos estacionamos fuera del cementerio y saltamos la reja, el contingente se fue extendiendo, cada grupo caminaba a su paso. Después de un grito estridente vimos regresar a la vanguardia corriendo, huyendo dc un fantasma que resultó ser una veladora que permanecía encendida. Así que continuamos el camino, ya algunos del brazo, seguramente por el miedo. Llegamos hasta la entrada de la zona arqueológica y escalamos, con algo de esfuerzo, afortunadamente teníamos suficiente vodka para hidratarnos.

Ya embriagados del ambiente prehispánico y de los suministros comprados en la cuevita, cada quien tomó de su vaso y tomó camino, yo me quedé contemplando el horizonte con Atilio (Juan Manuel) mientras cantábamos “Amor de Cabaret” de la Sonora Santanera y discutíamos de nada, así trasncurrió parte de la noche. El descenso fue accidentado, hubo varios resbalones y mis zapatos causaron baja. Durante el regreso vimos un cartel que anunciaba la zona arqueológica, respetuosamente lo dejamos en su lugar porque ninguno de nosotros hubiera sido capaz de cometer una ofensa federal.

Al final resultó mejor cambiar el plan.

 

 

 

 

 

principio y fin

Me mataron los murmullos…

Juan Rulfo

Los últimos días de este año tan incierto han sido difíciles, rodeados de enfermedad y recuerdos. He aprendido y crecido mucho, agradezco infinitamente todo lo vivido.

Me entregué de corazón a una relación llena de promesas y sueños, en la que puse mi esperanza de ser redimido. Hubo cielo e infierno, momentos de goce y de incertidumbre. Creo que lo que buscaba tenía la misma forma que mis heridas. La comunicación rota no ayudó para conciliar las diferencias. Y ese sentimiento insidioso de estar incompleto. Demasiados silencios. Nada claro, ni siquiera este párrafo.

Estoy aprendiendo a expresar lo que siento, lo que quiero, lo que necesito. Me he dejado de lado mucho tiempo, he favorecido a los demás bajo la óptica de que yo aguanto más, puedo más, necesito menos. Pero estar en esa posición no me ha beneficiado en nada, yo mismo me he mutilado. Me he tratado como si no mereciera. Llevaba en la mente la idea de que como fui favorecido en la vida mis logros no tenían valor. Apenas me doy cuenta de que prácticamente no me he celebrado ningún triunfo, no me reconozco ningún avance.

Algo muere y algo renace.

Así es y ha sido siempre.

 

 

historias de tunantes

Aquí no es mesón, sigan adelante, yo no puedo abrir, no sea algún tunante.

canto popular para pedir posada

Poco antes de comenzar mi educación primaria, organicé una expedición al Sears de Plaza Universidad para extraer un juguete para cada miembro de la banda participante (éramos 6). Era un plan lo suficientemente elaborado como para no ser descubierto, cada miembro ejecutaría 3 diferentes roles uno por cada juguete sustraido. Tiempo después, en Gigante (ahora Soriana) fuimos sorprendidos debido a un plan más burdo.

Frente a mi escuela primaria había una farmacia que tenía una máquina de pinball a la que nos habíamos aficionado. Debido a un descuido de la persona que le daba mantenimiento conseguimos las llaves para abrirlo. Jamás tomábamos dinero únicamente nos poníamos créditos para jugar. Hacia el final de cursos del sexto año nos escapamos de la escuela para ir a jugar. Fuimos acusados de hacer llorar a nuestra maestra, debido a su preocupación ante nuestra desaparición.

Tuve una excursión con los dos compañeros más rudos de la secundaria (musicalmente hablando) para conseguir un disco de Iron Maiden (Piece of mind) en el Sanborns que está en la esquina de Acoxpa y Miramontes ─refugio sureño de los encuentros de ambiente─ después de la compra vi sus caras de regocijo, se sentían trasgresores, como dueños de un secreto importante, con un vínculo especial que los ayudaba a navegar la adolescencia tan desprovista de refugio. Yo únicamente los acompañaba.

