Coyoacán

Las apariencias engañan tanto
que en Coyoacán se quita el arete
porque ya todos lo fusilaron
-caricaturas del mequetrefe-.

El Mequetrefe – Jaime López

El fin de semana acudí a una invitación de mi prima para verla bailar en un espectáculo en el Foro Cultural Coyoacanense “Hugo Argüelles”. Bastó un poco de tiempo en ese lugar para que me inundaran recuerdos de vivencias en esos derroteros.

Como la exposición de café en el museo de las culturas populares, donde probé todos los cafés que expusieron, resultando gratamente sorprendido con el de Brasil y decepcionado del sabor del café cubano. También llevé a mi abuelo a un espectáculo de radio donde tocaban los jingles antiguos (“burbujita burbujita, de la sal de uvas Picot”, “siga los tres movimientos de fab”) o la frase “apague la luz y escuche” en voz de Arturo de Córdova o Velia Vegar en la radionovela “Dispara Margot dispara” antes de que fuera un podcast. También fui a una exposición de lucha libre, llena de máscaras y radiografías. A unos pasos había una tienda que vendía cigarros príncipes, cuando los fumaba los compraba en esa tienda o en la estación de trenes, sí en Buenavista, Buenavista, Buenavista.

En las aventuras de alcoholesencia solíamos llevar a las personas a conocer el callejón del aguacate, contar la leyenda y mientras se aventuraban alguien llegaba por el otro lado a asustarlos. Otras veces nos quedábamos bebiendo en el coche en la calle Encantada (así se llama). Comprábamos un Richardson y un par de pepsis en bolsa. Cerca de ahí, sobre la calle Francisco Sosa está el parque Santa Catarina y detrás el teatro del mismo nombre. Ahí vi un gran obra: Enemigo de Clase de Nigel Williams con un súper elenco: Eduardo Palomo, Bruno Bichir, Darío T. Pie, Roberto Sosa y Simón Guevara, incluso me entrevistaron justo antes de la función.

Los bares, cantinas y demás también eran destino, aunque no tan frecuente. La cantina la Guadalupana era un lugar seguro para muchos compañeros de prepa, alguna vez tuve una plática intensa donde derramé el vaso de whisky yo creo como una protesta del subconsciente. Ya en este milenio la bipo se convirtió en un lugar de celebración, aún si no tenía mucho que celebrar. Hay una infinidad de cafés , el más famoso, aunque no el mejor, es el jarocho.  Donde tuve una plática respecto a las olimpiadas de Grecia que desembocó en mi matrimonio.

También fueron mis rumbos bibliográficos, estaba la librería el Parnaso, y a una distancia corta la Gandhi y el Sótano. Cuando iba en la preparatoria, mientras desayunaba en la cafetería  del Sótano encontré al maestro del taller de cuento, que además era hermano de un compañero (Alejandro) y que saltaría a la fama como escritor con su novela “En busca de Klingsor”. Bastante tiempo después, ahora en la cafetería de la Gandhi:  director de Tesis y maestría Arturo Gochicoa, en la cafetería debatiendo y jugando ajedrez; acordamos librar un partida pero a la fecha eso no ha ocurrido. 

También los restaurantes que dan al Jardín Centenario tienen recuerdos: mis alumnos me invitaron a comer a Los Danzantes luego de terminar un curso particularmente laborioso. El entrevero es un lugar donde me gusta comer carne y tomar vino. En el hijo del cuervo recuerdo aquella salida con Pimpo, Nancy y demás amigas pertenecientes al Grupo Reforma  (El Norte, el Mural, el Reforma), esa vez sí aplicaba lo de bendito entre las mujeres.  Donde se gestó mi visita a Guadalajara en semana santa.

Además están los 15 de septiembre

Cambio de año

Reflexiona sobre tus bendiciones presentes, de las que todo hombre posee muchas; no sobre tus pasadas penas, de las que todos tienen algunas.

 Charles Dickens

Algo acaba y comienza cada que cierro los ojos.

