puros cuatros

¿Quién te ha querido en la vida más que mi pecho? ¿Quién te siguió por el mundo más que tu sombra? ¿Quién aguantó tanto insulto y tanto desprecio? Yo, que llevaba en el alma calor de sobra.

José Alfredo Jiménez

Cuatro años, cuatro meses y cuatro días antes de que terminaran mis últimas vacaciones fui invitado a ver la final de la Champions, Real Madrid contra Atlétic de Madrid en el estadio da Luz de Lisboal, al departamento de Fillipi (así se llamaba). Su departamente estaba nuevo, muy equipado hasta tenía un jacuzzi que estaba cubierto para evitar que su perrita, que era su adoración, sufriera un accidente; tenía muy poco que la había salvado de morir ahogada.

El partido estuvo entretenido, el gol del Atleti cayó unos diez minutos antes de que acabara el primer tiempo, la botana no era lo que esperaba, pero la bebida sí. Paralelamente recibía indirectas en las redes sociales (por mi interés por un espectáculo tan pagano) y algunas fotos de mi entonces novia con otras personas. Suficiente para distraer el goce del partido, para agrietar el corazón y despertar la sed. La única ¡alegría! venía de parte del Atleti, pero a los 4 minutos del tiempo complementario ─en realidad fueron 3 pero es mi vountad─ el señor Ramos empató el partido y todo terminó 4 a 1. Y rematando con gol de CR7.

La combinación de la derrota con la discusión por mensajes telefónics detonó en una noche bohemia. El anfitrión ofreció generosamente el contenido de su bar, y un par de botellas de una bebida que no requiere acompañante. La música sonaba por medios alternativos, faltaban 4 días para que llegara spotify a Brasil. El contingente era de nacionalidades variadas, pero más de la mitad hablaba español. Así que aproveché el momento para presentarlesa José Alfredo Jiménez.

Quizá la voz se me quebró un poco cuando canté pa’ todo el año, incluso algo de humedad en los ojos. Pero creo que logré explicar lo que esas canciones representaban, no solamente para mí sino para el pueblo de Mëxico (más les vale). Al final terminamos vagando en busca de un bar que visitamos una vez, porque querían revirar con samba. Llegué triste y cansado a dormir, no sin antes apagar el celular. Nunca alcanza todo el alcohol para ahogar las penas.

Y siempre debería recordar que mi canción es El Rey, no en balde fue la primera canción que aprendí.

 

 

uniformes uniformes

La tela buena, siempre que se lava, se estrena.

refrán

Como lo define la real academia el uniforme es un traje peculiar y distintivo que por establecimiento o concesión usan los militares y otros empleados o los individuos que pertenecen a un mismo cuerpo o colegio. Tiene la ventaja de ocultar las diferencias, pero la desventaja de no promover la originalidad. No es algo que me guste pero a lo largo de mi vida lo tuve que suar.

El primer encuentro con el uniforme lo tuve en la escuela, la preprimaria. Un pantalón azul marino, camisa blanca (¿a quién se le ocurre usar el color blanco en los niños?) y suéter azul marino, que en cuanto tenía la oportunidad me lo quitaba y lo anudaba a mi cintura o a la mochila o lo dejaba tirado. Y los días que había saludo a la bandera usábamos pantalón blanco y guantes. Los viernes nos tocaba deportes y podíamos llevar tenis.

Otro ámbito es el deportivo, mi papá jugaba fútbol con mis tíos, el nombre del equipo era el Santos, en honor al rey Pelé. Y como querían que sus vástagos tuvieran la mismas costumbres había un equipo juvenil llamada Cosmos y al final, el equipon infantil llamado Ultra. Nuestro uniforme era de color rosa mexicano:

Al entrar en la secundaria dejé atrás el uniforme escolar y únicamente en los deportes me veía obligado a usar o una playera roja o una azul. En paralelo fui a hacer pruebas a otro equipo donde jugaba el hijo de un amigo del trabajo de mi papá: el Necaxa. Nuestro primer uniforme era verde con un León dibujado al frente, entonces los árbitros solían decirnos los panzas verdes (el mote del equipo del León) en especial un árbitro de escada estatura al que todos llamábamos el ampayita. fue hasta la siguiente temporada donde conseguimos el uniforme de franjas rojas y blancas, entonces nos confundían con el Guadalajara. Con el equipo mis vecinos del retorno (el Zaragoza) el uniforme era como el de Holanda en el mundial del 74, naranja con negro.