Durante la preparatoria, mientras le daba lecciones de manejo a Atilio (Juan Manuel) en estacionamiento al lado del campo de fútbol americano de los Cherokees, al ver una patrulla a lo lejos Atilio aceleró como huyendo de la ley, a media calle nos cambiamos de lugar y los patrulleros nos alcanzaron. Nos obligaron a poner las manos sobre el toldo, nos revisaron buscando armas y vieron que tenía la cajuela llena de revistas de las revistas lágrimas risas y amor. Decepcionados por la falta de oportunidades de mordida nos despidieron con la frase “muchacho, no hagan cosas buenas que parezcan malas”.

El los 80s nos invitaron ─ éramos colados para ser sinceros─   a una posada en una calle escondida de San Ángel. Nos recibió un perro pastor alemán con el que congeniamos inmediatamente. Cuando llegó la anfitriona, al vernos jugar con su amada mascota nos tuvo buena fé, nos permitió estar en la cocina y nos encomendó la tarea de poner las piñatas y manejar el cordel que las mantenía a salvo. No tuvimos necesidad de arrojarnos por los premios de la piñata porque los sustrajimos antes de que comenzaran los cantos para romper la piñata.

Se me había hecho tarde para ir al concierto de Cecilia Toussaint en el Blanquita (principios de los 90’s) llegué apresurado a la taquilla sorprendido de tan poca gente formada y compré los boletos, cuando di media vuelta para dirigirme a la fila de la entrada me di cuenta que había ignorado olímpicamente la fila para los boletos. Para entrar al recito era una fila de ida y vuelta, casi pasando la entrada me encontré al primo de mi primo (Pepe) que era uno de mis pocos conocidos en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.  Total que, después de llegar tarde en menos de cinco minutos ya estaba dentro.

Una fiesta agendada en un edifico sobre Xola, apenas pasando Tlalpan, fue suspendida debido a las protestas vecinales. La sede fue cambiada para casa de Lenina, donde comencé como DJ, labor que dejé en manos de Agustín, me lancé a la pista de baile a robar un sombrero y luego salí a defender a un infeliz que estaba siendo vapuleado por mis amigos: Felipe, Cuquín, Vani, Chéster, Paquis (hasta con patadas voladoras). Terminé llevándolo a su casa.

 

 

 

 

camposanto

Porque en el lento instante del quebranto,/ cuando los seres todos se repliegan / hacia el sopor primero/ y en la pira arrogante de la forma/ se abrasan, consumidos por su muerte.

Muerte sin fin – José Gorostiza

El altar de muertos que se levanta a manera de ofrenda, repleto de flores, comida y objetos preferidos de los difuntos en un espejo de lo que llevamos dentro, de las cosas y los recuerdos que nos dejaron. De alguna forma nuestro ser tomó forma gracias a su influencia.

Recurdo a mi tía Luisita desayunando café invariablemente, acompañado de cafiaspirinas y unas doraditas, mirando tranquilamente la tele mientras fumaba sus faros, ocasionalmente le llevaba unos cheetos. Su bendición me ha protegido en innumerables ocasiones, me encomendaba con las ánimas del purgatorio.

Mi abuelo Pedro (yo le decía Tobol) siempre te llevaba a la cocina para ofrecerte manjares perticulares, apenas me aceptó un par de invitaciones a comer. Cuando era su cumpleaños solía llevarle tartaletas en lugar de pastel, le gustaban los sabores dulces, también el huitlacoche y el chocolate.

Acompañé a mi padre muchas veces a comer, íbamos al mercado a comprar tacos de moronga y longaniza con papas, otras veces a alguna cocina económica cerca de su trabajo donde lo atendían a cuerpo de rey, le daban unas milanesas gigantes (oreja de elefante) pero lo que siempre recuerdo era su difrute con las tortas de cajeta, cada que las comía nos contaba de la vez que en la primaria le robaron su rebanada de bolillo con cajeta cuando estaba a punto de darle la primer mordida.

Mi abuela Chuchita siempre estaba sonriendo, la recuerdo en una mañána fría desayunando leche caliente con pan de dulce, o pidiendo bisquets o hot cakes. Me parece que era más de desayuno, porque las veces que se quedaba en la fiesta no la vi cenar.