Las vivencias de los años terminados en 8 se parecen entre sí, pero cada una ha reservado algo diferente. Han sido muy influyentes, de alguna manera me fueron forjando

El primero de esos años la vivía enfermo, tanto que llegué al quirófano para que me retiraran unas amígdalas que estaban tan infectadas que no tenían salvación, que me orillaron a probar todos los remedios existentes, a que mis glúteos se acostumbraran a la penicilina.  También me hicieron huir del sol, de la lluvia, de la agitación, para evitar enfermedades. La operación fue hacia fin de año para no perder clases, no pude probar la cena navideña ni de año nuevo. Me dejó un antojo permanente de pastel de carne, ensalada de manzana y sopa de codito fría pero una cierta aversión a la nieve de limón (que servía para la cicatrización). Los años posteriores mi salud fue inquebrantable.


La siguiente década fue un punto de quiebre, el truene del primer gran amor, después del cual busqué religiosamente olvidar al estilo Jalisco, pero las bebidas no me hicieron llorar ni olvidar, fue un vivir de noche enfrentando aventuras con poca visibilidad, estar tentando a la suerte. Cualquier temor parecía absurdo, una idea fija de inmortalidad (aún no se prueba lo contrario) me hizo tomar todos los riesgos y salir victorioso con una etiqueta legendaria como premio. Lleno de cicatrices.

Poco antes de que terminara el milenio en un año lleno de películas significativas, se disolvía la relación más larga que he tenido a la fecha. Cambié mi forma de ser, terminé de escribir mi tesis en un día. Me titulé e hice circo maorma y teatro. Pero todo terminó.

Ya en este milenio fue mi divorcio, seguido de una relaciòn breve y tormentosa, Terminé el año cansado y con pocas esperanzas al futuro. En ese momento había recuperado algo de forma física, estaba en el mejor estado en mucho tiempo pero fui igualmente rechazado, eso se quedó en alguna parte de mi corazón.

Este año fue diferente, las penas del corazón fueron el año pasado. Fue un año de caminar lento, de hacer cosas diferentes, de cumplir sueños y de expresarme más. De comenzar cambiar de pensamiento, dejar atrás los miedos. Me siento afortunado y agradecido por todo lo vivido, he recibido más apoyo de lo que hubiera imaginado.

Les deseo lo mejor para el tiempo venidero.


Fiestas decembrinas

Yo me atraco de jamón y el envidioso sufre la indigestión

Refrán

Cuando era muy niño durante esta temporada siempre me preguntaba lo que serían las “cembrinas” porque escuchaba “fiestas de cembrinas” por todos lados. Nunca me animé a preguntar, lo entendí poco tiempo después cuando aprendí a leer. Recuerdo mucho aquella primera visita al mercado de la 201 en época navideña, en pagar con un billete nuevo y azul y recibir mucho cambio —esto antes de que naciera mi hermana y durante plena crisis petrolera— ese día encontré una moneda en el piso —una de veinte centavos de cobre— como para coronar un día de suerte.

Las posadas las disfruté hasta la adolescencia, de niño me concentraba en mantener la vela prendida durante la procesión, el ponche era una bebida demasiado caliente para mi gusto, debido a mi estatura y a que en esa época todas las piñatas eran de barro, nunca me tocaba pegarle a la piñata, solamente me dedicaba a recoger cacahuates, jícamas y cañas. El tiempo pasó y las posadas a las que iba fueron otras donde las piñatas ahora contenían Dalton 14 para satisfacer al público fumante, sin embargo una de las cosas que cambió sin que logre ubicar el tiempo exacto fue lo que se cantaba lo que se solía cantar “Dale, dale, dale, no pierdas el tino, porque si lo pierdes pierdes el camino, dale, dale dale, no pierdas el tino mide la distancia que hay en el camino”  en algún momento la segunda estrofa pasó a decir “Ya le diste uno, ya le diste dos, ya le diste tres y tu tiempo se acabó”, yo creo que eso se debió al cambio a las piñatas de cartón.