En la universidad, en mis clases de alemán cantamos villancicos:

O lasset uns anbeten, o lasset uns anbeten,
o lasset uns anbeten den König, den Herrn

Además de aprendernos la letra tuvimos que ponernos de acuerdo en un vestuario más o menos uniforme para la presentación, la única solución fue una combinación de blanco y negro.

Casi podría decir que en el trabajo no necesité de uniforme, aunque existe un código de vestuarios y en ocasiones específicas la corbata y el saco son necesarios. Estando en Sao Paulo hubo un torneo de fútbol (deporte nacional) y me animé a participar, fue mi último uniforme futbolero que usé, como mi equipo logró el campeonato, aunque mi contribución fue mínima, marcó el momento del retiro.

 

ceros y unos

Las máquinas me sorprenden con mucha frecuencia.

Alan Turing

Casi toda mi vida me ha intrigado el pensamiento de los otros. Las ideas que hay detrás de cada acción, la correspondencia (mucha, poca o nula) entre sus palabras y acciones. Tiene mucho tiempo que acepté que es un mundo inexpugnable para mí.

Durante mi infancia comenzaron a asomarse algunos dispositivos electrónicos (mattel) que captaron mi atención. Fueron mis primeras interacciones con los transistores ─los radios no cuentan─ la primera vez que usaba baterías. En ese tiempo nada más había Eveready, Ray-o-vac y águila negra. Que muchos estudiantes de secundaria llevaban la versión heavy duty (una pila grande y cuadrada) que usaban para el taller de electricidad.

Y hacia finales de mi infancia recibí un regalo que, ahora que lo reflexiono, cambió de alguna forma mi vida. Una computadora, la timex sinclair 1000, que tenía 2k de memoria. Trescientos veinte veces menos que la primer PC con windows que utilicé. Tenía el basic integrado, incluso cada tecla era un atajo para un comando del lenguaje, aún con esta característica era muy tardado programar. Los programas se guardaban en un cassette común y corriente.

Pero lo que me impactó fue la definición de un lenguaje. Por primera vez podía interactuar con un ente externo en con reglas definidas, podía entender por completo lo que sucedía, podía comprobar que mi mensaje llegaba y la forma en que era interpretado.

Después siguieron la commodore 64, una TRS-80 que era de Radio Shack, que tenía un sistema operativo llamado OS-9 muy parecedio a UNIX. Después llegaron las PCs con el sistema MS-DOS, yo usé desde la versión 3 hasta la 6. Después windows que hasta el win 95 no era un sistema operativo.

Pero desde entonces he escuchado múltiples comentarios acerca de las computadoras y la tecnología alrededor que hace evidente la diferencia de visiones que tengo con el mundo:

La compu no me hace caso

Se volvió loca la PC.

No quiere arrancar.

Se puso lenta

A mí no me obedece.

Falló así nomás, yo no hice nada.

Se murió mi máquina

Cada problema tiene una explicación lógica, aunque esté enterrada en numerosas capas hexadecimales. Cada problema tiene un origen y una solución. Porque no hay mentiras, todo queda visible debido a su cualidad binaria. Es un sí o un no, un uno o un cero.

Y eso siempre ha sido fácil para mí, interpretar los resultados, analizar las evidencias, diagnosticar y solucionar. Pero ahora estoy trabajando en la parte humana, en comunicarme con otro lenguaje completamente análogo, lleno de matices y con interlocutores variables.

 

 

 

la calor

Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren al llegar al infierno regresan por su cobija.

Pedro Páramo – Juan Rulfo

A pesas de haber nacido en un día caluroso, siempre he prefererido el frío, en especial en la noche, únicamente las bajas temperaturas me permiten dormir plácidamente. Quizá el origen desde mi nacimiento, donde mi padre, al ver el fuerte viento decidió acercarme la calefacción para que no me fuera a enfriar.

Cuando aún vivía en casa de mis abuelos, durante una semana santa el calor fue tan intenso que aprovechamos el sábado de gloria para lanzarnos agua (padre y tíos incluídos), al menos hubo un día para refrescarnos.