Mi abuelo Luis siempre comía opíparamante, le gustaba la carne, el chicharrón en salsa verde y acompañarlo de un buen tequila. Una vez en Salamanca fui con él un restaurante y terminé completamente lleno.

Mi abuela Ester solía cenar en solitario, se limpiaba la crema nivea que tenía embadurnada por la cara y se disponía a cenar un café con pan.

Mi tío Luis también era de buen comer, acompañando la birria con una cerveza bien fría, lo acompañé algunas veces por el pan donde se desvivían por atenderlo

Nuestros muertos viven en nosotros.

 

 

 

De colores

De colores, de colores se visten los campos en la primavera.

Canción popular mexicana.

Mi capacidad para distinguir colores ha disminuido recientemente. Esta es una clara desventaja en la culinaria mexicana porque me asaltan muchas preguntas.

Comenzando con el desayuno: ¿Tamal verde o rojo? eso no es suficiente para saber cuál es más picoso, o más salado, o cuál tiene más carne, ni siquiera si alguno es más propenso a convertirse en guajolota. Si lo acompañara con café no tendría problema alguno pero si elijo el té entonces sí llega la decisión, si negro, verde, blanco o rojo; aquí incluso se trata de la misma planta en todos los casos. Mi corazón se divide entre el English Breakfast y el Prícipe de Gales (qué mamón).

Si se me ocurriera almorzar unos chilaquiles también tendría que elegir entre verdes o rojos, en enchiladas igual (las suizas no tienen que ver con los colores de la bandera). Incluso los podría acompañar de queso azul y tomar un jugo verde para que resbale.

La comida podría ser con arroz blanco, o rojo, o verde. Para acompañar el mole tendría que ser rojo, pero ahora sería mole negro, verde, amarillo; acompañado de tortillas que pudieran ser de maíz blanco o azul. De postre podría pedir zapote negro o blanco. O una gelatina roja, verde o amarilla. Los respados sí son de sabor sin importar si son más artificiales.

Para no dejar fuera mi estadía en el estado hay tacos de chorizo rojo o verde, con salsa verde o roja, y un mundet rojo (o blanco). Más tarde unas uvas rojas o verdes para botanear y de inmediato se desprende el vino tinto, blanco o rosado.

Mientras no digan tomates verdes todo está bien.

 

 

 

 

Errores comunes

Ahí está el detalle.

Cantinflas

Muchas veces me pierdo en mis pensamientos, un objeto cotidiano puede desatar un torrente de imágenes, datos y sensaciones de origen impreciso. Algún momento de mi historia.

Justo hoy estoy lidiando con un problema tecnológico en el que no puedo meter las manos, entonces recuerdo las numerosas noches armando computadoras e instalando el software. En diversas ocasiones me enfrentaba a algún error, algo que me impedía continuar, quizá la madrugada me hacía pensar que era algo más difícil. Algunas veces me sentía confuso e inseguro, pensaba que no podría resolverlo, la mayoría de las veces la solución era muy simple, apenas un detalle olvidado, no era del grado de olvidar conectar el cable, pero algo muy cercano.

Lo único que necesitaba entonces era una señal de esperanza, una palabra amable, una palmada en la espalda, un voto de confianza. Y es lo único que sigo necesitando ahora.

Lo más difícil para mí es ver lo que tengo frente a mis ojos, es serenar la tormenta que cotidianamente se gesta en mi mente, pensando en una serie infinita de combinaciones posibles sin considerar lo más simple a la mano.

Cerrar los ojos y confiar en que lo puedo resolver, siempre he podido, pero algunas veces mi confianza desaparece.

 

 

 

 

primero es lo primero

Desayunar como rey, comer como príncipe y cenar como mendigo

Refrán

Mi comida preferida es el desayuno. Aún si generalmente no se tiene suficiente tiempo para disfrutarlo.