La escena típica de navidad es el pavo —un guajolote al horno– aunque eso no era tan frecuente en la familia, generalmente había bacalao —a la vizcaína casi la única forma en que lo comemos— ese le gustaba a mi mamá en particular para después hacer tortas de bacalao, también había romeritos o pierna al horno generalmente acompañada de ensaldas o bien de manzana o de zanahoria rallada con piña. —este último plato es el que solíamos comer mi tío Mundo y yo— en año nuevo, como diciembre es la época más ocupada del comercio en un principio iban a comprar o pozole o birria en el mercado de Garibaldi. Cuando había pierna o spaghetti de fin de año ese servía para el recalentado viendo los tazones.

Después de la cena de fin de año, siempre salía a la calle, de niño a jugar —fútbol americano generalmente— y en la alcoholescencia a dejar un rastro de botellas en la calle, entre música pláticas y bromas, y algunas visitas para dar el abrazo —se usaba de pretexto— pero siempre terminábamos en la calle.

La anticipación que impedía dormir el día de reyes se fue disolviendo con el tiempo, pero el antojo de rosca con chocolate y el alboroto cuando cada quien  cortaba un pedazo y adivinar a quién le tocaba el niño nunca menguo. El ritual durante mucho tiempo fue hasta en la oficina, ahora en otro país es una de las cosas que extraño.

Supongo que todos tenemos recuerdos semejantes.

momentos

Nada de lo que fue vuelve a ser, y las cosas y los hombres y los niños no son lo que fueron un día.

Ernesto Sábato

Le di una mordida a mi sope, y un sabor nuevo me sorprendió. Nunca había probado ese tipo de frijol, al menos no en un sope. Mi primer pensamiento fue ya era otra época, que el mundo había cambiado, que quizá no volvería a probar los sopes que conocí. Pero casi inmediatamente me di cuenta de la trampa. El universo siempre está cambiando.

Ya he tenido que hacer varias actualizaciones en mi mente para adoptar estos cambios. Por ejemplo, hace tiempo me costó mucho trabajo conseguir el libro de “Mira los Arlequines” de Vladimir Nabokov. Durante mucho tiempo llevaba esa traba internamente hasta que hace poco hice una visita a la libería Gandhi, donde si bien no lo encontré me dio la pauta para pedirlo por Amazon y ya lo tengo en mis manos. La película los 120 días de Sodoma estaba prohibida y era prácticamente imposible conseguirla; se podía ver en algunas funciones de Ciudad Universitaria o en el Juglar en el ciclo de cine gay. Ahora el Blu-ray cuesta 100 pesos y lo entregan al día siguiente.

El tiempo de las estufas de petróleo era otro, tiene muchísmos años que no es usado el petróleo para desinfectar una herida en mi piel. Ya no veo a mi abuela agitando el frasco del combustible para mejorar su funcionamiento, algunas tan fuerte que causaba un pequeño incendio en la cocina. También recuerdo la cocina de mi tía Lolita allá en Salamanca, una habitación triangular, tan pequeña que tenía que comer sentado afuera de la cocina y tomando los alimentos a través de la ventana.

También en este mundo está ausente mi tía Luisita, el sabor de sus guisos, aún a la fecha me sorprende lo bien que me sabía su ensalada, como cortaba la lechuga en tiras finitas y la condimentaba apenas con vinagre o limón y sal (quizá aceite), pero todo en las justa medida. Siempre me encomendaba a las ánimas del purgatorio, su protección aún me sigue acompañando.

En este mundo los nuevos pesos ya están tan gastados que no alcanzan para nada, ya no se utilizan aquellas monedas heptagonales de diez pesos con la cara de Hidalgo. Servían para todos los juegos de calle, taparraya, tacón, cuartas. En el tiempo en que los billetes de Juárez eran de cincuenta y los de Morelos de veinte. Y en época de posadas el canto era “mide la distancia que hay en el camino” en lugar de “ya le diste uno, ya le diste dos…”

Ya no hay del valle de toronja, el mejor refresco para combinar con vodka. Las relledonas, con su empaque individual, el chocolate krish krash, el refresco team, tantos sabores que quedaron en el pasado.