En mayo del 82, saliendo de la escuela, mi hermana y yo acompañamos a mi madre al centro sofocados por el calor. Fue la única vez que me quité mi camisa escolar y me quedé en camiseta durante toda la primaria. Fuimos a comer a un Kentucky Fried Chicken (mucho antes de que fueran KFC únicamente) y lo único que se me antojaba comer era la ensalada de col.

La semana santa de 1990 hice un viaje a Acapulco, ya de por sí tiene una temperatura elevada, ahora con casa llena se pone peor. Durante el día la cerveza era la opción, en la tarde comprábamos un vaso de hielo para las bebidas. Las noches dormía en un piso de cerámica, ni siquiera eso era suficiente para dormir.

En mi paso por la universidad, tenía un pantalón con ventilación estratégica justo abajo de los glúteos, y una chamarra de mezclilla con más hoyos que tela. Y el mes de mayo antes del mundial de Francia, recibí mi primer cheque por parte de la univesidad, me la pasaba jugando FIFA 98 (el que tenía como soundtrack la rola de Blur). Solía decir que el día en que se apagara el sol (unos 4500 millones de años) me iba a dar mucho gusto.

Ya en este milenio el calentamiento global dejó estragos, no únicamente en las fiestas de niños (por los globos) sino en en la ciudad, algunas veces me tocó cooperar en el trabajo para comprar un garrafón de agua, en el mismo trabajo donde el lunes llevaba mi computadora y regresaba con ella el viernes, porque no me proporcionaban máquina y nunca me han gustado las portátiles. Ya después disfrutaba del aire acondicionado y únicamente sufría al comer en bajo el periférico en un paso subterráneo peatonal.

Pero al mudarme a Brasil por fin entendi aquella canción de Roberto Carlos que decía: más calida eres que veinte diciembres que treinta eneros en el mismo verano. Mi último verano en Sao Paulo las temperaturas en la calle llegaron a los 39 y aún después de la medianoche el termómetro seguía arriba de treinta. Era imposible dormir. Mi gran amigo y coloega Rodrigo me llevo a buscar un aire acondicionado portátil que para ese tiempo estaban prácticamente agotados (paradójicamente se vendieron como pan caliente) pero encontramos uno de marca dudosa en una tienda allá por la Marginal Tietê. Lo usé una noche muy contento y al día siguiente la temperatura bajó a 23°. El calor no es lo mío (no creo que lo llegue a ser) pero ya resisto mucho más sin quejarme.

 

 

 

la cruz personal

Te recordaré, abuelo. Te recordaré. Nunca se me olvidará lo que me dijiste. Es sólo el miedo lo que es diabólico…

John Wyndham

Mi abuelo nació el 3 de mayo, fue mi único abuelo chilango, los demás fueron de Salamanca. Quedó huérfano siendo niño y fue a vivir a Morelia. Pero la ciudad lo llamaría de nuevo, aún siendo adolescente regresó a la ciudad y lo primero que hizo fue recorrer sus contornos: San Lázaro, Santa María la Redonda, Chapultepec, hacia el su no se extendía más allá de viaducto.

Junto con varios amigos compraron un coche antiquísimo, tanto que aún se arrancaba usando la manivela (o crank) con ese coche paseaban por dentro del bosque de Chapultepec y buscaban impresionar a las muchachas. Solamente que nadie quería ser el que diera vuelta a la manivela para arrancar el coche. Imagino a mi abuelo adolescente en la ciudad de aquellos entonces.

Siempre fue amante de la fotografía, tomó un curso de radio, fotografía y cine, siempre le gustaba hablar al respecto, de lo que le enseñaron entonces, la construcción de su radio a galeana. Y que la enseñanza del cine era muy reducida entonces.

Se enamoró perdidamente de mi abuela cuando ella rondaba los quince, y no se desanimó ante la negativa de los suegros. La raptó, pero no a la mala, no iba a hacer algo contrario a sus principios. La llevó a casa de sus padrinos y ella estuvo ahí hasta que se casaron. Mi padre fue su primogénito.

Una vez que asistió a un festival de mi primaria, cuando me acerqué a saludarlo, se inclinó para susurrarme, me dijo que él entendía que estaba frente a mis amigos y que si me daba pena saludarlo que no tenía que hacerlo (porque lo saludaba con un beso en la mejilla y podía ser sujeto de burla). Eso me hizo saludarlo con mucho amor cada vez.