Durante la infancia nos daban chocolate, un pan de dulce y generalmente una torta. Mis padres tomaban café con leche, mi papá una cucharada copeteada de café y 2 de azúcar; mi mamá pedía las cucharadas ralitas. Los fines de semana había algunas veces huevo, generalmente con jamón o con salchicha, (extraordinariamente con frijoles), algunas veces hot cakes. Ahí vi a mi padre haciendo malabares para hacer el desayuno completo con 1 huevo y una cucharada de frijoles. También fueron mis primeras incursiones en la cocina. Me aventuré a incluir el queso amarillo en el huevo, para hacerle el desayuno a mi hermana y decirle que eran unos huevos a la benedict (yo entonces ni idea tenía de lo que eran).

Algunas veces, especialmente durante el verano iba a desayunar con mi tía Luisita y ella me preparaba un chocolate de tablilla y después lo enfriaba amorosamente vacíandolo entre dos jarros para que lo pudiera tomar (nunca he podido tomar líquidos a altas temperaturas, a diferencia de mi padre que le gustaba que el recipiente estuviera a punto de derretirse), y lo acompañaba de un bolillo recién comprado en la panadería la Esperanza relleno de frijoles de la olla, era un desayuno de sabor celestial.

Durante mi infancia algunas veces mi mamá nos llevaba muy temprano a Chapultepec, y como consideraba que las tortas que solamente tenían la mitad con relleno que vendían ahí como un desayuno adecuado, esperábamos hasta regresar y pasábamos al Burguer Boy que estaba cerca de Taxqueña y Miramontes. A pesar de tener a mi disposición la unefante, la brontodoble y la dinotriple siempre pedía los hot cakes, jamás he pedido hamburguesas para el desayuno.

Cuando viajábamos a San Juan de los Lagos, donde teníamos dos opciones para desayunar, un restaurante donde el servicio era más lento que la burocracia, mi abuela Chuchita solía decir que pidiéramos de una vez para el día siguiente, en ese lugar me abstenía de pedir hot cakes porque demoraban una eternidad, simpre pedía huevos revueltos. La otra opción era ir al mercado donde todos pedían leche caliente (algunos para hacer café) pero yo me escabullía para beber leche bronca, generalmente acompañada de algún pan de dulce.

Durante la alcoholescencia aparecieron diferentes necesidades nutricionales, además de antioxidantes necesitábamos alimentos con elementos anticruda. El primer lugar fue el mercado de la 201 donde íbamos por barbacoa y pancita. Algunas veces íbamos a las gorditas que estaban justo afuera, aunque generalmente pedía un huarache con huevo. Ya en el retorno comprábamos quesadillas de sesos en las carnitas de la esquina (era lo más barato) y cuando había abundancia íbamos por unos tlacoyos de masa azul y unos esquimos.

En la oficina, antes de que la palabra godín fuera asignada y sobreutilizada, los viernes solían ser los días en los que pedíamos el desayuno, yo solía elegir el “cotorro” que eran tacos de huevo cubiertos de salsa de frijol, algo así como las enfrijoladas veracruzanas de algunos restaurantes. Otro platillo obligado eran los chilaquiles, regularmente después de un jueves social. Mucho tiempo mi desayuno fue un vaso de papaya picada (sin albur) y un jugo de zanahoria, ya incluso tenía mi marchante. En un viaje de trabajo probé en el desayuno un huevo con fresas salteadas, fue una grata sorpresa que no he repetido hasta entonces.

Cuando vivía cerca del metro Portales, algunas veces iba al mercado a desayunar barbacoa, sentado justo enfrente de una pintura de ovejas con un letrero que dice que el señor es nuestro pastor, o la comer una torta de pierna horneada acompañada de un jugo mitad zanahoria mitad naranja del puesto de frutas de enfrente.

Cuando comencé mi mudanza a Brasil viví casi seis meses en hoteles donde había desayuno buffete de desayuno, y cuando me establecí comencé a buscar lugares que tenían esta modalidad. O incluso una combinación de desayuno y lunch (brunch por la contracción de breakfas lunch), de los viajes a Londres me quedé con una afición por el té English Breakfast, la ventaja de que el té también combina con la tarde.

Ojalá hubiera más tiempo para desayunar.