Pero todos esos cambios son sutiles y están en movimiento, cada instante son movimientos apenas perceptibles. Siempre ha sido así, siempre será de esa forma. Algunas veces no son tan sutiles, puede que un meteorito extinga una especie, una erupción destruya un poblado. También los temblores nos siguen moviendo después de que ocurren.

Quizá por eso es importale prestarle atención a lo que ocurre en este momento. En cada respiro, en cada imagen, cada sonido. Porque se van

caminos de polvo

La muerte siempre es temprana y no perdona a ninguno.
Pedro Calderón de la Barca

Basta detenerse un momento y cerrar los ojos. No es necesario voltear para darse cuenta de todos los que se han ido, incluso aquellos de los que no tenemos conocimiento dejan una estela difusa que se va extinguiendo.

El mundo es diferente en parte por esa ausencia. Todas las cosas que quisiera contarle a mi padre tienen que buscar otros caminos. Las bendiciones de mi tía siguen llegando desde el más allá, quizá ahora tengan otro tipo de aprobación divina. El taller de mi abuelo dejo de ser un remanso de historias, la presencia de mi abuela dejo de iluminar las fiestas.

Pero todo lo que fueron vive en nosotros, al menos estoy seguro de vive en mí. Aún como nachos gracias a Abi, o seguimos mencionando la palabra gelación para referirnos a temas abstractos gracias a Héctor. Es difícil medir impactos como el pésame de un familiar o el hueco que se tiene que llenar por la ausencia de alguien.

Tal vez cada persona es el altar viviente de todos sus muertos.

puros cuatros

¿Quién te ha querido en la vida más que mi pecho? ¿Quién te siguió por el mundo más que tu sombra? ¿Quién aguantó tanto insulto y tanto desprecio? Yo, que llevaba en el alma calor de sobra.

José Alfredo Jiménez

Cuatro años, cuatro meses y cuatro días antes de que terminaran mis últimas vacaciones fui invitado a ver la final de la Champions, Real Madrid contra Atlétic de Madrid en el estadio da Luz de Lisboal, al departamento de Fillipi (así se llamaba). Su departamente estaba nuevo, muy equipado hasta tenía un jacuzzi que estaba cubierto para evitar que su perrita, que era su adoración, sufriera un accidente; tenía muy poco que la había salvado de morir ahogada.

El partido estuvo entretenido, el gol del Atleti cayó unos diez minutos antes de que acabara el primer tiempo, la botana no era lo que esperaba, pero la bebida sí. Paralelamente recibía indirectas en las redes sociales (por mi interés por un espectáculo tan pagano) y algunas fotos de mi entonces novia con otras personas. Suficiente para distraer el goce del partido, para agrietar el corazón y despertar la sed. La única ¡alegría! venía de parte del Atleti, pero a los 4 minutos del tiempo complementario ─en realidad fueron 3 pero es mi vountad─ el señor Ramos empató el partido y todo terminó 4 a 1. Y rematando con gol de CR7.

La combinación de la derrota con la discusión por mensajes telefónics detonó en una noche bohemia. El anfitrión ofreció generosamente el contenido de su bar, y un par de botellas de una bebida que no requiere acompañante. La música sonaba por medios alternativos, faltaban 4 días para que llegara spotify a Brasil. El contingente era de nacionalidades variadas, pero más de la mitad hablaba español. Así que aproveché el momento para presentarlesa José Alfredo Jiménez.

Quizá la voz se me quebró un poco cuando canté pa’ todo el año, incluso algo de humedad en los ojos. Pero creo que logré explicar lo que esas canciones representaban, no solamente para mí sino para el pueblo de Mëxico (más les vale). Al final terminamos vagando en busca de un bar que visitamos una vez, porque querían revirar con samba. Llegué triste y cansado a dormir, no sin antes apagar el celular. Nunca alcanza todo el alcohol para ahogar las penas.

Y siempre debería recordar que mi canción es El Rey, no en balde fue la primera canción que aprendí.

 

 

uniformes uniformes

La tela buena, siempre que se lava, se estrena.

refrán

Como lo define la real academia el uniforme es un traje peculiar y distintivo que por establecimiento o concesión usan los militares y otros empleados o los individuos que pertenecen a un mismo cuerpo o colegio. Tiene la ventaja de ocultar las diferencias, pero la desventaja de no promover la originalidad. No es algo que me guste pero a lo largo de mi vida lo tuve que suar.