Le gustaba cocinar, lo hacía en su propia cocina, porque mi abuela decía que siempre dejaba todo tirado. Y llamaba a cada nieto por separado a la cocina porque les había preparado un platillo especial. Añoro las donas caseras que hacía, incluso las comía sin el azúcar o el chocolate.

Le gustaba mucho jugar dominó, odiaba quedarse con la mula de seises, y solía poner a girar una ficha cuando el rival iba a tirar, que reveelaba depués del tiro, como si hubiera adivinado, ese truco lo adopté.

Cuando mi abuela hacía sándwiches le daba a mi abuelo la tapa del pan pero volteada, como nosostros sabíamos lo intercambiábamos porque a mí me gustaba más. Cuando había rosarios en la casa solía salir conmigo al garage para platicar al respecto, no religiosamente sino de la persona por la que se rezaba. También me enseñó algunos escritos de joven, siempre sentí mucha complicidad con él.

De él heredé el gusto al cine, me platicaba de las películas que veía de joven, ahí conocí a Peter Lorre, conseguí una pelícua de él que fue de las primeras que vio en el cine: Las manos de Orlac (Mad Love). Solía llevarnos al cine en su Impala que manejaba a gran velocidad, y la última vez que fui al cine con él fue para ver la película Gladiador, curiosamente fue la última vez que me tocó un intermedio en el cine.

Me gustaba mucho ir a platicar con él en su taller mientras él fabricaba zapatos, se quedaban mucho sobrantes de resistol 5000 en sus manos, que iba acumulando en una especie de pelota. Usaba una madera rojiza a manera de martillo para golpear la piel. Mucho tiempo despúes, consiguió un molde de número de calzado y me fabricó los mejores zapatos que he tenido, entre esos pares destacan los de ante azul, los más cómodos que he tenido. Unos días antes de su muerte, en navidad me dió los últimos zapatos que fabricó y me dijo que ya no tenía pendientes. Yo me aseguré que su voluntad de ser cremado fuera cumplida (tenía pavor de ser enterrado vivo).

 

 

 

al volante

Para ir realmente rápido tienes que frenar un segundo después de lo que te dice miedo y acelerar un segundo antes de lo que te dicta la lógica

Alain Prost

Desde muy niño tuve interés en conducir, mi padre me dejó usar el volante de su ford 200 (modelo 62) mientras iba sentado en su regazo, después yo tenía que decirle cuándo cambiar de velocidad y hacer el cambio con la mano izquierda (mucho más fácil hacerlo cuando la palanca era al piso). Después me dejaba estacionar su ford mustang 74 fastback. Y para los trece años andaba conduciendo por la colonia un Chevrolet 51, al que algunas veces había que destrabarle las velocidades, lo que implicaba bajarse del auto y deslizarse bajo de él.

Apenas cumplí los quince años y me lancé a hacer los trámites para mi permiso de conducir, primero fui a la delegación Iztacalco, que quedaba más cerca del trabajo de mi papá, pero la estaban remodelando, tuve que ir a la delegación Venustiano Carranza. Bastó con mostrarles la insignia de los niños héroes para que no importara que no iba acompañado de ningún padre o tutor, no llevara ninguna constancia de curso de manejo. Y como no dan cambio me dieron el permiso por 3 años (hasta cumplir la mayoría de edad) en lugar de los acostumbrados 6 meses. Me quedé con apenas lo suficiente para el camión de regreso pero ya con un flamante permiso de conducir.

Me entrené en un volkswagen sedán blanco (un bocho 79), mi idea no solamente era conducir, sino estar preparado, así que comencé mi entrenamiento, las subidas, bajadas, frenar en una pendiente, manejar únicamente con el brazo derecho, o con el brazo izquierdo, movel el volante con las piernas, conducir con un vaso en la mano, con un vaso lleno, con cigarro, tener un vaso y encender un cigarro, con encendedor y con cerillos. Por cierto, conozco dos formas de encender un cerillo con una sola mano, la primera es sostener la base del cerillo con el índice y el pulgar y usar el dedo medio para friccionarlo contra la caja, la otra consiste en meter la base del cerillo en la caja y doblar la punta por la mitad simulando un encendedor, se usa el pulgar para friccionarlo contra la caja. Cada forma tenía su riesgo, en la primer te podías quemar la palma de la mano y en el segundo el pulgar además de que el cerillo podía salir encendido y caer en algún lugar del auto. Casi exclusivamente usaba una técnica, pero no revelaré cuál.

Cuando comencé a manejar a Napoleón (Maverick 75) llevaba una hoja de un libro con la poesía de Poderoso Caballero es Don Dinero de Quevedo, a mandera de mi prueba antidoping, si recordaba el poema estaba en condiciones de manejar. Mis amigos lo tomaban a chacota, y únicamente pedían que lo recitara para burlarse. Quizá por eso hice tantas maniobras temerarias (nada que ver con el grupo) como manejar en sentido contrario en Xola y el eje Central, saltar el viaducto (mi placa de adorno terminó aplastada), o atravesar intempestivamente las calles sin mirar antes de cruzar, dejar el acelerador al fondo el tiempo que duraba el encendedor del auto.

El día que cumplí 17 años me robaron los limpiaparabrisas del auto, en la tienda del ISSSTE cerquite del cruce de Miramontes y Escuela Naval Militar. No los repuse en cerca de un año, lo único que llevaba para mitigar el riesgo era detergente roma que lo esparcía sobre el parabrisas cuando la lluvia era muy fuerte. Todos exclamaban “¡no mames! ¿a poco ves?” yo les decía que usaba la fuerza como Luke Skywalker pero la verdad es que como yo utilicé lentes hasta ya pasada la secundaria, estaba acostumbrado a ver borroso y en base a esa imagen conducirme por el mundo.

Napoleón tenía unas llantas 205/60 R14 que con el paso del tiempo eran muy buenas para los arrancones pero no para frenar, estaban lisas (se les veía el aire) entonces cada semana se ponchaba una (en una ocasión se poncharon 2 llantas el mismo día), me convertí en experto en cambiarlas, aunque en varias ocasiones por la prisa terminaba degollando un birlo, y tenía que ir a repararlo a la glorieta del Tío Sam.

Tenía medido su tamaño y su consumo de gasolina, algunas veces, cuando por delante había un hueco muy justo, aceleraba y les preguntaba a los demás tripulantes ¿quepo o no quepo? todos contestaban que no pero yo les demostraba lo contrario. Después de una visita a mi otorrinolaringólogo en Polanco (en las calles de Musset y Ejército Nacional) el precio de la consulta me dejó sin dinero (acaso para un boleto del metro o un camión). Tuve que decidir si regresar por el centro, lo que aseguraba que se acabaría la gasolina o por periférico, en esos tiempo esa ruta era posible. Subí los cristales y prendí el radio (ese es el modo ahorrador de gasolina) y la gasolina alcanzó justo para estacionar el auto frente a mi casa.

En una ocasión que fui a Acapulco con mi Compay y los hermanos Miranda (el Dida y el Chacal), íbamos en Napo-clon un Máverick que intentaba emular al original. Tenía mucho juego la dirección,es decir, al mover el volante unos 20° no tenían efecto. Era como hacer nieve. De regreso un corto causaba que la luz y los limpiadores se apagaran (llovia copiosamente). Al parecer iban muy asustados, por no concer mi pericia.

Conservo la pericia, aunque maneje más prudente.

 

 

el milenio de los milenials

No se puede olvidar el tiempo más que sirviéndose de él.

Charles Baudelaire

Durante el cambio del siglo me tocó experimentar un período que sabía que sería temporal, quizá sea eso lo que me permitió experimentarlo sin ninguna expectativa y únicamente abriendo los ojos.

La universidad se encontraba aún en huelga, yo seguía recibiendo un raquítico cheque que me permitía vivir despreocupado. Eso contrastaba con la sociedad informática que vivía aterrada del error del año dos mil (Y2K), como atestigua este blog las máquinas no se revelaron (bueno uno nunca sabe, quizá están preparando su ataque o nos tienen en la matrix) y el mundo no acabó.

Quizá el mundo no acabó pero algunas máquinas sí se rebelaron, al menos se negaban a facturar, un amigo y vecino llamado Andrés solicitó mi ayuda y pues me aventuré de nuevo en la economía informática.

Me tocaba asistir a la terminal intermodal Pantaco, llegaba al metro Popotla y caminaba hasta el Gigante Cuitláhuac (ahora Soriana), le encargada se llamaba Jennifer y siempre escuchaba el disco de pies descalzos de Shakira. En varias ocasiones no podía entrar porque había amenaza de bomba, y me tocó ver que se robaron un contenenedor de los que estaban apilados dejando un hueco en el centro. Por cuestiones de logística compré por primera vez un celular, un pegaso que venía en una caja naranja que era anunciado por Anna Kournikova

Aún vivían todos mis abuelos, ese año fue el último que fui al cine con mi abuelo paterno, vimos Gladiador y aún hubo intermedio en la película en unos multicinemas que estaban en avenida Ermita. Él me hizo unos zapatos verdes del mismo tono de mi chamarra, que usaba a pesar del calor.