El primer encuentro con el uniforme lo tuve en la escuela, la preprimaria. Un pantalón azul marino, camisa blanca (¿a quién se le ocurre usar el color blanco en los niños?) y suéter azul marino, que en cuanto tenía la oportunidad me lo quitaba y lo anudaba a mi cintura o a la mochila o lo dejaba tirado. Y los días que había saludo a la bandera usábamos pantalón blanco y guantes. Los viernes nos tocaba deportes y podíamos llevar tenis.

Otro ámbito es el deportivo, mi papá jugaba fútbol con mis tíos, el nombre del equipo era el Santos, en honor al rey Pelé. Y como querían que sus vástagos tuvieran la mismas costumbres había un equipo juvenil llamada Cosmos y al final, el equipon infantil llamado Ultra. Nuestro uniforme era de color rosa mexicano:

Al entrar en la secundaria dejé atrás el uniforme escolar y únicamente en los deportes me veía obligado a usar o una playera roja o una azul. En paralelo fui a hacer pruebas a otro equipo donde jugaba el hijo de un amigo del trabajo de mi papá: el Necaxa. Nuestro primer uniforme era verde con un León dibujado al frente, entonces los árbitros solían decirnos los panzas verdes (el mote del equipo del León) en especial un árbitro de escada estatura al que todos llamábamos el ampayita. fue hasta la siguiente temporada donde conseguimos el uniforme de franjas rojas y blancas, entonces nos confundían con el Guadalajara. Con el equipo mis vecinos del retorno (el Zaragoza) el uniforme era como el de Holanda en el mundial del 74, naranja con negro.

En la universidad, en mis clases de alemán cantamos villancicos:

O lasset uns anbeten, o lasset uns anbeten,
o lasset uns anbeten den König, den Herrn

Además de aprendernos la letra tuvimos que ponernos de acuerdo en un vestuario más o menos uniforme para la presentación, la única solución fue una combinación de blanco y negro.

Casi podría decir que en el trabajo no necesité de uniforme, aunque existe un código de vestuarios y en ocasiones específicas la corbata y el saco son necesarios. Estando en Sao Paulo hubo un torneo de fútbol (deporte nacional) y me animé a participar, fue mi último uniforme futbolero que usé, como mi equipo logró el campeonato, aunque mi contribución fue mínima, marcó el momento del retiro.

 

ceros y unos

Las máquinas me sorprenden con mucha frecuencia.

Alan Turing

Casi toda mi vida me ha intrigado el pensamiento de los otros. Las ideas que hay detrás de cada acción, la correspondencia (mucha, poca o nula) entre sus palabras y acciones. Tiene mucho tiempo que acepté que es un mundo inexpugnable para mí.

Durante mi infancia comenzaron a asomarse algunos dispositivos electrónicos (mattel) que captaron mi atención. Fueron mis primeras interacciones con los transistores ─los radios no cuentan─ la primera vez que usaba baterías. En ese tiempo nada más había Eveready, Ray-o-vac y águila negra. Que muchos estudiantes de secundaria llevaban la versión heavy duty (una pila grande y cuadrada) que usaban para el taller de electricidad.

Y hacia finales de mi infancia recibí un regalo que, ahora que lo reflexiono, cambió de alguna forma mi vida. Una computadora, la timex sinclair 1000, que tenía 2k de memoria. Trescientos veinte veces menos que la primer PC con windows que utilicé. Tenía el basic integrado, incluso cada tecla era un atajo para un comando del lenguaje, aún con esta característica era muy tardado programar. Los programas se guardaban en un cassette común y corriente.

Pero lo que me impactó fue la definición de un lenguaje. Por primera vez podía interactuar con un ente externo en con reglas definidas, podía entender por completo lo que sucedía, podía comprobar que mi mensaje llegaba y la forma en que era interpretado.