Todavía tenía deambular por la ciudad, para recorrer la recién inaugurada lína B del metro, de recorrer la calle de Tacuba periódicamente, de ir a la plaza de la computación y comer en el huarache azteca mientras revisaba las propagandas.  Fue la época en la que pasé más tiempo en la calle de mi amada ciudad.

Fue una época libre, sin dirección definida, con muchas posibilidades. Quizá por eso no me di cuenta que estaba pasando la estafeta. Que los tiempos estaban dejando de ser míos.

 

 

 

 

cambio de planes

El pájaro tiene su nido, la araña su tela, el hombre la amistad.

William Blake

Un 14 de febrero de la época precelular, mia amigos organizaron una excursión a ¡bailar!, algo sin precedente. Una docena de personas: 6 damas y 6 caballeros, bueno menos caballeros porque al menos yo era un patán (algunas personas dicen que lo sigo siendo). Todos emperifollados, yo llevaba zapatos de vestir y no eran XV años. Algunas vestido y tacones, otros camisa de manga larga.

Chucho llevaba a las mujeres en su fairmont, y en Napoleón íbamos los demás. En cada semáforo hacíamos la broma de echarnos bronca mutuamente; hasta que en un semáforo intervino una patrulla y prendió su sirena para perseguir a los sospechos, obviamente nosotros.

Gracias a mi habilidad en el volante, la potencia de Napoleón y mi conocimiento de Iztapalapa conseguimos burlar la persecusión. Pero nos encontramos en un barrio lejando y sin comunicación con el otro coche. Después de deambular usamos la lógica y nos dirigimos a un lugar pùblico, concurrido, al que se nos se nos pudiera ocurrir ir a ambos. La vinaterìa la cueva, por donde terminaba la viga entre campesinos y caporales, una de las tantas paradas obligadas. Cuando llegamos ya habían comenzado la carrera.

Quizá ya era demasiado tarde o los astros habían dictado otra cosa: cambiaron los planes.

Nos dirigimos hacia el Cerro de la Estrella, nos estacionamos fuera del cementerio y saltamos la reja, el contingente se fue extendiendo, cada grupo caminaba a su paso. Después de un grito estridente vimos regresar a la vanguardia corriendo, huyendo dc un fantasma que resultó ser una veladora que permanecía encendida. Así que continuamos el camino, ya algunos del brazo, seguramente por el miedo. Llegamos hasta la entrada de la zona arqueológica y escalamos, con algo de esfuerzo, afortunadamente teníamos suficiente vodka para hidratarnos.

Ya embriagados del ambiente prehispánico y de los suministros comprados en la cuevita, cada quien tomó de su vaso y tomó camino, yo me quedé contemplando el horizonte con Atilio (Juan Manuel) mientras cantábamos “Amor de Cabaret” de la Sonora Santanera y discutíamos de nada, así trasncurrió parte de la noche. El descenso fue accidentado, hubo varios resbalones y mis zapatos causaron baja. Durante el regreso vimos un cartel que anunciaba la zona arqueológica, respetuosamente lo dejamos en su lugar porque ninguno de nosotros hubiera sido capaz de cometer una ofensa federal.

Al final resultó mejor cambiar el plan.

 

 

 

 

 

principio y fin

Me mataron los murmullos…

Juan Rulfo

Los últimos días de este año tan incierto han sido difíciles, rodeados de enfermedad y recuerdos. He aprendido y crecido mucho, agradezco infinitamente todo lo vivido.

Me entregué de corazón a una relación llena de promesas y sueños, en la que puse mi esperanza de ser redimido. Hubo cielo e infierno, momentos de goce y de incertidumbre. Creo que lo que buscaba tenía la misma forma que mis heridas. La comunicación rota no ayudó para conciliar las diferencias. Y ese sentimiento insidioso de estar incompleto. Demasiados silencios. Nada claro, ni siquiera este párrafo.