Después siguieron la commodore 64, una TRS-80 que era de Radio Shack, que tenía un sistema operativo llamado OS-9 muy parecedio a UNIX. Después llegaron las PCs con el sistema MS-DOS, yo usé desde la versión 3 hasta la 6. Después windows que hasta el win 95 no era un sistema operativo.

Pero desde entonces he escuchado múltiples comentarios acerca de las computadoras y la tecnología alrededor que hace evidente la diferencia de visiones que tengo con el mundo:

La compu no me hace caso

Se volvió loca la PC.

No quiere arrancar.

Se puso lenta

A mí no me obedece.

Falló así nomás, yo no hice nada.

Se murió mi máquina

Cada problema tiene una explicación lógica, aunque esté enterrada en numerosas capas hexadecimales. Cada problema tiene un origen y una solución. Porque no hay mentiras, todo queda visible debido a su cualidad binaria. Es un sí o un no, un uno o un cero.

Y eso siempre ha sido fácil para mí, interpretar los resultados, analizar las evidencias, diagnosticar y solucionar. Pero ahora estoy trabajando en la parte humana, en comunicarme con otro lenguaje completamente análogo, lleno de matices y con interlocutores variables.

 

 

 

la calor

Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren al llegar al infierno regresan por su cobija.

Pedro Páramo – Juan Rulfo

A pesas de haber nacido en un día caluroso, siempre he prefererido el frío, en especial en la noche, únicamente las bajas temperaturas me permiten dormir plácidamente. Quizá el origen desde mi nacimiento, donde mi padre, al ver el fuerte viento decidió acercarme la calefacción para que no me fuera a enfriar.

Cuando aún vivía en casa de mis abuelos, durante una semana santa el calor fue tan intenso que aprovechamos el sábado de gloria para lanzarnos agua (padre y tíos incluídos), al menos hubo un día para refrescarnos.

En mayo del 82, saliendo de la escuela, mi hermana y yo acompañamos a mi madre al centro sofocados por el calor. Fue la única vez que me quité mi camisa escolar y me quedé en camiseta durante toda la primaria. Fuimos a comer a un Kentucky Fried Chicken (mucho antes de que fueran KFC únicamente) y lo único que se me antojaba comer era la ensalada de col.

La semana santa de 1990 hice un viaje a Acapulco, ya de por sí tiene una temperatura elevada, ahora con casa llena se pone peor. Durante el día la cerveza era la opción, en la tarde comprábamos un vaso de hielo para las bebidas. Las noches dormía en un piso de cerámica, ni siquiera eso era suficiente para dormir.

En mi paso por la universidad, tenía un pantalón con ventilación estratégica justo abajo de los glúteos, y una chamarra de mezclilla con más hoyos que tela. Y el mes de mayo antes del mundial de Francia, recibí mi primer cheque por parte de la univesidad, me la pasaba jugando FIFA 98 (el que tenía como soundtrack la rola de Blur). Solía decir que el día en que se apagara el sol (unos 4500 millones de años) me iba a dar mucho gusto.

Ya en este milenio el calentamiento global dejó estragos, no únicamente en las fiestas de niños (por los globos) sino en en la ciudad, algunas veces me tocó cooperar en el trabajo para comprar un garrafón de agua, en el mismo trabajo donde el lunes llevaba mi computadora y regresaba con ella el viernes, porque no me proporcionaban máquina y nunca me han gustado las portátiles. Ya después disfrutaba del aire acondicionado y únicamente sufría al comer en bajo el periférico en un paso subterráneo peatonal.

Pero al mudarme a Brasil por fin entendi aquella canción de Roberto Carlos que decía: más calida eres que veinte diciembres que treinta eneros en el mismo verano. Mi último verano en Sao Paulo las temperaturas en la calle llegaron a los 39 y aún después de la medianoche el termómetro seguía arriba de treinta. Era imposible dormir. Mi gran amigo y coloega Rodrigo me llevo a buscar un aire acondicionado portátil que para ese tiempo estaban prácticamente agotados (paradójicamente se vendieron como pan caliente) pero encontramos uno de marca dudosa en una tienda allá por la Marginal Tietê. Lo usé una noche muy contento y al día siguiente la temperatura bajó a 23°. El calor no es lo mío (no creo que lo llegue a ser) pero ya resisto mucho más sin quejarme.