Estoy aprendiendo a expresar lo que siento, lo que quiero, lo que necesito. Me he dejado de lado mucho tiempo, he favorecido a los demás bajo la óptica de que yo aguanto más, puedo más, necesito menos. Pero estar en esa posición no me ha beneficiado en nada, yo mismo me he mutilado. Me he tratado como si no mereciera. Llevaba en la mente la idea de que como fui favorecido en la vida mis logros no tenían valor. Apenas me doy cuenta de que prácticamente no me he celebrado ningún triunfo, no me reconozco ningún avance.

Algo muere y algo renace.

Así es y ha sido siempre.

 

 

historias de tunantes

Aquí no es mesón, sigan adelante, yo no puedo abrir, no sea algún tunante.

canto popular para pedir posada

Poco antes de comenzar mi educación primaria, organicé una expedición al Sears de Plaza Universidad para extraer un juguete para cada miembro de la banda participante (éramos 6). Era un plan lo suficientemente elaborado como para no ser descubierto, cada miembro ejecutaría 3 diferentes roles uno por cada juguete sustraido. Tiempo después, en Gigante (ahora Soriana) fuimos sorprendidos debido a un plan más burdo.

Frente a mi escuela primaria había una farmacia que tenía una máquina de pinball a la que nos habíamos aficionado. Debido a un descuido de la persona que le daba mantenimiento conseguimos las llaves para abrirlo. Jamás tomábamos dinero únicamente nos poníamos créditos para jugar. Hacia el final de cursos del sexto año nos escapamos de la escuela para ir a jugar. Fuimos acusados de hacer llorar a nuestra maestra, debido a su preocupación ante nuestra desaparición.

Tuve una excursión con los dos compañeros más rudos de la secundaria (musicalmente hablando) para conseguir un disco de Iron Maiden (Piece of mind) en el Sanborns que está en la esquina de Acoxpa y Miramontes ─refugio sureño de los encuentros de ambiente─ después de la compra vi sus caras de regocijo, se sentían trasgresores, como dueños de un secreto importante, con un vínculo especial que los ayudaba a navegar la adolescencia tan desprovista de refugio. Yo únicamente los acompañaba.

Durante la preparatoria, mientras le daba lecciones de manejo a Atilio (Juan Manuel) en estacionamiento al lado del campo de fútbol americano de los Cherokees, al ver una patrulla a lo lejos Atilio aceleró como huyendo de la ley, a media calle nos cambiamos de lugar y los patrulleros nos alcanzaron. Nos obligaron a poner las manos sobre el toldo, nos revisaron buscando armas y vieron que tenía la cajuela llena de revistas de las revistas lágrimas risas y amor. Decepcionados por la falta de oportunidades de mordida nos despidieron con la frase “muchacho, no hagan cosas buenas que parezcan malas”.

El los 80s nos invitaron ─ éramos colados para ser sinceros─   a una posada en una calle escondida de San Ángel. Nos recibió un perro pastor alemán con el que congeniamos inmediatamente. Cuando llegó la anfitriona, al vernos jugar con su amada mascota nos tuvo buena fé, nos permitió estar en la cocina y nos encomendó la tarea de poner las piñatas y manejar el cordel que las mantenía a salvo. No tuvimos necesidad de arrojarnos por los premios de la piñata porque los sustrajimos antes de que comenzaran los cantos para romper la piñata.

Se me había hecho tarde para ir al concierto de Cecilia Toussaint en el Blanquita (principios de los 90’s) llegué apresurado a la taquilla sorprendido de tan poca gente formada y compré los boletos, cuando di media vuelta para dirigirme a la fila de la entrada me di cuenta que había ignorado olímpicamente la fila para los boletos. Para entrar al recito era una fila de ida y vuelta, casi pasando la entrada me encontré al primo de mi primo (Pepe) que era uno de mis pocos conocidos en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.  Total que, después de llegar tarde en menos de cinco minutos ya estaba dentro.

Una fiesta agendada en un edifico sobre Xola, apenas pasando Tlalpan, fue suspendida debido a las protestas vecinales. La sede fue cambiada para casa de Lenina, donde comencé como DJ, labor que dejé en manos de Agustín, me lancé a la pista de baile a robar un sombrero y luego salí a defender a un infeliz que estaba siendo vapuleado por mis amigos: Felipe, Cuquín, Vani, Chéster, Paquis (hasta con patadas voladoras). Terminé llevándolo a su casa.