 

 

 

la cruz personal

Te recordaré, abuelo. Te recordaré. Nunca se me olvidará lo que me dijiste. Es sólo el miedo lo que es diabólico…

John Wyndham

Mi abuelo nació el 3 de mayo, fue mi único abuelo chilango, los demás fueron de Salamanca. Quedó huérfano siendo niño y fue a vivir a Morelia. Pero la ciudad lo llamaría de nuevo, aún siendo adolescente regresó a la ciudad y lo primero que hizo fue recorrer sus contornos: San Lázaro, Santa María la Redonda, Chapultepec, hacia el su no se extendía más allá de viaducto.

Junto con varios amigos compraron un coche antiquísimo, tanto que aún se arrancaba usando la manivela (o crank) con ese coche paseaban por dentro del bosque de Chapultepec y buscaban impresionar a las muchachas. Solamente que nadie quería ser el que diera vuelta a la manivela para arrancar el coche. Imagino a mi abuelo adolescente en la ciudad de aquellos entonces.

Siempre fue amante de la fotografía, tomó un curso de radio, fotografía y cine, siempre le gustaba hablar al respecto, de lo que le enseñaron entonces, la construcción de su radio a galeana. Y que la enseñanza del cine era muy reducida entonces.

Se enamoró perdidamente de mi abuela cuando ella rondaba los quince, y no se desanimó ante la negativa de los suegros. La raptó, pero no a la mala, no iba a hacer algo contrario a sus principios. La llevó a casa de sus padrinos y ella estuvo ahí hasta que se casaron. Mi padre fue su primogénito.

Una vez que asistió a un festival de mi primaria, cuando me acerqué a saludarlo, se inclinó para susurrarme, me dijo que él entendía que estaba frente a mis amigos y que si me daba pena saludarlo que no tenía que hacerlo (porque lo saludaba con un beso en la mejilla y podía ser sujeto de burla). Eso me hizo saludarlo con mucho amor cada vez.

Le gustaba cocinar, lo hacía en su propia cocina, porque mi abuela decía que siempre dejaba todo tirado. Y llamaba a cada nieto por separado a la cocina porque les había preparado un platillo especial. Añoro las donas caseras que hacía, incluso las comía sin el azúcar o el chocolate.

Le gustaba mucho jugar dominó, odiaba quedarse con la mula de seises, y solía poner a girar una ficha cuando el rival iba a tirar, que reveelaba depués del tiro, como si hubiera adivinado, ese truco lo adopté.

Cuando mi abuela hacía sándwiches le daba a mi abuelo la tapa del pan pero volteada, como nosostros sabíamos lo intercambiábamos porque a mí me gustaba más. Cuando había rosarios en la casa solía salir conmigo al garage para platicar al respecto, no religiosamente sino de la persona por la que se rezaba. También me enseñó algunos escritos de joven, siempre sentí mucha complicidad con él.

De él heredé el gusto al cine, me platicaba de las películas que veía de joven, ahí conocí a Peter Lorre, conseguí una pelícua de él que fue de las primeras que vio en el cine: Las manos de Orlac (Mad Love). Solía llevarnos al cine en su Impala que manejaba a gran velocidad, y la última vez que fui al cine con él fue para ver la película Gladiador, curiosamente fue la última vez que me tocó un intermedio en el cine.

Me gustaba mucho ir a platicar con él en su taller mientras él fabricaba zapatos, se quedaban mucho sobrantes de resistol 5000 en sus manos, que iba acumulando en una especie de pelota. Usaba una madera rojiza a manera de martillo para golpear la piel. Mucho tiempo despúes, consiguió un molde de número de calzado y me fabricó los mejores zapatos que he tenido, entre esos pares destacan los de ante azul, los más cómodos que he tenido. Unos días antes de su muerte, en navidad me dió los últimos zapatos que fabricó y me dijo que ya no tenía pendientes. Yo me aseguré que su voluntad de ser cremado fuera cumplida (tenía pavor de ser enterrado vivo).